Entre Crisálidas y Abejitas

Un dia diferente

Suspiro y observo las prendas que me prestó. Se trata de un pantalón de chándal gris, bastante amplio, pero que me queda bien, y una remera blanca de algodón, de mangas largas y abotonada en el pecho. Me visto, me pongo las zapatillas que llevaba cuando llegué y salgo de la habitación.

No encuentro a Everly por ninguna parte, así que decido bajar las escaleras. Sigo el sonido de las vocecitas infantiles y, efectivamente, termino en una habitación donde hay unos diez niños, aproximadamente. Deben de tener entre cinco y diez años. También hay tres mujeres: una señora de unos sesenta años y otras dos que rondan los treinta o cuarenta.

Everly me ve y se acerca para presentarlas. La mujer mayor se llama Sara y es la encargada del hogar. Resulta que este es el lugar donde Everly viene a ayudar siempre que puede. Las otras dos mujeres se llaman Caroline y Emma, y, al igual que ella, colaboran aquí cuando tienen tiempo.

Observo a los niños. Hay cinco niñas y cinco varones. De pronto, Everly da una palmada para llamar su atención.

—¡Chicos, escuchen! ¡Presten atención!

El efecto es inmediato. Todos dejan de hablar y se quedan en silencio, pendientes de ella. Everly me señala.

—Él es el señor Maxwell y hoy ha venido a pasar un día espléndido con nosotros. Así que, como siempre hacemos con nuestros invitados, vamos a hacerlo sentir bienvenido.

Los niños responden al unísono con una algarabía que me hace sonreír.

—¡Bienvenido, señor Maxwell!

—¡Muy bien! Entonces, vamos a comenzar con la hora de dibujo.

Everly se acerca a mí y me entrega varias hojas, lapiceras y un montón de lápices de colores.

—Ve, júntate con algún grupo, reparte las hojas y a dibujar —me ordena antes de marcharse hacia el otro extremo de la habitación con sus propios materiales.

Obedezco y me acerco a un pequeño grupo de niños y niñas. Todos buscamos dónde sentarnos, aunque yo intento conseguir una silla de adulto. No tengo suerte. Dos niños aparecen con unas sillitas diminutas y me las ofrecen con una sonrisa.

No me queda otra opción que sentarme. Soy un maldito gigante sentado sobre una maldita avellana. Reparto las hojas, coloco los lápices de colores en el centro de la mesa y me preparo para lo que, supongo, será una de las actividades más extrañas de mi vida.

—Entonces, ¿qué vamos a dibujar? —pregunta uno de los niños, que debe de tener unos ocho años.

—Yo voy a dibujar un plíncipe —responde una niña sentada frente a mí.

Después, me mira de arriba abajo.

—Tú pareces un plíncipe.

Suelto una pequeña risa.

—No. Yo soy más bien el villano.

La niña se queda pensativa, como si estuviera considerando seriamente mi respuesta. Unos segundos después, niega con la cabeza.

—No. Tú eres un plíncipe.

Asiente, convencida de sus propias palabras.

—Solo necesitas encontrar a tu plincesa.

Lo dice con esa voz tan tierna de los niños pequeños, que todavía no pronuncian bien la erre y la reemplazan por una ele. No sé por qué, pero siento algo extraño en el pecho.

—Te voy a dibujar —me anuncia.

—Entonces, yo voy a dibujar a mi futura plincesa —respondo, imitando su pronunciación. La niña da unas palmaditas en el aire, encantada con la idea.

—¡Sí, sí! ¡Vamos a dibujar!

Y eso hacemos. Pasamos al menos media hora dibujando, conversando y escuchando las ocurrencias de los niños. Tienen una imaginación increíble y yo, para mi propia sorpresa, termino siguiéndoles el juego y riéndome con ellos.

Una de las niñas me recuerda muchísimo a Amy. Mi pequeña sobrina es la única niña a la que he tolerado durante todos estos años. O, mejor dicho, la única con la que me he permitido pasar tiempo. Pero ahora, sentado con estos niños, descubro que no me resultan desagradables en absoluto.

Tal vez el problema nunca fueron ellos. Tal vez el problema era yo, que jamás me había dado la oportunidad de conocerlos.

Cuando terminamos nuestros dibujos, Everly, que está sentada en el otro extremo de la mesa, nos pide que mostremos lo que hicimos y expliquemos nuestros trabajos. La primera en hablar es la niña que está sentada frente a mí.

—Yo dibujé un plíncipe —anuncia, levantando su hoja para que todos puedan verla.

Everly observa el dibujo con una expresión de inocencia fingida.

—Vaya, ese príncipe se parece muchísimo a alguien que conozco.

Y me mira, divertida.

—¡Sí! ¡Es el plíncipe Max! —exclama la niña, señalándome—. ¡Y él dijo que iba a dibujar a su plincesa!



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En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 30.10.2026

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