¿enamorados? Imposible

CAPÍTULO 13

Por el día el departamento tiene una maravillosa vista de los edificios y puestos a su alrededor, pero de noche... No hay palabras que lo definan.

Las estrellas son visibles a pesar de la contaminación lumínica. El departamento quedó en silencio cuando todos se fueron, dejándonos completamente solos por primera vez. Bueno, la primera vez que no es ocasionado por un accidente o algo similar.

Sin embargo, parece que estoy solita y mi alma. No hay ningún sonido en todo el recinto. Walter se encerró en su oficina a hacer las respectivas llamadas para cubrir todos los daños materiales de hoy.

Recargo la mejilla en las rodillas abrazadas contra el pecho. Mis pensamientos van y vienen en diferentes direcciones, son tan rápidos que ni siquiera puedo detenerme a analizarlos dos veces. Cada uno es responsable de que otro caiga en mi mente, como una fila de dominós

Solo es necesario una llamada para pedir esos boletos y se me serán cedidos al instante. Por desgracia cuento con ese privilegio. El problema es lo que eso costará a mi salud mental…

Aunque no me gustaría decepcionar a Verónica, pero sé que, sí ya están agotados los boletos que ella quiere, será imposible conseguirlos sin ayuda de adentro.

Dejando de lado lo de Verónica, también está el problema de Alison liándose con Walter en el baño.

Ahora estoy segura de cómo acabará todo en mi vida con este plan. Alison se comportó distante a pesar de haberse abierto a mí momentos antes.

En concreto, quedaría como el perro de las dos tortas.

Con este cambio de ciudad y trabajo, ni siquiera tengo a Roxane conmigo.

Todo es un asco. Y es mi culpa. Yo acepté de nuevo esto con una mínima idea de lo que podría pasar. No estaba segura, pero era una posibilidad.

Una posibilidad que ahora es una realidad.

—¿Pensando en cómo conseguirás esos boletos?

No me sobresalto por su voz o su presencia en la sala. Al fin y al cabo, es su casa.

—No te preocupes por ello, Reed. No le fallaré a Verónica. Siempre cumplo mi palabra, ¿no? —digo con amargura y lo veo para observar su reacción. La poca luz que logra entrar de la ciudad no me deja apreciar lo que quiero. Solo se distingue muy poco de su rostro.

Se acerca y se sienta en el otro sillón individual a mi lado. Me enfoco en ver el poco movimiento que aún tiene esa parte de la ciudad.

—No siempre —dice. Lo miro, pero él ve hacia fuera—. Aún me debes dinero por aceptar ser tu novio, ¿recuerdas?

Río, aún con el sabor de amargura en mi boca.

—Si hacemos cuentas, me sales debiendo.

—Menos lo que rompiste hoy, estamos a mano.

—Más los daños y perjuicios a mi persona en el transcurso, me debes una vida entera.

Por extraño que parezca, Walter ríe, y no con amargura. La última vez que lo vi reírse así de relajado y con soltura fue en la fiesta de Ali, cuando nos conocimos.

Y su risa es muy contagiosa. Terminamos ambos a carcajadas limpias.

Pero por algún mísero motivo, estas se convierten en sollozos y no tardan mucho en aparecer las lágrimas. Escondo mi cara en las rodillas y trato de controlarme. Creo que Walter aún no escucha mi arrebato.

—¿Christina?

Me equivoqué. Ya me escuchó.

Me levanté sin darle la cara y camino con velocidad a mi habitación. Lo escucho detrás de mí. No me giro. Solo quiero llegar y ocultarme de él. Todos estos días he estado muy sensible y ya no puedo culpar a la menstruación por tantos desequilibrios hormonales y emocionales.

Tendré que llamar a mi terapeuta antes de que pierda el control por completo.

—Christina, espera —Logra tomar mi brazo y me detengo mas no me viré—. ¿Qué sucede?

Eso es lo peor de todo: No sé qué me sucede. No sé absolutamente nada justo ahora, sólo sé que quiero encerrarme y llorar para mañana amanecer como nueva e ir a mi nuevo empleo.

—Puedes hablar conmigo, Rodríguez.

Muerdo mi labio y niego. Las lágrimas aún caen, sin sollozos esta vez, pero gracias a ellas se me empañan un poco los anteojos. Con la mano que tengo libre me los quito. Cierro mis ojos y tomo unas respiraciones para calmarme.

—Estoy bien, Greyson. Puedes soltarme. —Por fin sale mi voz, esta vez un poco ronca y sin una pizca de amargura.

¿Acaso sufro de algún grado de bipolaridad? Lo que le faltaba a mi historial clínico.

—No. No estás bien.

Toma mis antebrazos y me gira. Ahora sí estamos frente a frente. El silencio qué hay, sumándole la poca iluminación, no hace menos incómodo el momento.

—Si es por los boletos…

—¡No son los boletos! —Me suelto de su agarre. Hago manoteos sin sentido para apartarlo—. Es todo, Walter. TODO. El plan, el futuro que será mi vida después de él. Tú enrollándote con Alison hoy. Y, de acuerdo, también son los boletos.

—Ya habíamos tenido la discusión del plan, si mal no recuerdo, no terminó muy bien.




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