Entre Crisálidas y Abejitas

¿Que estoy haciendo?

Ella se quedó inmóvil, con el brazo en alto y el maldito cartel preparado para salir volando.

—¡No quiero hacerte daño! ¡No quiero secuestrarte ni asesinarte! ¡Si tan solo me escucharas, sabrías que lo único que quiero es agradecerte!

Everly parpadeó.

—¿Agradecerme? —preguntó, todavía sosteniendo el cartel.

—Sí. Agradecerte.

Me miró con desconfianza.

—Me cambiaste la vida por completo hace diez años. Eso es verdad. Pero tú me salvaste y después desapareciste. Nunca pude darte las gracias. Eso es todo lo que quiero hacer ahora. Así que, por favor, ¿podrías escucharme?

Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.

Finalmente, comenzó a bajar el brazo. Después se enderezó y miró a su alrededor. Yo hice lo mismo. Mi oficina parecía el escenario de una batalla campal.

Había libros desparramados por el suelo, objetos fuera de lugar, una maceta caída y documentos esparcidos por todas partes. Mi lámpara había terminado en una esquina y mis dos guardaespaldas seguían recuperándose de sus respectivos ataques.

Solté un suspiro pesado. Definitivamente, aquello no había salido como lo había planeado.

—Por favor, siéntate —le pedí, señalando el sillón que estaba junto a la ventana.

Everly me observó durante unos segundos, como si estuviera evaluando si podía confiar en mí. Finalmente, comenzó a caminar despacio hasta el sillón.

—¿Puedes soltar eso? —le pregunté, señalando el cartel.

Lo apretó contra su pecho y lo sujetó con ambas manos.

—Prefiero quedármelo un momento.

La miré en silencio.

Bien. Al menos no estaba intentando lanzármelo a la cabeza.

—Está bien. Quédate con él.

Everly se sentó y, en ese momento, Julia y los guardias comenzaron a recoger los objetos que habían quedado desparramados por la oficina.

—Déjenlo —ordené.

Los tres se detuvieron.

—Señor, pero…

—Después lo arreglamos. Ahora déjennos solos.

Los guardias salieron detrás de Julia y la puerta se cerró.Por fin estábamos solos. Me acomodé en el sillón individual frente a Everly y crucé los brazos.

La observé durante unos segundos. Tenía el cabello revuelto por el forcejeo con los guardias y todavía abrazaba mi cartel como si fuera un escudo protector.

No pude evitarlo.

—Veo que sigues estando tan desquiciada como hace diez años.

Everly arqueó una ceja.

—¿Desquiciada? ¿Así le dices a la mujer que te salvó el trasero?

Inclinó ligeramente la cabeza, con una arrogancia que me resultó absurdamente familiar. Maldita sea. Tenía razón.

—Tienes razón —admití—. Pero hay muchas cosas que todavía no están claras.

Dejé de lado el tono sarcástico y la miré con seriedad.

—Llevo diez años haciéndome preguntas. Ahora que volvimos a encontrarnos, espero que puedas responderlas.

Noté que se incomodaba, aunque intentó disimularlo.

—Bien. Dime qué quieres saber.

—Primero, ¿por qué lo hiciste?

Frunció el ceño.

—¿Por qué hice qué?

—¿Por qué me ayudaste? ¿Por qué te arriesgaste a entrar en una reunión importante, interrumpirla y mostrarme aquellas pruebas?

Me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque era lo correcto.

Parpadeé.

—¿Así de simple?

—Sí.

—Solo porque era lo correcto —repetí, incrédulo.

—Exactamente.

La observé, esperando que añadiera algo más. No lo hizo.

—Tiene que haber otro motivo —insistí.

Everly puso los ojos en blanco.

—¿Por qué debería haberlo? Ah, ya sé. Supongo que cuando uno crece siendo un niño rico y malcriado, le cuesta creer que existan personas con buen corazón.

Entrecerré los ojos.

—¿Perdón?

—Te lo informo: existen personas con buen corazón. Como yo, por ejemplo. Por supuesto, no soy perfecta, pero lo intento.

Hizo una pausa y bajó la mirada hacia el cartel que todavía sostenía.

—Además, mi papá siempre me decía que, sin importar las consecuencias, debía hacer lo correcto. Que no importaba si hacerlo era fácil o difícil. Si uno sabe que algo está mal y puede hacer algo para evitarlo, tiene que intentarlo. Porque, si no lo haces, después eso te pesa en el corazón.

La miré en silencio. ¿En serio?

¿Había pasado diez años intentando comprender qué había motivado a aquella mujer a intervenir en mi vida y la respuesta era que su padre le había enseñado a hacer lo correcto?

Everly levantó la mirada.

—Es mi lema de vida, señor Goulcoa. Aunque no lo crea.

Solté el aire lentamente.

—Está bien. Si dices que lo hiciste porque era lo correcto, te creo.

No tenía sentido discutir con ella sobre algo que, evidentemente, consideraba tan sencillo.

—Pero hay otra cosa que quiero saber. ¿Por qué desapareciste sin dejar rastro?

Everly se encogió de hombros.

—Porque mi trabajo había terminado.



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En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 09.10.2026

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