El olor a pólvora, hierro y miedo flotaba espeso en el aire estancado del almacén abandonado. En el centro del lugar, iluminado apenas por una bombilla parpadeante, el viejo líder del clan Sokolov tosía sangre, de rodillas sobre el concreto frío. Acorralado. Destruido.
Frente a él, sentado con una elegancia implacable que desafiaba la suciedad del entorno, se encontraba Ren.
Como omega jefe del clan Ivanov, Ren no poseía el aroma intimidante de un alfa, pero no lo necesitaba. Su mirada fija, fría como el hielo siberiano, y el arma que sostenía con perfecta calma sobre su regazo eran más que suficientes para infundir terror. Tras el asesinato de sus padres, había aprendido que en el mundo de la mafia la piedad era un lujo que no podía permitirse. Cada decisión que tomaba, cada bala que disparaba, tenía un único propósito: mantener a salvo a Cocoa, su tierno y dulce hermano menor, el único rastro de pureza que le quedaba en la vida.
—Se terminó, Sokolov—dijo Ren. Su voz era un susurro gélido que resonó en las paredes de lámina—. Tu imperio cayó. Y tú eres el último cabo suelto.
El viejo Sokolov alzó la mirada, con los ojos inyectados en sangre y el pánico royéndole los huesos. Sabía que Ren no titubearía. Desesperado, el anciano buscó una salida, cualquier cosa que pudiera comprarle un día más de vida. Clavó los ojos en las sombras detrás de Ren, donde sus propios hijos, los gemelos alfas Aleksei y Mark, permanecían sometidos por los hombres del clan Ivanov, con los cañones de los rifles apuntando a sus nucas.
Un brillo cobarde y retorcido cruzó la mirada del viejo.
—Espera... Espera, Ivanov —suplicó el viejo, arrastrándose un centímetro hacia adelante—. Tengo algo... algo que te interesa. Un trato. Mi vida a cambio de la de ellos.
Ren ni siquiera pestañeó.
—No tienes nada que me interese.
—¡Sí, lo tengo! —gritó el viejo, señalando con un dedo tembloroso a sus propios hijos—. Te entrego a mis herederos. Tú bien sabes quiénes son. Aleksei y Mark... son alfas de élite, fuertes, los más letales en el mundo de la mafia. Si me dejas vivir, son tuyos. Haz lo que quieras con ellos. Úsalos como sirvientes, como tus juguetes sexuales, como tu banco de esperma, como mascotas... ¡Son tu botín de guerra! Pero déjame ir.
Un silencio sepulcral cayó sobre el almacén, roto únicamente por el crujido de los dientes de los alfas.
—¡¿Qué demonios estás diciendo, viejo podrido?! —rugió Mark, forzando los agarres de los guardias que lo sostenían. Sus venas se marcaban en el cuello por la furia elemental de su casta—. ¡Nos estás vendiendo! ¡Somos tus hijos, maldito cobarde!
—¡Cállate! —le espetó el viejo, sin mirarlo—. ¡Yo les di la vida, ustedes me la deben!
Aleksei, a diferencia de su hermano, no gritó, pero la mirada asesina que le dirigió a su padre era lo suficientemente filosa como para rebanarle el cuello. Sus ojos brillaban con un odio puro, asqueado por la humillación pública de haber sido rebajados a simple mercancía desechable por su propia sangre.
Ren observó la patética escena sin inmutarse. Sin embargo, detrás de su fachada de piedra, su mente analítica comenzó a trabajar a toda velocidad.
No sentía sadismo, sentía pura estrategia. Pensó en Cocoa, que en ese mismo instante descansaba seguro en la mansión, ajeno a la sangre de esa noche. Si aceptaba el trato, desarmaría por completo cualquier intento de contraataque futuro del clan Sokolov. Al tener a los dos alfas más fuertes y peligrosos del enemigo atados, encadenados y bajo su control absoluto en el sótano, neutralizaría la guerra. Nadie podría reagrupar a los enemigos. Nadie podría planear una venganza. Nadie podría tocar a su hermano.
Era la garantía de seguridad definitiva para Cocoa.
Ren se puso de pie con lentitud. Caminó hacia el viejo Sokolov, quien lo miró con una chispa de esperanza estúpida en los ojos. Ren guardó su arma en la funda de su saco y miró de reojo a los dos imponentes alfas que seguían forcejeando.
—Acepto el trato —sentenció Ren, su voz cortando el aire como una navaja.
—¡Ivanov, eres un maldito perro! —bramó Mark, pero un culatazo en las costillas por parte de un guardia lo obligó a arrodillarse, jadeando de rabia.
Ren ignoró los insultos y se dirigió a sus hombres, dictando las órdenes con una frialdad matemática:
—Aten sus manos a la espalda con cadenas reforzadas. Pónganles las mordazas mecánicas, no quiero volver a escuchar sus voces. Y cúbranlos con las capuchas elásticas sin orificios.
De inmediato, los hombres de Ren se movieron. Aleksei y Mark lucharon con ferocidad salvaje, pero eran demasiados hombres armados sobre ellos. Sus brazos fueron jalados hacia atrás con rudeza, y el sonido metálico de las cadenas cerrándose de golpe selló su destino. Segundos después, las mordazas de cuero y metal silenciaron sus maldiciones, ahogando sus furiosos rugidos en quejidos sordos.
Finalmente, los guardias deslizaron las capuchas elásticas negras sobre sus cabezas. La tela, diseñada para el aislamiento táctico, se ajustó a la perfección a sus rostros, amoldándose por completo a la línea de sus mandíbulas, sus narices rectas y sus facciones masculinas y marcadas, pero privándolos por completo de la vista. Quedaron sumergidos en una oscuridad total, ciegos y mudos.
Ren miró a las dos imponentes masas de músculos que ahora pendían de sus órdenes, completamente indefensas y reducidas. Luego, dirigió una última mirada de profundo desprecio al viejo Sokolov, quien sonreía aliviado creyendo que había ganado.
—Llévenselos a la mansión —ordenó Ren a sus hombres, dándole la espalda al viejo—. A partir de hoy, son propiedad de los Ivanov.
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Editado: 03.10.2026