Entre Crisálidas y Abejitas

Mi presente

Diez años después

Por más que quiera, esa escena nunca ha salido de mi cabeza. Porque no fue simplemente una escena. Fue el acontecimiento que cambió mi vida.

Desde aquel día dejé de ser el Max que confiaba en las personas. Y, aunque me duela admitirlo, algunas de las cosas que Audrey me dijo aquella tarde todavía resuenan en mi cabeza.

No era un hombre cariñoso. Eso era verdad. Yo creía que darle mi tarjeta para que comprara lo que quisiera era una forma de demostrarle amor. Cuando tenía tiempo, cenábamos juntos.

En mis viajes de negocios solía llevarla conmigo. Mientras yo estaba ocupado en reuniones y cenas de trabajo, ella tenía mi tarjeta y podía ir de compras, disfrutar de los hoteles y hacer lo que quisiera.

Yo creía que eso era suficiente. Ahora sé que no lo era. Y a veces incluso me pregunto si realmente estaba enamorado de ella.

Porque, si hubiera estado realmente enamorado, ¿no habría querido pasar más tiempo a su lado?, ¿No me habría preocupado por conocerla realmente?, ¿No habría querido compartir algo más que dinero y comodidades?

Quizás Audrey tenía razón en una cosa. Quizás nunca supe amar.

Pero eso no justificaba lo que hicieron. Porque yo confié. Confié en ella. Y, sobre todo, confié en Adán.

Mi mejor amigo. Mi hermano. Una vida entera creyendo que nuestra amistad era real. Todavía me pregunto qué fue lo que pasó. ¿Nuestra amistad había sido verdadera al principio y después cambió? ¿O nunca fue verdadera desde el comienzo?. Creo que nunca voy a saberlo. Y, sinceramente, ya no me interesa.

Han pasado diez años. No tiene importancia.

Lo único que sé es que jamás volví a confiar de la misma manera en alguien que no perteneciera a mi círculo más cercano.

Mi familia. Mis padres. Mis hermanos. Frank, mi amigo de la universidad. Ellos son las únicas personas a las que permití entrar realmente en mi vida. Nunca mas deje entrar a ninguna mujer.

Paradójicamente, todavía me causa gracia recordar que todo esto comenzó con una mujer de menos de un metro cincuenta vestida de abeja.

¿A quién demonios le podría pasar algo así?. Una mujer disfrazada de abejita irrumpiendo en una reunión de negocios como un huracán y cambiándome la vida por completo.

Pues a mí. A Maxwell Goulcoa.

Y lo peor de todo es que nunca supe quién era. La mujer que me salvó de cometer el peor error de mi vida fue, al mismo tiempo, la mujer que terminó cambiando mi vida para siempre. Y todavía no sé si para bien o para mal.

Nunca pude averiguarlo.Cuando mandé a buscarla, ya había desaparecido. No dejó su nombre. Tampoco dejó el nombre de la mujer que la acompañaba. Nada.

Durante un tiempo hice todo lo posible por encontrarla. Quería saber por qué había hecho aquello. ¿Por qué le importaba?. Ni siquiera me conocía. Podría haberlo hecho por dinero. Pero no pidió absolutamente nada. Ni ese día ni después.

Al final terminé aceptando, aunque de mala gana, que probablemente solo lo había hecho por compasión. Quizás vio algo que yo no vi. Quizás simplemente no soportó quedarse de brazos cruzados.

No lo sé. Y después de tantos años, ya no importa.

Hoy soy el director de la empresa. Mi padre finalmente se jubiló y dejó la compañía en manos de mis hermanos y de mí. Yo estoy al frente de la sede principal.

Alexander se encarga de nuestras sedes en Gran Bretaña. El pequeño André trabaja aquí conmigo como mi mano derecha. Es, después de tantos años, una de las pocas personas en las que confío plenamente.

Y después está Derek. Él tomó un camino un poco diferente dentro del negocio familiar. Se dedicó a la abogacía, se casó y tiene una hija. Actualmente se encarga de todos los asuntos legales de nuestras empresas. Sigue formando parte del negocio familiar, aunque no le interesa demasiado estar cerrando contratos ni ocupándose de las operaciones.

Mis padres, por su parte, disfrutan de su jubilación. Viajan constantemente, pasan buena parte del año en el extranjero y disfrutan de todo lo que se ganaron después de tantos años de trabajo.

Mi padre levantó Goulcoa desde cero. A base de esfuerzo, sacrificios y muchas noches sin dormir, consiguió convertirla en una de las multinacionales más importantes del país. Y ahora me corresponde a mí continuar con su legado.

Solo que hay una cosa que mi padre nunca me enseñó a manejar. La confianza.

Porque puedes aprender a dirigir una empresa. Puedes aprender a negociar. Puedes aprender a multiplicar una fortuna. Pero nadie te enseña qué hacer cuando las dos personas en las que más confiabas deciden destruirte.

Y nadie te enseña qué hacer cuando la única persona que te salva resulta ser una completa desconocida. Una desconocida vestida de abeja. La abeja que, diez años después, sigue zumbando en mis recuerdos.

El trabajo en la empresa no es fácil. Y dado que no tengo ningún interés en conocer a ninguna mujer ni nada que se le parezca, mi vida transcurre básicamente entre la oficina y mi casa. Viajo cuando es necesario. Voy a cenar a restaurantes, generalmente cuando tengo que cerrar algún negocio. Si no hay una razón de trabajo, prefiero quedarme en casa.

También paso tiempo con mi familia. A André lo veo prácticamente todos los días en la oficina. Trabajamos mano a mano, así que es imposible no hacerlo.

A Derek, en cambio, casi no lo veo. Solo aparece cuando tenemos algún problema judicial, una demanda o algún asunto legal que necesita de su intervención. Él cumple su horario y se va a casa porque, a diferencia de nosotros, tiene una familia propia con la que pasar tiempo: su esposa, Anika, y su hija, Amy.



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En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 09.10.2026

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