En sus ojos, mi secreto

7. Distancia involuntaria

El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba, y las vacaciones de mitad de año estaban por llegar. En las últimas semanas antes del receso, Valeria y yo seguimos compartiendo momentos juntos.

No era algo planeado ni forzado, simplemente sucedía. Nos sentábamos juntos en el recreo, conversábamos un poco en los cambios de clase y trabajábamos juntos cuando los profesores pedían formar grupos. Pero no era solo eso. Había pequeños detalles que, sin darme cuenta, fueron construyendo nuestra amistad. Como cuando la ayudaba a bajar las escaleras y ella me agradecía con una sonrisa sincera, o cuando nos quedábamos hablando sobre cosas triviales hasta que la campana nos interrumpía. O cuando, en los días lluviosos, yo la acompañaba con el paraguas hasta el estacionamiento de la ruta escolar. Con el tiempo, todo eso se había convertido en parte de nuestra rutina.

Aunque cada vez adquiría mayor destreza con las muletas, yo quería seguir estando allí para ayudarla en lo que necesitara. Y ella no se quejaba de mi presencia. De hecho, parecía disfrutar de nuestra compañía tanto como yo.

Sentía que nuestro vínculo se había fortalecido con el tiempo, y el último día antes de las vacaciones nos despedimos con naturalidad, como si supiéramos que julio llegaría sin que nada cambiara.

Durante el receso no hablamos mucho. A veces compartíamos algunos mensajes, pero éramos conscientes de que cada uno tenía sus propios compromisos.

El primer día después de las vacaciones, volví al colegio con la sensación familiar de la vuelta a la rutina. Y mientras caminaba por el pasillo, la vi: Valeria estaba conversando con Sofía, con su habitual sonrisa. Pero algo en ella parecía diferente. Me tomó unos segundos notarlo: ya no tenía el yeso. Caminaba con normalidad, sin necesidad de las muletas. Aunque era lógico, dado que había pasado el tiempo suficiente para que su fractura sanara, verla así me tomó con la guardia baja.

Nos saludamos como siempre, con una sonrisa y un cálido «Hola, Sebas» de su parte. Yo respondí con la misma naturalidad de siempre, contento de verla después de casi un mes; sin embargo, sentí un extraño vacío en el estómago. Durante meses, me había acostumbrado a verla con el yeso, a estar atento si necesitaba ayuda, a sentirme útil a su lado. Ahora, al verla moverse con normalidad, sin aquella vulnerabilidad que antes la acompañaba, algo en mí se descolocó.

No sabía explicar del todo esa sensación, pero poco a poco nuestra dinámica empezó a cambiar. Ya no la buscaba con la misma espontaneidad; solo me acercaba cuando nos encontrábamos por casualidad o cuando me daba cuenta de que debía hacerlo. No es que hubiésemos peleado ni que algo hubiese sucedido entre nosotros, pero, sin las dificultades visibles que antes la rodeaban, me costaba encontrar una excusa para acercarme como antes. Sin darme cuenta, empecé a dejar de buscarla. El distanciamiento fue sutil: dudaba antes de sentarme con ella en el recreo, esperaba que fuera ella quien me eligiera para trabajar en clase.

Durante el tiempo en el que Valeria tuvo el pie enyesado, me había acostumbrado a ser su apoyo, y eso nos permitió acercarnos hasta el punto de poder llamarla amiga. Pero semanas después del regreso a clases, comprendí que mi interés por ella estaba disminuyendo. Y me odiaba a mí mismo por eso.

Me odiaba por la idea que empezaba a rondar en mi cabeza. ¿Cómo era posible que mi afinidad hacia Valeria pareciera depender de su condición física? ¿Por qué ahora, cuando ya no necesitaba ayuda, parecía que ese lazo que habíamos construido se estaba desvaneciendo?

No quería pensar así. No quería ser así.

A pesar de que Valeria aún me trataba con la misma calidez cada vez que hablábamos, tampoco intentó apretar el lazo que se estaba aflojando. Tal vez pensaba que estaba ocupado, o que las vacaciones habían cambiado la dinámica entre nosotros.

Pero en el fondo, yo sabía que el motivo de mi distanciamiento paulatino e inconsciente era muy diferente, uno que me producía un profundo odio a mí mismo: no me hice su amigo por quien era ella, sino por lo que representaba su lesión en mi cabeza. Nunca supe verla más allá de su condición. Me había propuesto estar para ella independientemente de las circunstancias, y me di cuenta de que le había fallado.

Cuando la conocí, cuando pasábamos el tiempo juntos y nos hicimos cercanos, todo giró en torno a su fractura. Y cuando su lesión desapareció, también lo hizo mi necesidad de estar a su lado.

Era un pensamiento asqueroso. Egoísta.

Porque Valeria seguía siendo la misma persona. Era amable, dulce, alguien con quien valía la pena conversar y pasar el tiempo. Pero en mi mente, algo en ella había cambiado… cuando en realidad el que había cambiado era yo.




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