Entre Alas Oscuras [sin editar]

2 - El más doloroso infierno

     Pasé mi primera noche en una de las habitaciones de la subterránea base faireer, donde mi única compañía es mi cabeza llena de sentimientos negativos, los cuales provocaban que mi columna vertebral no parase de doler como si tuviera detrás de mí ardiendo el mismísimo infierno. Apenas logré conciliar el sueño un par de horas, hasta que fui brutalmente quitada de mi subconsciencia por papá y mamá, quienes entraron a la habitación delante de Frederick.
     —¡Vanina, mi amor! —grita la mujer que sobrepasa los 35 años, para luego lanzarse sobre mí y abrazarme como si de un oso de peluche se tratase. Siento gran dolor en mi estómago por la presión que ella está ejerciendo sobre las heridas que recibí horas atrás—. ¿Te hemos despertado? Lo siento mucho, queríamos verte lo antes posible...
     —Estuvimos muy preocupados, Vanina —dice papá sin expresión alguna en el rostro. Definitivamente soy hija de él.
     Mamá se sienta a los pies de la cama y yo aprovecho para imitar su acción, ya que presiento que no voy a dormirme luego. Es entonces cuando ella nota el moretón que rodea mi ojo izquierdo y le dirige una mirada de preocupación a Frederick, al tiempo que sostiene mi rostro con sus manos. El hombre responde con un sonoro suspiro, ¿eso es acaso una indirecta hacia mí?
     —Asistió a la enfermería, no te preocupes. Por fortuna no fueron lo suficientemente violentos como para dañarla de manera grave.
     —Eso me hace sentir más tranquila —sonríe. Su atención vuelve a mí—: he traído unas cuantas mudas de ropa para que te sientas cómoda aquí, ¿sí? Te visitaremos todos los días y confiamos en que harás caso a lo que te ordenen en tus exámenes. Te quiero mucho, pequeña —Me abraza de nuevo, por lo que suelto un gemido de dolor.
     —¿Hay más heridas, Vanina? —pregunta papá, quien se ha mantenido a una distancia prudente de ambas—. ¿O es solamente que tu madre te sobrecargó de cariño?
     —Un poco de ambas... Pero bueno, ahora ya saben que estoy viva, así que pueden irse tranquilos, ¿no les parece?
     Mamá coloca el bolso donde estuvo antes sentada y luego se retira de la habitación junto a su esposo, no sin antes detenerse frente al fortachón para susurrarle algo que, como es obvio, no logro escuchar. Él, que se mantuvo apoyado en el marco de la puerta, se cruza de brazos y me mira, probablemente esperando algo.
     —¿Qué querés?
     Levanta las cejas, sorprendido.
     —Sería bueno que luego te disculpases con ellos, han estado muy preocupados por ti desde que desapareciste y tú lo único que has hecho es rechazarlos. Por cierto, Jev me ha informado de los eventos transcurridos en la prisión, aunque sería preferible que tú misma me narraras cómo una chica de 12 años soportó por tantas horas que la torturaran físicamente. Espero que no te hayan maltratado psicológicamente también...
     —No, psicológicamente no fue necesario —respondo—. Y si querés saber cómo pude aguantar tanto: nada duele más que perder una parte importante de vos y saber que nunca vas a verla otra vez, por lo que unos cuantos golpes en el cuerpo son solo cosquillas —Tomo el bolso dispuesta a buscar una muda de ropa, además de restarle importancia a mis palabras—. Bueno, ya te respondí lo que querías saber y Jev supongo que te contó el resto, así que no necesitás hacer más nada en mi cuarto, mientras que yo tengo que aprovechar a bañarme de vuelta y sacarme esta ropa que ni siquiera es mía. Ah sí, y esperar a la enferma para que me lleve a esos exámenes.
     Frederick asiente y se da media vuelta. Luego de dar un paso en dirección hacia afuera, se detiene.
     —Sé muy bien lo que se siente perder una parte importante de mí y no volver a verla jamás. Lo sé mejor que nadie... —Dejándome anonadada con su confesión, se retira del lugar. Una pequeña gran duda se instala en mi mente, sin embargo decido que es mejor no pensar en el tema, ya que la única manera de obtener una respuesta es hablando con la persona que más lo conoce y no voy a dejar mi orgullo a un lado para saciar la curiosidad. Elijo lo que voy a usar, junto a unas zapatillas que sí son mías, y me marcho al baño de la habitación dispuesta a continuar con mi rutina.


•••


     Luego de tener que buscar una toalla femenina dentro del bolso porque mi menstruación llegó antes de lo esperado, termino de prepararme a tiempo para ir a la enfermería. Bueno, en realidad solo tengo que esperar a que alguien venga a buscarme, ya que no estoy segura en qué piso se ubica. Estoy concentrada en un videojuego cuando siento tres golpes tímidos a la puerta, por lo que indico que pase sin quitar mi vista de la pantalla.
     —E-eres Vanina, ¿ci-cierto? —Noto el nerviosismo en su voz, sin embargo no dejo de jugar. Hago un ruido extraño cuando casi muere mi personaje.
     —Depende quién pregunta.
     —Lo siento, so-soy Mariana, enfermera en prueba... De-debo acompañarla para su estudio de hoy.
     Es entonces que me dejo ganar y guardo el teléfono, dirigiendo mi atención a la mujer frente a mí: cabello oscuro recogido en un moño desordenado, vestida totalmente de blanco con un típico uniforme de enfermera y casi sin maquillaje encima.
     Sonrío con cierta malicia, cuestionándome si vale la pena o no hacerle la vida imposible a esta chica. Por el momento la necesito para ir a hacerme el examen, por lo que me permite el paso hacia afuera de la habitación, para después ella caminar a mi lado. Se detiene frente a uno de los ascensores y lo pide.
     —Olvidé dónde es... —comenta apenada. Busca información entre los papeles que lleva en una tablilla de madera y a último momento, antes que las puertas se abran, ella lo consigue—: es el tercer consultorio desde el acceso oeste.
     Entramos al ascensor con tranquilidad. Como yo estoy más cerca del panel, me indica que apriete el botón con el número del piso al que nos dirigimos. Mi estómago se vacía y mis pies sienten la elevación del suelo.
     Para romper el silencio, Mariana me pregunta si conozco el lugar, a lo que yo respondo de manera negativa y, después de comentar que con el tiempo voy a saber, aprovecha para contarme de su vida: ella es una faireer compuesta sin magia de 24 años, que decidió dedicarse a la medicina faérica luego de que su novio la convenciera para seguir su vocación; en mi opinión, es una tontería que ella necesitara la incentivación de su pareja para cumplir un sueño, uno tiene que seguir sus instintos y arriesgarse, no depender de alguien para lograr sus objetivos. ¿Acaso no conoce sobre las desventajas de la "dependencia emocional"? Estoy segura que ella vive por y para su novio, sea quien sea él. Por suerte yo tomo mis decisiones sin esperar la aprobación o ayuda del resto, aprendí que las personas traicionan, engañan e incluso fingen para su propio beneficio, por lo que no se puede confiar en nadie y mucho menos encariñarse porque de una manera u otra te van a terminar destruyendo el alma; quebrándola en mil pedazos como si solo se tratase de una copa de champaña a fin de año, claro que, en este caso, romperla solo les genera una sensación de poder y satisfacción que luego con el tiempo se transformará en remordimiento.
     El ascensor se detiene y abre sus puertas, casi frente a nosotras está la entrada a la enfermería. Luego de acceder al lugar, nos dirigimos al consultorio que ella me había indicado antes.
     La luz de la habitación penetra mi visión de pronto, por lo que mi instinto dicta colocar mi brazo frente a mí para disminuir un poco el impacto, aunque sin mucho éxito, pues incluso entrecerrando mis ojos sigue siendo molesto. Siento como si las luces led ocuparan la mayor parte del techo, además de que las paredes blancas solo provocan que se reflejen demasiado. A mi lado puedo distinguir una mujer obesa, de cabello anaranjado, que parece inmutable ante mi sufrimiento.
     —¿Te molesta algo? —pregunta con voz grave, logrando sorprenderme.
     —No sé, ¿qué le parece a usted? —respondo de manera sarcástica y luego agrego—: se me están achicharrando los ojos.
     Ella se aleja sin decir nada más. Detrás de mí escucho la voz de Mariana, quien me susurra que todo va a estar bien y me toma de los hombros para dirigirme a alguna parte de la sala, pero le impido continuar cuando siento mi columna arder en una extraña señal, la cual en pocos segundos detecto como peligro. Dentro de mí comienza una batalla campal sobre qué hacer ahora, ¿transformarme o no? No quiero, por lo que trato de resistir el dolor infernal en el que se está convirtiendo. El calor se extiende por mis venas hasta llegar a cada rincón de mi cuerpo, donde mis piernas pierden fuerzas y termino en el suelo, aunque no estoy segura al tener los ojos cerrados. Estoy temblando a pesar de estar a más de 60 grados de temperatura, al mismo tiempo que tengo la sensación de que están arrancando mi columna vertebral. Duele. Duele todo. Pero no puedo hacer nada más que sufrir, sentir que cada parte de mí se está deshaciendo de la manera más dolorosa que un ser humano pueda siquiera imaginar. Mi garganta se desgarra con la sola idea de abrir la boca para pedir ayuda, por lo que me encuentro atrapada en este infierno del que no tengo otra salida que... No. No voy a ceder, así que permito que el fuego consuma mi cuerpo y mi alma con lo último de consciencia que me queda. Este es mi final, ¿cierto?




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