Entre Crisálidas y Abejitas

Es ella

Llegué a la casa de Derek un poco más tarde de lo acordado. Por supuesto, no habían faltado las llamadas. Primero Derek. Después mamá. Y luego otra vez Derek. Todos preguntándome si realmente iba a aparecer. Al parecer, nadie confiaba demasiado en mi palabra.

Cuando finalmente llegué, descubrí que prácticamente todos ya estaban allí. Yo era el último. La fiesta se desarrollaba en el jardín. Habían preparado juegos para los niños y una pequeña piscina. También habían invitado a varios amiguitos de Amy, ya que había comenzado el jardín. Mis padres estaban conversando con los demás adultos.

Me acerqué.

—Papá. Mamá.

—Hola, mi niño.

Mamá, como siempre, me recibió con un abrazo y un beso en la mejilla. Papá simplemente levantó la cabeza.

—¿Cómo estás, muchacho?

Así era él. Nunca había sido demasiado afectuoso. Y estaba bien. A mí tampoco me gustaba demasiado demostrar afecto.

—¿Cómo estuvo el viaje? —pregunté.

—Muy bien. Me encanta estar cerca del mar —respondió mamá—. Pero, por supuesto, volvimos para el cumpleaños de Amy. No nos lo perderíamos por nada.

—Alexander no pudo venir —agregó papá—, pero llegará en los próximos días.

—Es comprensible. No debe ser fácil manejar las sedes de Gran Bretaña.

Mi padre asintió.

—No es sencillo llevar una empresa del tamaño de Goulcoa.

Entonces escuché una vocecita detrás de mí.

—¡Tío Maxwell!

Me di vuelta. Mi florecilla venía corriendo hacia mí con los brazos abiertos. Sonreí. Sí. Sonreí. Solo con ella me permitía hacerlo sin sentir que estaba perdiendo algo de mí. Me agaché para recibirla y ella prácticamente saltó sobre mí.

—¿Cómo está mi florecilla?

—¡Bien! ¡Muy bien!

—¿Pudiste venir?

—Claro que sí. No me lo perdería por nada del mundo.

Metí una mano en el bolsillo y saqué una pequeña caja blanca. Los ojos de Amy se abrieron enormes.

—¿Qué es?

Abrí la caja.

—Es para ti.

—¡Ay, tío! ¡Es muy linda!

Sacó la cadena con cuidado.

—¡Tiene flores!

—Muchas flores. Como mi florecilla.

—¡Sí! ¡Yo soy tu florecilla!

Saqué la cadena y se la coloqué alrededor del cuello.

Amy corrió hacia su madre.

—¡Mamá, mira! ¡El tío Max me regaló muchas florecitas!

Anika se agachó para verla.

—Es preciosa. ¿Le dijiste gracias al tío Max?

Amy se quedó pensativa. Entonces se dio vuelta.

—Gracias, tía Max.

—Tío —la corregí.

Ella soltó una risita.

—¡Gracias, tío Max!

—De nada, mi niña. Feliz cumpleaños.

Su cara se contorsiono de golpe y comenzo a dar pequeños saltitos. Amy miró a su madre.

—Mami, quiero ir al baño.

Todos soltamos una pequeña risa.

—Bueno, vamos —dijo Anika.

Las dos entraron a la casa.

La siguiente hora transcurrió entre niños corriendo de un lado a otro, conversaciones de adultos y música de fondo. Papá y mamá hablaban con los padres de Anika. Derek intentaba controlar a los niños. Y André, por supuesto, había encontrado una manera de infiltrarse en el grupo de amigas de Anika. Probablemente estaba intentando conquistar a alguna.

Asi era André. El menor. El soltero. El picaflor. Definitivamente todavía le faltaba madurar.

Después de un rato escuchamos el timbre. Vi a Anika dirigirse hacia la puerta. No le presté demasiada atención. Hasta que, unos minutos después, regresó al jardín.

—¡Amy!

Mi sobrina apareció corriendo.

—¡La tía Eve está aquí!

Amy gritó emocionada y salió disparada hacia la entrada.

Fruncí el ceño. No conocía a ninguna Eve.

Entonces giré la cabeza para ver quién era la mujer que tanto entusiasmo provocaba en mi sobrina. Detrás de Anika apareció una mujer. Cabello negro y ondulado. Piel clara, aunque no de ese blanco porcelana al que estaba acostumbrado. Más bien una piel cálida, ligeramente morena. Llevaba un vestido blanco hasta las rodillas. No era extremadamente delgada. Tenía curvas.

Pero nada de eso fue lo que me dejó paralizado. Fue su rostro. Sentí que el mundo se detenía.

No. No podía ser. La conocía. Ese rostro. ¿Cómo demonios podría olvidarlo?

Era ella. La maldita abeja. La mujer que llevaba diez años zumbando en los rincónes de mi cabeza. La loca desquiciada que había irrumpido en mi oficina disfrazada de abeja.

La mujer que me había levantado un dedo en la cara.

La mujer que había incrustado un teléfono frente a mis ojos para obligarme a mirar la verdad.

La mujer que había descubierto la traición de Audrey.

La mujer que, sin conocerme, había decidido salvarme.

La mujer que desapareció antes de que pudiera siquiera preguntarle su nombre.

Y ahora estaba allí. En el cumpleaños de mi sobrina. Después de diez años.

Sentí algo extraño en el pecho. Una sensación que no reconocí. Mi cuerpo se tensó. El corazón comenzó a latir demasiado rápido. Me quedé mirándola. Embobado. Nervioso.



#4687 en Novela romántica
#1506 en Otros
#523 en Humor

En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 09.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.