Entre Crisálidas y Abejitas

Lo mejor para ella

Efectivamente, quince minutos después, estoy parado en el jardín delantero, mientras todos los niños esperan sentados sobre el césped. Entonces, Everly aparece.

Lleva un tutú blanco por encima de su ropa y un largo velo de gasa sobre la cabeza, sostenido por una delicada corona de flores. En las manos lleva un pequeño ramo confeccionado, por supuesto, con flores cortadas del propio jardín.

Avanza entre los niños hasta llegar frente a mí. Le entrega el ramo a una de las niñas y después se acerca. No dudo en tomar sus manos.

El niño de ocho años, que ha asumido el importantísimo papel de oficiante de nuestra boda, se coloca frente a nosotros. Everly me sonríe, divertida por toda aquella situación. Parece ignorar por completo el hecho de que yo la estoy mirando con una devoción que no tiene absolutamente nada de fingida.

Porque, para mí, aunque esta boda sea un juego, tenerla frente a mí vestida de novia es algo que jamás habría imaginado.

Nuestro pequeño oficiante va directo al grano.

—Señor Maxwell, ¿acepta usted por esposa a la princesa Everly?

La miro a los ojos.

—Acepto.

Deslizo en su dedo un anillo de fantasia plateado que los niños consiguieron para nosotros.

El niño gira hacia ella.

—Princesa Everly, ¿acepta usted por esposo al príncipe Maxwell?

—¡Acepto! —responde ella, acompañando sus palabras con un pequeño baile de hombros. Para luego poner en mi dedo el anillo de fantasia, que para mi sorpresa encaja perfectamente.

Las risas de los niños llenan el jardín. Una de las niñas se acerca al pequeño oficiante y le susurra algo al oído. Él asiente con solemnidad antes de continuar.

—Por el poder que me confiere Dios…

Bueno, al parecer, ahora también tenemos autoridad divina en esta ceremonia.

—¡Yo los declaro príncipe esposo y princesa esposa! ¡Príncipe, puede besar a la novia!

Tomo el rostro de Everly entre mis manos. En cuanto me acerco, su expresión cambia por completo. La sorpresa se apodera de sus facciones y se queda inmóvil, sin mover un solo músculo. Pero no hago lo que probablemente está esperando. Desvío ligeramente el rostro y deposito un beso tierno en su mejilla.

—Estás muy linda, esposa —le susurro cerca del oído.

Me aparto. Everly se queda tiesa, mirándome con una expresión imposible de descifrar. Entonces, una vocecita rompe el silencio.

—¡Pero así no se besan los esposos!

Una de las niñas protesta, indignada. Y, antes de que pueda reaccionar, Everly me toma el rostro con ambas manos. La veo tomar una bocanada de aire e inflar los cachetes, como si estuviera reuniendo el valor necesario para hacer algo muy importante. Después, sin más, acerca su rostro al mío y estampa sus labios contra los míos. Es un beso breve, fugaz y completamente inesperado.

—Tú también estás muy lindo, esposo —susurra cuando se aparta.

Los niños comienzan a gritar y a aplaudir.

—¡Bravo por los novios!

Everly finalmente me suelta y se echa a reír junto con ellos. Levanta los brazos, festeja y ríe a carcajadas, contagiada por la felicidad de los pequeños. Mientras tanto, yo me quedo completamente pasmado.

Acaba de besarme. Sus labios estuvieron sobre los míos, aunque solo fuera durante unos segundos. Y ahora tengo ganas de más. Definitivamente, quiero más.

No puedo evitarlo. Una sonrisa enorme se dibuja en mi rostro, una de esas que no recuerdo haber tenido en años. Everly sigue riéndose con los niños hasta que se da vuelta y me mira.

Todavía sonríe.

—Te ves mucho más lindo cuando sonríes.

Me quedo mirándola. Como si estuviera contemplando una de las siete maravillas del mundo. Porque ella hace eso. Tiene esa capacidad de encontrar algo bueno en las personas, incluso cuando esas personas son una completa porquería.

—Tú lo hiciste —respondo.

Everly inclina la cabeza.

—¿Qué cosa?

—Pusiste esta sonrisa en mi rostro.

Por un instante, parece sorprendida. Después, su sonrisa se vuelve todavía más grande.

—Entonces, tengo que sacarle una foto a mi logro.

Saca el teléfono del bolsillo y se lo entrega a Sara.

—¡Toma, sácanos una foto!

Se acerca a mí y se abalanza sobre mi cuerpo, rodeándome el cuello con los brazos. Instintivamente, la abrazo por la cintura. Sara comienza a sacar fotografías mientras Everly mira hacia la cámara.

Yo, en cambio, no puedo apartar los ojos de ella.

Después de tomar varias fotos de nosotros dos, Everly anuncia que ahora debemos sacarnos una con todos los invitados. Y, de alguna manera, terminamos todos tirados sobre el césped, amontonados, riéndonos y haciéndonos fotografías.

Una boda improvisada, una novia con un tutú y un velo de gasa, un oficiante de ocho años y diez niños como invitados. La boda más absurda del mundo. Y, probablemente, el mejor día que he tenido en muchísimo tiempo.

Durante las siguientes horas, pierdo por completo la noción del tiempo. Por primera vez en mi vida, no estoy pendiente de lo que tengo que hacer. No estoy pensando en el horario de una reunión, en una cena de negocios, en un viaje o en algún contrato que deba cerrar.

Por primera vez, no estoy pensando en el trabajo. Estoy relajado. Estoy disfrutando. Estoy feliz. Y, una vez más, todo se lo debo a mi abejita.



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En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 30.10.2026

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