Loco. Esa era la palabra que me definía en este preciso momento. Estaba haciendo algo que, después de pensarlo un poco, podía calificarse perfectamente como irracional.
No me había dado cuenta de cuánto quería saber sobre ella hasta que la vi de nuevo. Tenía demasiadas preguntas sin responder y había llegado a una conclusión bastante sencilla: si quería obtener respuestas, necesitaba tenerla cerca.
Diez años atrás, aquella mujer había emprendido una huida magnífica. Me había salvado de cometer el peor error de mi vida y después había desaparecido sin dejarme siquiera la oportunidad de preguntarle su nombre.
No podía permitir que volviera a pasar. Así que elaboré un plan. Everly estaba buscando trabajo. Yo podía ofrecérselo.
Cuando la llevé en el auto hasta su casa después del cumpleaños de Amy, no me atreví a decirle nada sobre lo que había ocurrido diez años atrás. Hablamos de cosas casuales, aunque, para ser sincero, ella habló bastante más que yo. Me limité a escucharla y a observarla de reojo cada vez que podía.
Sin embargo, durante aquella conversación surgió una necesidad genuina de saber por qué había hecho lo que hizo. Por supuesto, aproveché la oportunidad para insistirle en que enviara su currículum a la empresa.
Y, aparentemente, había dado resultado. Al despedirnos, realize una llamada y dejé instrucciones en Recursos Humanos: si recibían un currículum a nombre de Everly Casanova, debían avisarme de inmediato.
Al día siguiente, ahí estaba. Su currículum había llegado. No le dije quién era yo ni que me encargaría personalmente de entrevistarla. Mi intención era que la sorpresa llegara al final, cuando ya estuviera sentada frente a mí.
La entrevista estaba programada para hoy. Nuestra sede principal seguía prácticamente igual. No habíamos cambiado demasiado la estructura del edificio y yo estaba bastante seguro de que, en cuanto Everly cruzara la entrada, reconocería el lugar.
Y, si no huía antes, probablemente terminaría descubriendo quién era yo cuando llegara a mi oficina. Tal vez entonces me recordara.
Por supuesto, también me encargué de dar instrucciones a mi equipo de seguridad. En cuanto la vieran llegar, debían acompañarla hasta mi despacho. No pensaba permitir que escapara otra vez sin darme respuestas.
Al menos esperaba que llegara a mi oficina lo suficientemente sorprendida como para quedarse a escucharme. No debía tardar demasiado.
Y, como si me hubieran leído la mente, media hora después sonó el teléfono.
—Señor, la señorita Casanova acaba de llegar. Ya la estamos subiendo.
—Perfecto. Acompáñenla hasta mi oficina.
—Entendido, señor.
Colgué y miré el reloj. No pasaron ni cinco minutos antes de que golpearan la puerta.
—Adelante.
Era Julia, mi secretaria. Llevaba once años trabajando conmigo y conocía perfectamente mis rutinas.
Sin embargo, aquella vez había algo diferente en su expresión.
—Señor, la señorita Casanova está aquí.
—Hágala pasar, Julia.
Ella se hizo a un lado y, detrás de ella, apareció Everly, acompañada por dos hombres de seguridad. Definitivamente, estaba nerviosa.
Sí, se había dado cuenta.
Me acomodé en mi silla y compuse mi mejor expresión profesional.
—Señorita Everly, bienvenida.
—Muchas gracias.
—Por favor, tome asiento.
Se sentó en la silla frente a mi escritorio. Con un gesto, indiqué a Julia y a los guardias que podían retirarse.
Una vez que quedamos solos, abrí la carpeta que tenía preparada.
—Llegó puntual. Eso me gusta.
—Sí, por supuesto. Siempre es mejor llegar antes que tarde.
Asentí y eché un vistazo a su currículum.
—Estuve revisando sus antecedentes laborales. Veo que tiene poca experiencia, pero conozco las empresas en las que trabajó. Son buenas referencias. También veo que cuenta con conocimientos que podrían ser útiles para el puesto.
—Me alegra saberlo.
Comencé con las preguntas habituales de una entrevista: su experiencia, sus habilidades, la manera en que resolvería determinadas situaciones laborales y cómo se desenvolvería en el puesto.
Al principio estaba tensa. Era evidente. Pero, a medida que la conversación avanzaba y comprobaba que mis preguntas se limitaban al trabajo, comenzó a relajarse. Respondía con seguridad, tenía buenas ideas y demostraba capacidades que no siempre podían apreciarse en un currículum. Era una buena candidata. Eso estaba claro.
Pero no pensaba dejarla marcharse sin obtener las respuestas que llevaba diez años esperando. Cuando terminé con las preguntas laborales, cerré la carpeta y la miré directamente a los ojos.
—Bien, señorita Casanova. Creo que está todo bastante claro para el puesto. Solo me falta hacerle una última pregunta.
—Sí, por supuesto.
Me dedicó una sonrisa tranquila. Estaba tan relajada que casi me dio lástima arruinarle el momento. Casi.
—¿Interrumpir reuniones importantes disfrazada de abejita era algo que hacía todos los días o fue una de esas cosas que, ya sabe, suceden una sola vez en la vida?
La sonrisa desapareció de su rostro. Fue fascinante observar la transformación.
Primero dejó de sonreír. Después, sus ojos se abrieron de par en par. El color abandonó sus mejillas y, por la manera en que me miraba, habría jurado que acababa de ver un fantasma. Incluso me pareció que empezaba a sudar frío.