En tu voz no estoy enferma

Capítulo 3 — Lo que la vida le robó

Joe se quedó de pie junto a la banca, con el celular pegado a la oreja y el balón detenido bajo el pie.

—Perdón —dijo la mujer—. Sé que esperabas oír a otra persona.

—Sí... no... —Joe tragó saliva—. Perdón por contestar así. Pensé que era ella. Yo no...

Del otro lado se escuchó algo parecido a una risa cansada.

—No te disculpes. Es la primera vez en mucho tiempo que alguien le habla así a mi hija.

Hubo un silencio. Joe escuchó una respiración honda, como la de alguien que lleva días ensayando lo que va a decir.

—Me llamo Elena. Vi tu número en el recibo del teléfono. Bueno... tu número es lo único que hay en el recibo del teléfono. Y tu nombre ya lo había escuchado. De lejos, en las noches, a través de la puerta. "Joe", y luego una risa. "Joe", y luego un suspiro.

Joe sintió que la cara se le encendía y, al mismo tiempo, que el estómago se le hundía. Algo no estaba bien. Una madre no llama así, con esa voz, para hablar de una cuenta de teléfono.

—No sabía si debía llamarte —siguió Elena—. Quería saber quién eras. Quería saber por qué mi hija se ríe. Por qué juega, por qué pone música, por qué de pronto quiere saber cosas, aprender cosas, vivir cosas. Quería conocer a la persona que logró en unas semanas lo que la vida le vino robando durante años.

Joe abrió la boca, pero no le salió ni una palabra.

Su cabeza empezó a correr en todas direcciones al mismo tiempo. ¿Le pasó algo? ¿Hice algo mal? ¿Por qué ella no me llama? ¿Por qué su mamá habla de ella como si...? No terminó la frase ni dentro de su propia cabeza. Se sentó en la banca porque las piernas ya no lo sostenían.

—Sí, señora —logró decir—. Lo que usted quiera decirme. La escucho.

* * *

—¿Conocías a Grecia de antes? —preguntó Elena—. ¿De la escuela, del barrio?

—No. La conocí en un juego. En Habbo. Hace unas semanas.

—¿Y son buenos amigos?

Joe pensó en Penal, en la portería sur que todavía le debía, en las tres verdades sin mentira, en el gol narrado a susurros en su cuarto oscuro.

—Sí —dijo—. Muy buenos. Pero... la verdad no sé mucho de ella. Sé lo del juego. Lo que hablamos. Que le gustan las nubes. Que le dan miedo las mariposas. Nunca hablamos de nada fuera de lugar, señora, se lo juro. —Se le quebró un poco la voz—. Hace cuatro días que no me contesta. No entiendo qué está pasando. Pero quiero entender. Quiero saberlo todo.

Del otro lado, Elena se quedó callada tanto tiempo que Joe pensó que se había cortado la llamada.

—Entonces te voy a contar quién es mi hija —dijo por fin—. Y después tú decides qué hacer con eso.

* * *

—Grecia tiene dieciocho años. Pero nunca ha tenido una vida de dieciocho años. No tiene amigos. Nunca tuvo. No ha ido a una fiesta, ni a un cine, ni a una cancha. No ha caminado por la calle sola ni una vez. Casi no camina, Joe. No porque no quiera, sino porque su cuerpo no la deja. Sus piernas se han olvidado de cómo hacerlo.

Joe cerró los ojos. Vio a la chica de la sudadera enorme en el sillón rosa. Vio el salto perfecto en la piscina de píxeles. Ahí sí podía, pensó. Ahí sí.

—Nació con algo que se llama síndrome de Prune Belly —siguió Elena, despacio, como quien lo ha explicado muchas veces y todavía le duele—. Los doctores también le dicen síndrome de Eagle-Barrett. Significa que nació sin los músculos del abdomen. Esos músculos que tú usas para patear un balón, para sentarte, para toser, para reírte fuerte. Ella no los tiene. Cuando nació, su pancita se veía arrugada, como una ciruela pasa. Por eso le pusieron ese nombre tan feo.

—No sabía... —murmuró Joe.

—Casi nadie sabe. Es muy raro. Y en niñas es todavía más raro: casi todos los que nacen con esto son hombres. Los doctores me dijeron, cuando ella era bebé, que había muy pocas como ella en el mundo, y que de esas pocas, casi nadie había escrito qué pasaba cuando crecían. Nos dijeron que no sabían qué esperar. Que vivíamos al día.

Elena le explicó que sin esos músculos, los órganos de Grecia no tienen una pared firme que los sostenga. Que la enfermedad también le dañó los riñones y la vejiga desde antes de nacer, y por eso vive entre infecciones, análisis, sondas y hospitales. Que le cuesta respirar hondo y toser, porque no tiene la fuerza en el abdomen para empujar el aire.

—Por eso cuando se ríe mucho, tose —dijo Elena—. ¿Te ha pasado eso con ella?

Joe recordó la carcajada después del gol, y la tos larga que vino después. Me reí mucho. Me pasa.

—Sí —susurró.

—Y en las noches, sus riñones no alcanzan a hacer su trabajo. Tiene una máquina al lado de la cama que la ayuda mientras duerme.

Joe dejó de respirar. El sonido suave y rítmico detrás de su respiración, la primera noche. El que él creyó que era un ventilador.

* * *

—Y como si una enfermedad no bastara —continuó Elena, y aquí la voz se le endureció, como quien aprieta los dientes—, hace dos años le encontraron otra. Otra distinta, muy agresiva. Le dieron quimioterapias. Muchas. Se le cayó el pelo. Ahora lo tiene tan cortito que siempre usa gorros, aunque haga calor. Ese es el "frío" del que te hablaba, Joe. No es frío.

Joe pensó en la sudadera puesta encima del traje de baño. Tengo frío de píxeles. Se llevó una mano a la boca.

—Le han hecho muchas cirugías para tratar de reconstruirle el abdomen. La última se complicó. Su piel y lo poco que tiene no pudieron cerrarse del todo. Así que los doctores le pusieron una especie de malla, una lámina, sobre los órganos, para protegerlos. No está cosida para siempre. Está sostenida con unos amarres, porque hay que cambiarla cada cierto tiempo, en el quirófano, con anestesia, una y otra vez, hasta que su cuerpo pueda cerrar.

Hizo una pausa.

—Por eso desapareció. Le tocaba cambio. Y esta vez no salió tan bien como esperaban. Todavía está en recuperación.

Joe apretó el celular tan fuerte que le dolieron los dedos.

—Su cuarto es como un pedacito de hospital —dijo Elena—. Por la malla y por las quimios, cualquier infección podría ser muy grave para ella. Nadie puede entrar sin mascarilla, sin bata, sin lavarse bien las manos. Ni yo. Yo le doy de comer. Yo la visto. Yo la ayudo a sentarse en la cama y le acerco la laptop en las tardes para que juegue. Es lo único que la deja salir de esas cuatro paredes.




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