Luego del día que pasé en el hogar con Everly, todo cambió.
En lo que respecta al trabajo, todo sigue igual. Everly me trae mi café todas las mañanas, acompañado de alguna golosina dulce a la que no me puedo negar. Ella sigue haciendo sus bailecitos cada vez que consigue algo o está contenta, sigue acompañándome a todas las reuniones, siempre a mi derecha, y sigue mandoneándome para que coma.
Cuando digo que las cosas cambiaron, me refiero a que todo cambió dentro de mí.
Ahora sé lo que quiero: la quiero a ella. Pero sé que, si la quiero y no quiero dañarla ni romperla, tengo que cambiar. Tengo que ser el hombre que ella se merece.
Aunque tengo claro que quiero avanzar, no sé cómo hacerlo. Me siento medio como un niñato que anda viendo qué estupidez puede hacer para llamar su atención. Si supiera que me tiene loco y ella ni siquiera se da cuenta.
Ahora estamos por ir a un almuerzo de negocios. Me reuniré con dos inversores importantes de la empresa en un restaurante elegante y, por supuesto, la llevo conmigo para que me acompañe debido a esta inexplicable necesidad de tenerla cerca.
Cuando llegamos, bajamos del auto y le abro la puerta para que salga. Después, nos dirigimos hacia la puerta del restaurante. Es uno de esos lugares caros y lujosos a los que solo viene la élite.
Tenemos esta reunión de vez en cuando para mantenernos al tanto de que las inversiones y los negocios vayan bien. Ninguno de los dos es tan importante como yo, pero ambos están detrás de mí. Se podría decir que son componentes importantes de la empresa.
Cuando estamos por entrar al restaurante, me doy cuenta de que me falta el teléfono. Lo dejé en el auto, así que me detengo.
—Everly, tú ve entrando y acomódate. Voy por mi celular, que lo olvidé en el auto.
—¿Quieres que vaya por él? —me pregunta.
—No, no. Tú entra y yo voy por él.
—Bien.
Ella comienza a ingresar y yo me doy la vuelta para regresar al auto. Abro la puerta y, efectivamente, lo había dejado entre los dos asientos. Lo tomo, cierro el auto y vuelvo a ingresar al restaurante.
La dependienta me recibe y me dirige hacia la mesa. A medida que me voy acercando, noto un ambiente medio extraño.
Miro a mis socios. Una de ellos, Valeria Crishan, tiene una expresión como si quisiera comerse viva a alguien. Mi otro socio, Christopher Jenkins, que está sentado a su lado, tiene una cara que mezcla diversión y asombro.
Luego miro a Everly, que está parada frente a ellos, a un lado de la mesa, con los brazos cruzados. No me gusta la forma en la que está parada. Algo está mal.
Finalmente, me acerco a la mesa y los saludo.
—Valeria, Christopher, ¿está todo bien? —pregunto, mirando a Everly.
Cuando por fin puedo verle la cara, me doy cuenta de lo molesta que está. Ella no responde. Es Valeria quien habla.
—Maxwell, solo estoy teniendo una charla con tu asistente, que se ve que definitivamente no conoce cuál es su lugar.
Valeria procede a mirar a Everly de arriba abajo.
—¿Cómo es que una mujer tan exitosa como usted, que cierra tantos negocios y tantos tratos y que maneja tanto dinero, no entiende una simple oración?
La mira con una expresión provocativa.
—¿Disculpa? —pregunta Valeria, enojada y enderezándose en su asiento—. Ubícate, niña, y fíjate con quién estás hablando.
—La que se tiene que ubicar es usted, porque le informo que sé perfectamente bien cuál es mi lugar. Eso es lo que estoy tratando de decirle, pero usted parece no entender.
Siento que todo esto se va a ir a la mierda, así que decido intervenir.
—¿Pueden decirme qué es lo que está pasando?
Miro a Christopher, esperando una respuesta, pero él solo se encoge de hombros. Parece que se está divirtiendo bastante con esto.
—Lo que sucede, Maxwell —me dice Everly—, es que la señorita aquí presente quiere que vaya y me siente en la mesa del rincón con sus otros dos asistentes.
Everly señala hacia una mesa que, efectivamente, está en un rincón y en la que están sentados los asistentes de Christopher y Valeria. Puedo reconocerlos.
—Pero yo ya le dije —continúa Everly, volviendo a dirigirse hacia mí— que ocupo un lugar a su derecha y que no voy a irme a ningún rincón.
Justo entonces, se da vuelta y mira a Valeria, provocándola.
—Porque conozco perfectamente mi lugar. La que parece no entender es otra.
Everly la mira de arriba abajo y hace un bailecito con los hombros y la cabeza, como si quisiera provocarla.
—Maxwell, ¿qué clase de empleada contrataste? De verdad, hay gente que no entiende que aquí hay niveles.
Valeria tampoco se echa atrás y la provoca.
—Yo sé perfectamente a quién contraté. Everly es mi mano derecha, por lo tanto, se va a sentar a mi lado. No la voy a mandar a ningún rincón.
Cuando digo esto, a Valeria se le transforma la cara porque, obviamente, esperaba que la apoyara. Pero eso no va a pasar.
—¿Es en serio, Maxwell?
—Totalmente en serio. Yo no sé qué trato tienen ustedes con sus asistentes y es un tema suyo, pero yo no voy a mandar a Everly a un rincón porque a ustedes se les dé la gana. Ella es mi igual.
Valeria da un resoplido y pone los ojos en blanco.
—Ya veo. Dime, niña, ¿cuánto tardaste en meterte en su cama?
En el momento en que hace esa pregunta, la furia se enciende dentro de mi cuerpo. Definitivamente, creo que la cara se me transforma por completo. Incluso siento que todo mi cuerpo refleja la furia que tengo, porque en ese momento, Christopher, quien no había dicho nada y aparentemente se estaba divirtiendo, carraspea y se mueve un poco incómodo en su asiento.
—Valeria, creo que mejor deberíamos calmarnos un poco.
—Ay, vamos. No es cosa del otro mundo. Ya sabemos cómo es esto. Cuando un jefe idolatra de esa manera a una mujer que apenas es una asistente, es porque definitivamente se metió en su cama. Todos lo sabemos. Porque no hay manera de que a una mujer como tú... —mira a Everly con evidente desprecio—, alguien como Maxwell, la tenga en un pedestal.