Soy un hombre de dinero, de poder. Me manejo en los sectores más exclusivos, rodeado de personas de la élite, gente que sabe moverse en la alta sociedad.
La verdad es que podría tener a cualquier mujer que quisiera. Una modelo elegante, educada, que supiera comportarse en los círculos sociales en los que me muevo. Eso sería lo lógico, ¿no?
Pero, por alguna extraña razón, mi mente siempre termina viajando diez años atrás, hasta una maldita mujer de un metro cincuenta disfrazada de abejita.
Una mujer que no tiene nada de elegante, que es una maldita mandona, que no sabe quedarse callada cuando alguien le dice algo y que, definitivamente, podría comerse hasta un dinosaurio.
De modelo no tiene nada. No es flaca como esas mujeres con las que suelo relacionarme, pero tiene curvas. Unas buenas caderas, un pecho generoso y una cintura que le da una figura de reloj de arena. Es perfecta.
—No, no, no… ¡Mierda! —mascullo, pasándome una mano por la cara.
Estos malditos pensamientos son cosa de todos los días. Mi cabeza se niega a aceptar que yo, Maxwell Goulcoa, pueda enamorarme de una mujer así. Sin embargo, hay algo que ya no puedo negar. Mi corazón, ese puto órgano que creí congelado desde que descubrí la traición de mi prometida y de mi mejor amigo, parece haber comenzado a latir otra vez.
Y, por más que quiera negarlo, sé perfectamente lo que me sucede.
Me gusta esa mujer. Me gusta y no tengo la menor idea de qué hacer con eso.
Por supuesto, todavía no he encontrado una excusa para despedirla. Aunque, siendo sincero, hace tiempo que dejé de buscarla. No quiero que se vaya. Algo que, desde luego, tampoco pienso admitir en voz alta.
Un golpe en la puerta me devuelve a la realidad.
Mierda. Estoy todo el tiempo así, volando en una maldita nube, y todo por culpa de esa condenada abejita.
—¡Pasá! —ordeno.
La puerta se abre y quien entra es André.
—Hola, hermanito. ¿Me extrañaste?
—No.
André pone los ojos en blanco y se deja caer en una de las sillas frente a mi escritorio.
—Yo también te quiero.
—No viniste aquí para socializar. Además, ya descansaste bastante. ¿No es hora de trabajar?
—Sí, bueno, bueno. Por eso estoy aquí, para revisar esos informes.
Asiento, tomo el teléfono y llamo a Everly para pedirle que me traiga los documentos. Un par de minutos después, aparece en mi oficina.
—Señor, aquí están los informes.
Los deja sobre el escritorio y, al levantar la mirada, repara en mi hermano.
—Buenas tardes.
—Hola, Everly. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y usted?
—Yo bien. Apenas estoy regresando de unas lindas vacaciones, pero ¿qué le vamos a hacer? Mi hermano me obligó a venir a esta reunión. Ya sabés cómo es.
André acompaña sus palabras con un gesto exagerado hacia mí.
Frunzo el ceño. No recuerdo que se hayan presentado en la fiesta de Amy, ni mucho menos que hayan tenido oportunidad de conocerse en la oficina.
—¿Ustedes ya se conocen?
Ambos me miran.
—Sí, nos hemos cruzado algunas veces en la cafetería —responde Everly—. Además, recuerdo haberlo visto en la fiesta de Amy. Es su hermano, ¿no?
—¡Claro que la conozco, Max! ¿Cómo no voy a conocer a tu asistente?. Soy tu hermano.
—No me refiero a eso. No recuerdo que se hayan cruzado aquí, en la oficina, ni en la fiesta de Amy.
Miro a Everly.
—No sabía que ibas a la cafetería.
—Ah, sí. A veces no traigo el almuerzo, así que bajo a comprar algo para comer. -Se encoge de hombros, como si no tuviera ninguna importancia.
—Aunque, precisamente, su hermano no va a la cafetería para comer —añade con tono sarcástico.
André se echa a reír.
—¡Ay, tampoco exageres! Ya me conocés.
Everly se ríe con él. Y yo me enojo. Sobre todo porque puedo ver cómo André le dedica una mirada coqueta y ella, lejos de parecer incómoda, se limita a ignorarlo con una naturalidad que me irrita todavía más. Conozco perfectamente las intenciones de mi hermano.
—Bueno, comencemos con la reunión —digo en un tono seco.
—¿Quieren que les traiga un café, señor André?
—¡Por Dios, no me digas señor! André está bien. Y sí, un café estaría perfecto.
—¿Y usted, señor Maxwell?
—Sí. Un café está bien.
—Perfecto.
Se da la vuelta y sale de la oficina con esa caminata alegre de siempre. André se queda mirándola más de la cuenta.
—Dejá de mirar a mi asistente como si fuera un pedazo de carne.
—¡Está bien, está bien! Es bonita.
Golpeo el escritorio con la palma de la mano y me inclino hacia él para susurrarle entre dientes:
—Te lo advierto, mantente alejado de ella o te voy a cortar las pelotas.
André nota que hablo en serio, así que levanta ambas manos en señal de rendición, aunque no deja de reírse.
—Está bien. Entendido.
—Bien. Empecemos.
Nos ponemos a revisar los informes y a hacer un seguimiento del estado de la empresa, los números, las estadísticas y todo lo demás. Cinco minutos después, Everly regresa con los cafés. Los deja sobre el escritorio y vuelve a su oficina.