Descendemos hasta el último piso y, cuando llegamos, Everly sale primero. Yo voy detrás de ella. Al atravesar los molinetes de seguridad, escucho una voz a lo lejos.
—¡Eh, niña! ¿Hoy sales temprano?
Es uno de los guardias de seguridad.
—¡No, Charly! Solamente voy a almorzar con el jefe.
Everly hace un gesto con la mano en mi dirección.
¿Charly?
Es el mismo guardia al que golpeó el día que destrozó mi oficina. Más precisamente, el que recibió un golpe en la nariz. El hombre me mira y me saluda con un gesto de cabeza. Yo hago lo mismo y sigo caminando detrás de ella. ¿Cómo demonios es que también es amiga de ese tipo?
Una vez que subimos al auto, no puedo evitar preguntárselo.
—¿Desde cuándo eres tan amiga de él? ¿Y cómo es que sabés su nombre?
Everly me mira
—Bueno, eso será porque no soy como cierto señor egocéntrico que evidentemente no se molesta en conocer a ninguno de sus empleados. Creo que solo sabés mi nombre porque interrumpí hace diez años en tu oficina disfrazada de abejita. Seguro que, si no hubiera estado disfrazada, ni siquiera me recordarías.
Aprieto los dientes. Esta mujer consigue exasperarme con una facilidad extraordinaria. Solo le hice una pregunta y ya está lanzándome cualquier disparate.
—Te pregunté desde cuándo eres amiga de él.
Everly suspira dramáticamente.
—Bueno, después de lo que pasó en su oficina, no solamente me sentí mal con usted por destrozarle todo, sino también por haber golpeado a Charly y a Bob. Así que, al día siguiente, cuando vine, les traje unos cupcakes. Uno para usted, uno para Charly y uno para Bob.
Me quedo mirándola.
—¿Cómo que uno para Charly y Bob? ¿También les llevaste un cupcake a ellos?
—Sí.
—¿O sea que no fui el único?
Everly me mira, desconcertada.
—No, también les llevé a Charly y a Bob. Es lo que acabo de decirte.
¿Acaso está hablando en serio?
Yo creía que me había llevado aquellos cupcakes solamente a mí. Que había sido un gesto especial, algo que había hecho porque se sentía mal por haberme destrozado la oficina. ¡Y ahora resulta que se los repartió a toda la población!
—¿Esas son tus disculpas? ¿Traerme un cupcake a mí, al dueño de esta empresa, igual que a dos guardias de seguridad?
Ella cruza los brazos.
—¿Y cuál es el problema?
—¿Cómo que cuál es el problema? ¡Yo soy el dueño de esta empresa! ¡Soy tu jefe!. Me destrozaste la oficina. Ellos solamente son dos guardias de seguridad.
—¡Ay, por el amor de Dios! Son dos seres humanos, igual que usted. La única diferencia es que usted tiene dinero y ellos probablemente viven al día. Porque, a decir verdad, no estoy muy segura de que se les pague como corresponde al personal de seguridad. Pero bueno, eso depende del jefe. —Ella hace el ademán de mirarme de arriba a abajo
—Yo les pago bien a mis empleado —siseo entre dientes
—Si usted lo dice…
—¿Lo dudás?
—Y, la verdad, por la cantidad de pavadas que salen de su boca, sí. Lo dudo.
Hace un movimiento de cabeza altanero y vuelve a mirar hacia el frente. Yo solo quiero matarla.
—Por el amor de Dios —susurro entre dientes.
No digo nada más. Arranco el auto y emprendo el camino hacia el restaurante. No puedo creerlo. Resulta que no fui el único al que le llevó cupcakes. Yo creí que había sido algo especial, que me había elegido a mí por alguna razón. Pero no. Mi abejita anda repartiendo dulces por toda la empresa.
Llegamos al restaurante y entramos.
—Mesa para dos, por favor —pido.
—Sí, señor. Acompáñenme.
La camarera nos conduce hasta un rincón bastante aislado, con una decoración elegante. Nos sentamos y, al poco tiempo, la camarera regresa para entregarnos las cartas. Las revisamos durante unos minutos, hasta que decido qué pedir.
—Un filete con papas asadas, por favor.
Everly se inclina hacia adelante para mirar mejor los precios de la carta.
—Esto está muy caro.
—No te preocupes. Yo pago.
—No, claro… —responde, poniendo los ojos en blanco.
La miro con advertencia.
—¿Puedes dejar de hacer eso?
—¿Qué cosa?
—Eso.
Vuelve a poner los ojos en blanco.
—Everly —la advierto.
—Lo siento, lo siento —dice entre risas.
Cierra la carta.
—Voy a pedir lo mismo que usted.
La camarera asiente y se retira.
—Por cierto, ¿qué vamos a hacer con la comida que encargué? Ya debe de estar preparada y empaquetada.
—Ya te dije que da igual. La pagaré.
—¿Y la van a tirar? —pregunta, horrorizada—. ¡No se desperdicia la comida de esa manera!
—Me da igual. Vamos a comer aquí.
Aprieta los labios, claramente conteniéndose para no volver a poner los ojos en blanco.
—Bien. Yo me la llevaré.
—Como quieras —respondo, encogiéndome de hombros.
El almuerzo transcurre de manera bastante amena. Intento averiguar un poco más sobre su vida y ella también me hace algunas preguntas. Entre ellas, cómo fue mi vida después de aquel suceso. La verdad es que nunca nos sentamos a hablar de todo lo que pasó después. Y, aunque no tendría por qué hablar de eso con mi asistente, termino contándole un poco.