¿enamorados? Imposible

CAPÍTULO 14

Primer día de trabajo y ya voy llegando tarde. Quien tuviera la dicha de ser Walter, o jefe, y poder despertarse tarde.

Como bien tenía planeado, no desayuné, aunque el refrigerio de la madrugada ayudó, y tampoco tardé en buscar un buen atuendo. El único consuelo que tengo es que el tráfico es menor a esta hora y no me fue difícil llegar a mi destino. Le enseñé al guardia del estacionamiento el pase que alguien amablemente se encargó de enviar a mi correo.

Encontrar un lugar disponible en el primer nivel del subterráneo, tiene la misma dificultad que recordar poner la constante de integración en un examen de cálculo integral. Primer día y me mandan al rincón del estacionamiento.

El ambiente que se siente al entrar es relajado. Los chakras de todos aquí, contando el bonito edificio, están alineados. Parece que solo hay armonía aquí. Hasta puedo llegar a imaginar que a cierta hora empezarán a bailar y cantar algo similar a la canción Todo es increíble.

«Deja de pensar en esas cosas y concéntrate».

—Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? —pregunta el mismo chico de la otra vez. Afianzo más mi bolso al hombro y le sonrío mientras le entrego el pase.

—Buen día. Soy Christina…

—¡Ah! ¡La nueva víctima! —Mi sonrisa se va—. Perdón, la nueva recluta. Claro, linda. Espera que llame a Dante. —Eleva el dedo índice mientras marca unos números.

No deja de sorprenderme esta empresa. Por fuera, la construcción parece que está a nada de derrumbarse; los ladrillos y tabiques se ven en algunas áreas y la pintura está desgastada. Lo único elegante son las letras.

Aquí aplica lo de no juzgar un libro por su portada. Yo creo que el exterior fue hecho a posta para que el interior impactara una vez entrarás por las puertas, las cuales no te dejan ver absolutamente nada de dentro. Volteo hacia las ventanas y la puerta. Yo sí puedo ver hacia allá, algunas de las personas que pasan, miran con curiosidad.

La primera vez que vine, no me tomé el tiempo para admirar todo con detalle, no como hasta ahora. De las paredes cuelgan varias tiras de telas que llenan el ambiente de colores, también existen diversos cuadros de paisajes y personas, supongo que jefes o fundadores.

Las luces amarillas le dan un toque neutral, pero no son la única iluminación, además hay rojas tenues, azules y blancas.

El piso tiene largas alfombras de distintos colores y estampados, sin embargo, hay partes donde sí se ve el azulejo blanco.

—El señor Dante la espera en el piso 3. ¿Sabe dónde están los ascensores? —asiento. La última vez que estuve aquí los tomé, y no están tan llenos como los de R&G—. Saliendo de ellos gira a la izquierda, después de dos cubículos, a la derecha. La cuarta puerta es su oficina.

Muchas indicaciones para una cabeza que apenas ha dormido. Armando termina de hablar, le sonrío y parpadeo un poco para despejarme.

—No hay pierde, ¿verdad?

Sonríe, al hacerlo sus colmillos sobresalen y sus ojos se achican.

—Tranquila. Ahí solo están las oficinas. Estas decoraciones —Gira su dedo refiriéndose a todo a nuestro alrededor— son bastas ahí.

—Gracias..., ¿puedo llamarte Armando?

—Solo si me dejas llamarte Christina.

—Te lo agradecería mucho.

Guiña un ojo antes de contestar el teléfono. Me despido con la mano y él hace un símbolo de paz.

Ese chico me agradó.

 

 

Wow. Parece otro universo este piso. Sigue habiendo un poco de color en las paredes, pero no son telas, sino simples colores neutros. Negro, azul marino, beige, hueso y, por supuesto, blanco. Las luces todas son blancas. Y el ruido aquí sería inexistente sino fuera por los tecleos, murmullos y el aire acondicionado. Por suerte mis zapatos no son altos o con tacón así que logré pasar desapercibida, porque, aunque no tardé, elegí buena vestimenta. Un antiguo vestido que usé en un evento de la universidad.

Cuando entré en él sin ningún problema, festejé. No engordé ni un kilo en todo este tiempo, mi cerebro y el espejo hicieron un complot para engañarme.

Por suerte o por obra de todo nuestro ajetreo de ayer, mi cabello amaneció con simples ondas. Fue fácil domarlo con algunos pasadores.

Puedo ser formal y recatada cuando me lo propongo.

Tomé una honda respiración antes de tocar la cuarta puerta a la derecha.

—Adelante.

Dante Luvoel es la mano derecha de Sebastián. No estoy segura que edad tendrá el CEO de este lugar puesto que Luvoel no está en sus veinte, posiblemente cerca de los cuarenta o ya dentro de ese escalón, y basándome en que Amadeus tiene mi edad, Sebastián no ha de tener más de treinta años.

—Señorita Gudell. Un placer tenerla con nosotros.

Me tenso. ¿Cómo sabe mi apellido? ¿Me habrán investigado? ¡Bah! ¿Para qué me sorprendo? Es obvio que lo hicieron, no encuentro otra explicación.

—Gracias por llamarme. —Me indica que cierre la puerta y después tomé asiento en la silla frente a su escritorio.




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