En tu voz no estoy enferma

Capítulo 4 — Lo que Nube no dijo

Este capítulo lo cuenta Grecia.

Lo primero que recuerdo de despertar es el techo. Siempre es el mismo techo, aunque cambie de hospital: blanco, con cuadros, con una mancha de humedad en alguna esquina que tiene forma de algo. Esta vez parecía un caballo.

Lo segundo que recuerdo es el dolor. No te voy a mentir sobre el dolor. Después de cada cambio de malla, siento como si alguien hubiera abierto la puerta de mi cuerpo y se le hubiera olvidado cerrarla bien. Y en cierto modo es eso. Mi cuerpo es una casa con la puerta de enfrente sin terminar.

Lo tercero que recuerdo es que pregunté por mi celular.

Mi mamá me dijo que después. Que descansara. Que el celular estaba en la casa, cargando, y que nadie se lo iba a robar. No le dije por qué lo quería. No hacía falta.

* * *

Hay cosas que no le dije a Joe. Muchas. Te las voy a contar a ti, porque a él no me atreví.

No le dije que nací con la panza arrugada como una ciruela, y que la primera palabra médica que aprendí, antes que "mamá" casi, fue "riñón". No le dije que de niña creía que todos los niños dormían conectados a una máquina, y que me sorprendí mucho cuando supe que no.

No le dije que en la escuela duré dos meses. Que en el recreo un niño me levantó la blusa para ver "la panza de viejita" y todos se rieron. Que esa tarde le pedí a mi mamá que no me volviera a llevar, y nunca me volvió a llevar. Que los apodos que él no me preguntó, el día que me dijo Nube, eran esos.

No le dije que mi abuela me enseñó lo de las nubes. Yo tenía cinco años y estaba internada por una infección que casi me lleva. Ella movió mi cama hasta la ventana, a escondidas de las enfermeras, y me dijo: "Mira, mija. Allá arriba nadie está enfermo. Busca algo bonito". Y yo vi un conejo. Y luego un barco. Y luego me dormí, y no me dolió tanto.

No le dije que cuando mi abuela se murió, las nubes dejaron de tener forma. Que me pasaba las tardes mirándolas como se mira el reloj en una sala de espera. Que le dije a mi mamá que ya no quería seguir, y que lo dije en serio, y que ella me abrazó tan fuerte que me dolía la malla y no me soltó.

* * *

No le dije a Joe por qué escribí "Aquí soy más yo".

En el juego tengo el pelo largo, castaño, hasta la espalda. Lo escogí el día que se me cayó el mío. En el juego camino: hago clic en un cuadro del piso y mis piernas me llevan, sin dolor, sin que nadie me cargue. En el juego me lanzo desde un trampolín a una piscina. En el juego bailo. En el juego nadie me mira la panza, porque no tengo panza: tengo una sudadera enorme que escogí para que nadie me la mirara nunca, ni siquiera en píxeles.

Afuera de la pantalla soy un expediente. Adentro, soy Gr3cia.

* * *

La noche del Club Massiva, Mei estaba en la sala y yo en mi cama. Nos gritamos a través de la pared cuando vimos que dos muchachos se acercaban.

—¡El de la gorra es para ti! —gritó ella.

—¡No me grites que me río y me ahogo! —le grité yo.

Y me reí. Y me ahogué. Esos tres minutos que Joe vio a mi muñequito quieto en la pista, yo estaba sentada en la orilla de la cama, con mi mamá sosteniéndome la espalda, tratando de que el aire me entrara. No tenía músculos con qué empujar la tos para afuera. Nunca los he tenido. Cuando por fin pude respirar, lo primero que hice fue estirar la mano hacia la laptop y escribir "Ya. Perdón". Porque no quería que se fueran. Porque esa noche, por primera vez en meses, me estaba divirtiendo.

Antes de que se desconectaran, le mandé solicitud de amistad a Joe. No a Alex. A Joe. No sé por qué. Bueno, sí sé: porque cuando escribí "Aquí soy más yo", todos siguieron hablando de otra cosa, menos él. Su muñequito se quedó mirándome. Fue una tontería. Eran dos muñequitos de píxeles. Pero yo sentí que alguien me había leído de verdad.

* * *

Al día siguiente, en la noche, mi celular se prendió en la oscuridad: Joe_10 está en línea. Lo vi entrar al Club Massiva. Lo vi buscar. Yo estaba conectada desde el celular, invisible, y no me atreví a entrar. Mei ya se había ido. Sin ella yo no sabía ser graciosa. Pensé: si entro sola, se va a dar cuenta de que no soy nada.

Lo vi irse a trabajar al hospital del juego. Se puso una bata de enfermero. Me reí tanto que tuve que taparme la boca con la almohada. Si supiera, pensé. Si supiera que yo vivo en uno de verdad.

Tardé tres días en atreverme. Me senté en el sillón rosa y esperé a que saliera de su turno. Le escribí "Hola, enfermero" como si fuera una coincidencia. Llevaba cuarenta minutos ahí sentada.

* * *

No le dije a Joe por qué le pedí su número.

Todos los que me hablan me preguntan cómo me siento. Los doctores, las enfermeras, mis tíos, la psicóloga del hospital. ¿Cómo te sientes hoy, Grecia? Del uno al diez, ¿cuánto te duele? Mi vida entera es una escala del uno al diez. Joe nunca me preguntó eso. Me preguntó qué nubes veía. Me preguntó si me gustaba el fútbol. Me describió una cancha tan bien que todavía la puedo ver cuando cierro los ojos: el césped quemado de las esquinas, la red rota de la portería norte, el carrito de los helados a las cinco.

Yo quería oír la voz de alguien que me viera como una persona y no como un diagnóstico. Aunque fuera por teléfono. Aunque fuera por poco tiempo.

La primera noche que le llamé, me temblaban tanto las manos que marqué mal dos veces. Cuando dijo "¿En serio? No pensé que de verdad fueras a llamar", me dieron ganas de colgar y esconderme debajo de la manta. No colgué.

Cuando me narró el gol, me reí tan fuerte que me dio la tos. Puse el teléfono contra el colchón para que no la oyera. Me dolía todo. Y aun así, fue la mejor noche que recuerdo desde que se fue mi abuela.

No me dormí cuando él pensó que me dormí. Me hice la dormida. Quería oírlo respirar. Quería saber cómo suena alguien que está sano y en paz. Mi máquina hacía su ruido de siempre a mi lado, y del otro lado del teléfono él empezó a roncar bajito, y yo pensé que era el sonido más bonito del mundo.




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