En medio del caos

Capítulo 10

El timbre que anuncia el término de las clases sonó hace aproximadamente veinte minutos. Ese es el tiempo que llevo sentada sobre la banca que Lucas me obligó a bautizar como "nuestra"; la misma banca en la que me encontró sentada ese día en el que hablamos por primera vez, y la misma en la que nos hemos estado sentando las últimas dos semanas.

Podría haberlo ido a buscar durante los primeros diez minutos que se retrasó, o incluso caminar hacia donde su auto está estacionado, pero no podía separarme de la vista del guardia de seguridad. Desde que el lío sucedió, mi tía ha hecho lo posible por arreglar las cosas: expulsó a la responsable directa de las fotografías y castigó a los involucrados más ruidosos, pero lamentablemente no puede expulsar a la escuela completa.

No puedo fingir que todo va perfectamente, porque aunque las paredes del instituto sigan siendo las mismas, el aire se siente denso. Siento las miradas clavadas en mi nuca como agujas, los susurros que mueren cuando paso cerca y esa risita ahogada que siempre parece flotar a mis espaldas. Mi mano viaja inconscientemente al llavero de la estrella azul que cuelga de mi mochila; lo aprieto con fuerza, recordando el sabor de los labios de Lucas anoche y la promesa de que no volvería a estar sola.

Pero Lucas no llega, y el guardia de seguridad se ha distraído hablando por radio, dándome la espalda.

—Vaya, vaya... pero si es la estrella del show.

Esa voz. El estómago se me contrae violentamente. No necesito girarme para saber que son ellos: los dos tipos que han hecho de mi existencia un infierno durante años. Los que Lucas, según me contó, intentó frenar a golpes sin que yo lo supiera.

—Escuché que expulsaron a Vanessa por tu culpa, bichito —dice el más alto, posicionándose justo frente a mí, bloqueando la luz del sol—. Te crees muy valiente ahora que tienes a un guardaespaldas, ¿no?

—Pero tu guardaespaldas no está aquí ahora —añade el segundo, inclinándose hacia mí con esa sonrisa depredadora que tantas veces vi en mis pesadillas—. ¿Qué vas a hacer? ¿Llorar como siempre?

Siento el pánico subir por mi garganta, pero entonces recuerdo el risco. Recuerdo el peso de mi cuerpo contra el de Lucas y sus palabras: "Nunca más vas a callarte, Atenea". Elevo la barbilla. Mis manos tiemblan, pero sostengo su mirada.

—Déjenme en paz —musito, tratando de que mi voz no flaquee.

—¿O qué? —el más alto alarga la mano para empujar mi hombro, el mismo movimiento que practicamos anoche—. ¿Nos vas a morder?

Estoy a punto de aplicar el pisotón que Lucas me enseñó, con el corazón martilleando contra mis costillas, cuando una voz femenina, firme y cargada de un sarcasmo letal, corta el aire.

—Yo que tú no pondría esa mano mugrosa sobre ella si aprecias tus dedos, idiota.

Me quedo estática. Del pasillo principal emergen tres figuras que reconozco de inmediato. Son las dos chicas y el chico de la fiesta de anoche, los amigos universitarios de Lucas. No llevan el uniforme de la escuela, lo que los hace resaltar como gigantes entre niños.

—¿Y ustedes quiénes son? —pregunta el bravucón, visiblemente desconcertado por la presencia de gente mayor.

—Somos los que vamos a hacer que te arrepientas de haber nacido si no das tres pasos hacia atrás —responde el chico del grupo, cruzándose de brazos. Es el mismo que anoche me llamó "hipnotizante". Se coloca justo a mi lado, como un escudo humano—. Hola, Atenea. Siento el retraso, Lucas se quedó atorado entregando un proyecto final, así que nos mandó de avanzada.

—¡Es tan linda de día! —exclama una de las chicas, la que me abrazó anoche, ignorando olímpicamente a los matones mientras se sienta a mi lado en la banca—. No les hagas caso a estos desperdicios de espacio, nena. Tienen cara de que todavía no saben sumar sin usar los dedos.

Los dos brabucones intercambian miradas de puro terror. No están acostumbrados a que alguien les haga frente, y mucho menos tres adultos jóvenes que parecen listos para una pelea callejera.

—Esto no es asunto suyo —masculla el más alto, aunque su voz ya ha perdido toda la fuerza.

—Atenea es nuestra amiga. Eso lo hace nuestro asunto —sentencia la otra chica con una mirada gélida—. ¿Se van por las buenas o llamo a la policía para reportar acoso a una menor? Tengo el video de cómo la estabas acorralando justo ahora. —Muestra su celular con una sonrisa triunfal.

Sin decir una palabra más, los dos tipos dan media vuelta y se alejan casi trotando, desapareciendo por la entrada del edificio.

Suelto un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Mis hombros caen, liberando la tensión, y me permito sonreírle a este grupo de extraños que, en menos de veinticuatro horas, me han demostrado más lealtad que cualquier persona en este edificio.

—Gracias... —susurro, sintiéndome abrumada.

—No hay de qué, "Solecito" —dice el chico, guiñándome un ojo—. Lucas te cuida, pero nosotros también. Ahora vamos, el jefe viene en camino y prometió que hoy la aventura incluye malteadas.

Justo en ese momento, el auto de Lucas dobla la esquina del estacionamiento. Al verlo, siento que el último rastro de miedo se disuelve. Ya no soy la chica sola en la banca. Soy Atenea, y mi nombre finalmente significa algo. Ya no soy invisible.

El motor del auto de Lucas ronronea mientras se detiene justo frente a nosotros. Baja la ventanilla y, aunque trae el cabello alborotado y ojeras de haber pasado la noche en vela con su proyecto, su sonrisa se ilumina en cuanto sus ojos conectan con los míos.

—¿Llegué tarde para la acción? —pregunta, recorriendo con la mirada al grupo y luego deteniéndose en mí, buscando cualquier rastro de malestar.

—Llegaste justo para los créditos, hermano —responde el chico universitario, dándole un golpe amistoso al techo del auto—. Estos dos niños con complejo de superioridad salieron corriendo en cuanto vieron que Atenea no estaba sola.

Lucas apaga el motor y baja del auto en un movimiento fluido. Se acerca a mí ignorando por completo las burlas de sus amigos. Me toma de las manos y me obliga a levantarme de la banca.




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