Entre Crisálidas y Abejitas

Desastre

Ya es medianoche y ni siquiera recuerdo en qué momento empecé a beber.

Después de pasar prácticamente todo el mediodía con Everly, me sentí mal. Necesitaba alejarme de ella, pero no porque no la quisiera cerca. Todo lo contrario. Quería mantenerme lejos porque me siento como una maldita plaga.

Ella es tan buena, tan brillante, tan llena de vida… y yo soy la maldita oscuridad.

Las palabras que Audrey me dijo hace diez años vuelven una y otra vez a mi cabeza. Y lo peor de todo es que tiene razón. Siempre la tuvo.

Soy un maldito que no tiene nada más que dinero. Nunca he sabido amar a nadie. Ni siquiera me he esforzado por aprender. No sé tratar bien a mis empleados, nunca me importó una mierda ninguno de ellos. Julia lleva años trabajando conmigo y ni siquiera he sido capaz de saludarla con un simple «buenas tardes» o darle las gracias por algo.

Y entonces aparece Everly, con esa manera tan suya de ser, y me hace sentir todavía peor. Porque tengo miedo de contaminarla. De destruirla. De arruinar esa luz que lleva dentro. Y no quiero hacerle eso. No a ella.

Así que cancelé todas mis reuniones y me largué de la oficina. Ni siquiera me atreví a acercarme a decirle que me iba. Me fui sin darle ninguna explicación.

Me envió un mensaje preguntándome si estaba todo bien. Supongo que se dio cuenta de que algo me pasaba, pero no le respondí. Simplemente me encerré en mi mansión a emborracharme. Llevo horas bebiendo, pero también llevo horas pensando en ella, incapaz de quitármela de la cabeza.

¿Cómo demonios consiguió meterse tan dentro de mí en tan poco tiempo?. ¿Y cómo demonios hago para no destruirla?

No quiero hacerlo. No quiero hacerle daño, pero tampoco sé cómo evitarlo. No sirvo para esto. No sirvo para querer a alguien de la manera en que se merece.

Y, aun así, aquí estoy, siendo el maldito egoísta que siempre he sido. Porque, aunque sé que debería mantenerme alejado, quiero tenerla cerca. Es una necesidad de querer saber que está bien, que sigue sonriendo, que continúa siendo esa persona maravillosa que conocí.

Es tanto lo que deseo verla que, incluso estando borracho, tomo las llaves del auto y salgo de la mansión. Decido ir a buscarla. Aunque sea para verla desde lejos. Me subo al auto y conduzco hasta su departamento. Estoy bastante ebrio, y aunque mi cabeza intenta convencerme de que todavía puedo manejar, no debería estar al volante en estas condiciones.

Cuando llego, estaciono frente a su edificio. Sé que vive en el tercer piso, así que apago el motor y me quedo sentado en el asiento del conductor. En el camino me pareció una buena idea venir hasta aquí. Se supone que debería mantenerme alejado de ella, pero aquí estoy. Y ahora no quiero bajar.

No puedo presentarme ante ella en este estado. No quiero que me vea así, asique me acomodo en el asiento y me recuesto, con la mirada fija en la entrada del edificio. Aunque ya pasó la medianoche, una parte de mí sigue esperando verla salir por esa puerta.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que finalmente me quedo dormido.

El ruido ensordecedor de una bocina me despierta de golpe. Doy un sobresalto y enseguida me detengo, porque siento que la cabeza me va a estallar. Me quedo inmóvil durante unos segundos, intentando comprender dónde estoy. Abro los ojos lentamente y la luz del maldito sol me da de lleno en la cara.

Entonces recuerdo. Sigo dentro del auto, estacionado frente al edificio de Everly. Me quedé dormido aquí. Miro a mi alrededor. Ya amaneció.

—Será mejor que me vaya —murmuro, mientras me incorporo en el asiento.

Estoy a punto de encender el motor cuando, por el rabillo del ojo, veo movimiento en la entrada del edificio. Giro la cabeza. Y ahí está ella.

Everly sale cargando una bicicleta de color verde agua. Incluso tiene un pequeño canasto en la parte delantera. Es demasiado tierna, condenada.

Lleva unos jeans azul claro, una remera gris de mangas cortas, una mochila marrón y unas zapatillas blancas. Nada extravagante, nada demasiado elaborado. Simplemente ella, con esa sencillez que consigue volverla todavía más bonita.

Se sube a la bicicleta y comienza a pedalear. Y yo, que desde ayer no hago más que tomar decisiones irracionales, decido seguirla. La sigo durante unas cuantas cuadras, hasta que se detiene frente a una panadería. Estaciona la bicicleta y entra. Aproximadamente diez minutos después, sale con dos bolsas y una galleta entre los labios.

Guarda las bolsas en el canasto con muchísimo cuidado y, una vez que termina, suelta un pequeño suspiro. Después, muerde la galleta y se limpia con los dedos las migas que le quedan alrededor de la boca. Durante los siguientes dos minutos, la observo comer.

Sí, estoy sentado dentro de mi auto, mirando a una mujer comerse una galleta como si fuera el espectáculo más interesante del mundo. Y, para mi desgracia, lo es.

Everly permanece junto a la bicicleta, saboreando su desayuno mientras contempla el cielo. En un momento, levanta el rostro hacia el sol y cierra los ojos, como si quisiera dejar que los rayos le calentaran la piel. El viento le mueve el cabello, que ondea suavemente alrededor de su rostro.



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En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 30.10.2026

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