Después de los acontecimientos sucedidos en mi oficina, la verdad es que me planteé si estaba actuando de manera racional. Obviamente, no lo estoy haciendo, pero hay algo en ella que no sé qué es, que me hace querer mantenerla cerca.
Así que decido seguir con esta locura, al menos hasta que meta la pata. Y, en cuanto lo haga —algo que, por lo visto, sucede bastante seguido—, la despediré. Al fin y al cabo, ya obtuve la respuesta que necesitaba, aunque no haya sido demasiado prometedora que digamos. Pero bueno, ahora puedo seguir con mi vida perfectamente.
Llego a la oficina más temprano de lo habitual. Como siempre, me gusta llegar antes que el resto. Incluso llego antes que Julia.
Entro y, para mi sorpresa, veo movimiento en la oficina que mandé a preparar para Everly. Es una habitación pequeña, justo al lado de la mía, que se supone que será su espacio de trabajo.
Me dirijo hacia allí y, sorprendentemente, me encuentro a Everly agachada, recogiendo unos papeles. Cuando se endereza y me ve, pega un salto del susto.
—¡Señor Goulcoa! ¿Es usted?
Se lleva una mano al pecho y aprieta con la otra los papeles que tiene entre las manos.
—No esperaba encontrarte tan temprano aquí —le digo.
—Bueno, es mi primer día, así que quería tratar de ponerme un poquito al día antes de que usted llegara. Pasé por Recursos Humanos y me explicaron todo. Me dieron el teléfono, su agenda, acceso a su correo electrónico… Bueno, todo lo necesario.
Deja los papeles sobre el escritorio.
—Déjeme, ya le traigo su café.
Ni siquiera me da tiempo a responder. Sale disparada por mi lado en dirección a la pequeña cocina donde tenemos todo lo necesario.
Me quedo observándola hasta que desaparece, pensando que el hecho de que llegue temprano y antes que los demás es un buen punto a su favor.
Tomo asiento en mi escritorio, enciendo la computadora y comienzo con mi día. Al cabo de unos diez minutos, ella aparece nuevamente.
Sigo concentrado en los informes y contratos que estoy leyendo. No la miro directamente, pero, por el rabillo del ojo, veo cómo deja una taza de café sobre el escritorio. Sin embargo, también noto que hace otro movimiento y deposita algo más a su lado.
No puedo evitar mirar. Es un cupcake. Un cupcake de todos los colores. Frunzo el ceño y levanto la mirada hacia ella. La veo un poco nerviosa.
—Bueno… —comienza, soltando un suspiro—. Cuando llegué a casa, estuve pensando en todo el desastre que hice aquí. Me sentí bastante mal, así que decidí preparar unos cupcakes y traerle uno como una manera de pedirle disculpas. Ya sabe, es que soy latina y, la verdad, creí que usted quería hacerme daño.
—¿Latina?
—Sí, bueno, mi mamá es mexicana, asique la sangre mexicana corre por mis venas. Tiendo a reaccionar bastante fuerte - frunce sus labios - Tengo un carácter bastante fuerte y, la verdad, cuando me di cuenta de que usted me recordaba, pensé que iba a querer asesinarme por haberle arruinado la vida.
—Ya te expliqué que no fue así.
—Sí, sí, lo sé. Está agradecido porque le salvé la vida por completo.
Hace un ademán con las manos, orgullosa de lo que hizo.
—Por eso me siento mal de haberle destruido toda la oficina.
—Bueno, te lo agradezco, pero la verdad es que no me gusta lo dulce.
Veo cómo la decepción cruza sus ojos.
—Mi mamá dice que los regalos no se desprecian.
Se lleva una mano a la cintura. Yo alzo una ceja y la miro.
—¿Vas a obligarme a comerme el cupcake?
—Es comida. No se puede desperdiciar. Hay muchas personas que no tienen nada para poner en la mesa, así que incluso un cupcake es una bendición.
—Pero no me gusta lo dulce.
—Cómaselo.
Me mira con una expresión desafiante y, acto seguido, se da la vuelta para regresar a su escritorio.
Me quedo observándola, completamente desconcertado.
¿Acaba de mandonearme mi propia asistente personal?
En cualquier otra circunstancia, ya me habría levantado y la habría despedido. No le habría permitido ni respirar antes de echarla de mi oficina.
Pero aquí estoy, sentado, observando el cupcake y deslizando la mirada entre este y ella. Y me pregunto si de verdad quiero conocer la furia que puede desatar esa mujer latina.
No me queda otra opción, así que tomo el cupcake y comienzo a comerlo. Para mi sorpresa, está bastante bueno. Me quedo a mitad de camino y lo observo.
—Soy un maldito idiota -digo en voz baja
Finalmente, me lo termino, acabo mi café y continúo leyendo los informes.
Pasamos todo el día entre reuniones, mientras ella me programa cenas, almuerzos y vuelos, y organiza los informes que le pido. La verdad es que ha mantenido bastante bien el ritmo. Nada mal.
Creo que eso de esperar a que cometa un error para despedirla no va a suceder. Al menos, no por ahora.
La semana transcurre bastante bien, entre reuniones e informes. Everly ya ha demostrado ser muy eficiente en su trabajo y, la verdad, empiezo a sentirme cómodo con su presencia.
Todas las mañanas me trae el café y, aunque no volvió a traerme un cupcake, siempre deja alguna galleta, una cookie o un chocolate para acompañarlo.
Al segundo día intenté volver a explicarle que no me gusta lo dulce, pero lo único que recibí fue esa mirada de mujer latina que parece decir: «Cómetelo o te lo hago tragar». Así que decidí que era una batalla perdida.