Everly no dijo nada.
Después de que le confesara que, para mí, no había sido una broma lo de casarme con ella, simplemente se quedó mirándome con esa expresión impasible tan característica suya, esa mirada que no me dice absolutamente nada. Permaneció así durante un largo rato, como si estuviera intentando descifrar mis palabras o, quizá, como si no supiera qué responder.
Pero luego simplemente giró la cabeza hacia la ventana y se dedicó a observar el paisaje hasta que llegamos a la oficina. Y eso fue todo.
Nada cambió. Todo siguió exactamente igual que antes. Sin embargo, no puedo negar que su reacción me dejó cierta incertidumbre. Porque, vamos, no parece verme de ninguna otra manera que no sea como su jefe. Ni siquiera un poquito. ¿No le gusto? ¿No le provoco absolutamente nada?
Y tengo que admitir que esa posibilidad me fastidia un poco.
Todavía no he podido invitarla a salir. Ni siquiera sé cómo hacerlo. No sé qué demonios decirle ni cómo abordar el asunto. Estoy indeciso, por el amor de Dios. Estoy completamente jodido.
Yo, Maxwell Goulcoa, un hombre que puede cerrar negociaciones multimillonarias sin pestañear, me encuentro aqui sin tener la menor idea de cómo invitar a una mujer a cenar.
Y quizá tenga bastante que ver con el hecho de que llevo diez años sin tener nada con una mujer que no sea acostarnos y punto. Después de Aubrey, nunca volví a invitar a salir a nadie. Eran mujeres de una noche, encuentros ocasionales y nada más. Ni siquiera con Aubrey tuve esa clase de citas. Lo nuestro se limitaba a cenas de negocios, viajes por cuestiones laborales y compromisos sociales. Nunca me tomé el maldito tiempo de hacer algo verdaderamente especial por una mujer.
Y ahora que quiero hacerlo por Everly. No sé qué demonios hacer.
La puerta de mi oficina se abre de repente, dejando entrever a Andrés, seguido de Derek.
—¿Acaso no saben que primero hay que tocar antes de entrar?
—Teniendo en cuenta lo que acabamos de enterarnos, supongo que la situación amerita semejante falta de educación —habla Andre
—Sí, Maxwell. La verdad es que tienes que explicarnos qué demonios está pasando —habla Derek mientras ambos se acercan a mi escritorio y toman asiento frente a mí.
—¿Y qué se supone que debo explicarles?
André coloca una carpeta sobre el escritorio y me mira directamente.
—Tienes que explicarnos por qué rompiste la asociación con Valeria Crishan. ¿Sabes que vamos a perder miles de millones con esta decisión?
—En verdad tienes que explicarnos qué pasó, y más te vale que tengas una buena razón para haber terminado con esa sociedad —agrega Derek.
—Por supuesto que tengo una buena razón —respondo sin darle demasiada importancia.
Ambos se quedan en silencio, mirándome como si esperaran que continúe. Pero no lo hago.
Me quedo unos segundos pensando cómo carajos voy a explicarles que acabo de disolver una asociación millonaria para defender a Everly sin que se pongan demasiado pesados.
Es evidente que no van a marcharse sin una respuesta.
Y, como si el mismísimo Dios hubiera decidido apiadarse de mí, Everly golpea suavemente la puerta antes de entrar. Trae cafés para todos.
—Con permiso, Max.
Se acerca al escritorio y comienza a repartir las tazas.
—Hola, André. Hola, Derek. Me tomé el atrevimiento de traerles un café para que acompañen la reunión.
—Gracias —responde Derek.
—Y también les traje unos chocolatitos para acompañar.
Abro los ojos de par en par. ¿Perdón?
—¿Vas a darles chocolates a ellos, Everly? —pregunto, indignado.
Ella se detiene en seco, con la taza de Andrés a medio camino de la mesa, y gira la cabeza para mirarme.
—Sí. Traje chocolatitos para todos, para acompañar el café.
Lo dice con una sonrisa que parece hasta un poquito fingida.
—Pero esos chocolates solo me los traes a mí —le reclamo.
Everly suelta una risita nerviosa.
—Sí, pero acá todos sabemos el significado de la palabra compartir, ¿verdad?
Frunce los labios y abre mucho los ojos, lanzándome una mirada de advertencia antes de recuperar su sonrisa y terminar de dejar los chocolates sobre el escritorio, junto a las tazas.
—Ahora sí, que disfruten. Los dejo terminar su reunión.
—Gracias, Everly —responden ambos.
Ella se retira con su típico bailecito. Y yo me quedo mirando la puerta por la que acaba de salir.
—¿Y eso qué fue? —pregunta André.
—¿Eso qué? —le retruco.
—Acabas de hacerle un berrinche a Everly porque nos trajo chocolates.
—Chocolates que, según tú, son exclusivamente para ti —completa Derek.
Ambos se quedan mirándome con las cejas levantadas. Porque, obviamente, ya se dieron cuenta de lo que está pasando.
—Y sí, porque son míos. Ella solo me los trae a mí. ¡Y ahora resulta que también va a compartirlos con ustedes!. Lo mismo que hizo con los cupcakes —murmuro por lo bajo.
Los dos permanecen observándome, como si estuvieran analizando mi comportamiento.
Entonces veo cómo la expresión de Andrés comienza a transformarse. Una sonrisa se le dibuja lentamente en el rostro. Pero no es una sonrisa cualquiera. Es esa sonrisa diabólica que pone cada vez que descubre algo que puede utilizar en mi contra.