El motor del blindado Mercedes-Benz rugía de forma sorda mientras avanzaba por la autopista privada hacia la mansión Ivanov. En los asientos traseros, la atmósfera era tan pesada que parecía congelar el aire.
Aleksei y Mark estaban sentados rígidamente uno al lado del otro. Sus manos seguían firmemente encadenadas a la espalda y las capuchas elásticas negras se amoldaban a sus facciones, ocultando sus ojos del mundo. Las mordazas mecánicas les impedían hablar, pero el movimiento errático de sus mandíbulas y la tensión en sus hombros delataban la tormenta de furia e incertidumbre que los carcomía por dentro. Estaban ciegos, mudos y a merced del omega que les había arrebatado todo en una sola noche.
Frente a ellos, cruzado de piernas en el asiento de piel, Ren los observaba en silencio.
Sus ojos detallaron las expresiones tensas bajo la tela elástica. No había odio en su mirada. Tampoco sadismo. Después de unos minutos de escrutinio, Ren estiró la mano hacia adelante. Con movimientos tranquilos pero firmes, desabrochó los cierres de las mordazas mecánicas de ambos alfas y las retiró, permitiéndoles hablar. Sin embargo, mantuvo las capuchas elásticas en sus rostros; su ceguera seguía siendo la ventaja de Ren.
—No intenten gritar —advirtió Ren, su voz fluyendo suave y gélida—. Nadie va a escucharlos, y mis hombres en los asientos delanteros no dudarán en usar sus armas si se mueven de más.
Mark fue el primero en reaccionar. Soltó una bocanada de aire y un gruñido ronco escaló por su garganta.
—¿A qué estás jugando, Ivanov? —escupió Mark con la voz rasposa, girando la cabeza hacia donde calculaba que estaba el omega—. Si nos vas a usar como los juguetes de tu maldito clan, hazlo ya. Pero ahórrate los juegos psicológicos.
—La verdad es que no tengo nada en contra de ustedes dos —respondió Ren con una calma que descolocó a ambos hermanos—. Mi guerra era contra su padre. No contra sus hijos. El viejo Sokolov planeó y ejecutó el asesinato de mis padres hace dos años para quedarse con nuestras rutas de distribución. Esta noche solo cobré una deuda de sangre.
Un silencio abrupto y denso cayó dentro del vehículo. Ren, aguzando sus sentidos, notó de inmediato el cambio en el lenguaje corporal de los alfas. Mark se quedó completamente estático. La mandíbula de Aleksei se apretó tanto que los tendones de su cuello se marcaron con fuerza bajo la capucha. No sabían nada. El viejo los había criado bajo una completa mentira.
—Mientes... —susurró Mark, aunque la falta de convicción en su voz lo delató—. El viejo nos dijo que el ataque de hace dos años fue una emboscada de otra facción...
—Su padre era un cobarde y un mentiroso, y esta noche lo demostró al cambiarlos a ustedes por su patética vida —lo interrumpió Ren, directo y sin anestesia—. Veo que los mantuvo en la ignorancia. Es una lástima. Me doy cuenta de que, en lo que respecta a la muerte de mis padres, ustedes dos son completamente inocentes.
Aleksei tragó saliva con dificultad, asqueado por la humillación pública de haber sido rebajados a simple mercancía desechable por su propia sangre.
—Si sabes que somos inocentes... ¿por qué no nos dejas ir? —preguntó Aleksei, manteniendo la compostura a duras penas.
—Porque llevan el apellido de mi enemigo. Si los suelto, el orgullo de sus lobos alfas los obligará a buscar venganza. Y yo no puedo permitirme el lujo de dejar cabos sueltos. Tengo a alguien a quien proteger —Ren pensó en Cocoa, en su risa inocente y en la fragilidad de su vida—. Por lo tanto, no pienso soltarlos. Pero tampoco voy a ejecutarlos. A partir de hoy, su nueva misión en este mundo será una sola: convertirse en la guardia personal de mi hogar. Serán escudos humanos, y acatarán mis órdenes a ciegas. A cambio, tendrán un techo y comida.
Mark soltó una risa amarga y burlona.
—¿Quieres que seamos los perros guardianes de un Ivanov? Estás demente si crees que dos alfas van a obedecerte por las buenas.
—Obedecerán porque es la única forma en que mantendrán la cabeza sobre los hombros —sentenció Ren, y por primera vez, un destello de pura autoridad omega, fría y dominante, tiñó sus palabras.
El vehículo comenzó a disminuir la velocidad, desviándose por el gran camino empedrado que conducía a la entrada de la mansión Ivanov.
—Estamos llegando —anunció Ren, tomando las mordazas de nuevo de los asientos—. Esta es la última vez que hablemos de su padre o del pasado. Cooperen y la convivencia será pacífica.
Sin darles tiempo a replicar, Ren se inclinó hacia adelante y, con movimientos rápidos e implacables, les colocó de nuevo las mordazas mecánicas, ajustando las correas con fuerza detrás de sus nucas. Los clics metálicos de los cierres sellaron el regreso del silencio absoluto. Mark emitió un quejido sordo de furia reprimida y Aleksei tensó el cuerpo, pero ya no había marcha atrás: volvían a estar completamente ciegos y mudos.
El auto se detuvo por completo. Al abrirse las puertas, el aire fresco de los jardines se coló en el vehículo. Un aroma sutil, sumamente tenue pero extrañamente delicioso a vainilla y puro, flotó por un milímetro en el ambiente.
A través de las densas capuchas elásticas, los lobos internos de Aleksei y Mark se removieron con un destello de inquietud salvaje. No podían ver, no podían hablar, pero en lo más profundo de sus instintos bloqueados, algo desconocido y magnético acababa de encenderse.
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Editado: 03.10.2026