Entre dolor y promesas

Capítulo 37

Grace

No recordaba la última vez que había tenido un fin de semana sin planes.

Antes de llegar a aquella casa, mis días estaban llenos de horarios, turnos en el restaurante y sesiones de rehabilitación. Después, mi rutina había cambiado, pero seguía girando alrededor de las mismas responsabilidades.

Lily, la casa, el trabajo.

Y Ethan. Sobre todo Ethan, aunque todavía me costaba reconocer hasta qué punto se había convertido en parte de mis pensamientos cotidianos.

El viernes por la tarde, mientras ayudaba a Lily a guardar algunos juguetes en su habitación, escuché que llamaban a la puerta.

—¡Yo voy! —anunció ella, abandonando la caja a medio llenar.

—Despacio, pequeña —le recordé, siguiéndola por el pasillo.

Ethan ya estaba junto a la entrada cuando llegamos. Al abrir, nos encontramos con Alice, que sostenía una pequeña bolsa de viaje, y George, que esperaba detrás de ella con una expresión divertida.

—¡Abuela!

Lily se lanzó a sus brazos.

—¡Hola, mi amor! —Alice se agachó para recibirla—. ¿Estás lista para pasar el fin de semana con nosotros?

Lily abrió mucho los ojos —¿El fin de semana completo?

—¡Así es querida!

Lily se volvió hacia Ethan, como si necesitara confirmar que aquello era cierto.

—¿Puedo llevar a Señor Nieves?

—Creo que no podrías sobrevivir sin él —respondió Ethan, asintiendo y sonriendo juguetonamente.

—¡Papi!

—¿Qué? Es la verdad.

Me reí mientras Alice entraba y dejaba la bolsa sobre una silla.

Hacía tiempo que los padres de Ethan querían llevarse a Lily a pasar un fin de semana con ellos. Finalmente, habían conseguido ponerse de acuerdo con sus horarios y habían decidido recogerla aquella tarde.

—También hemos traído tus galletas favoritas —anunció George—. Aunque tu abuela insiste en que no podemos comerlas antes de llegar.

—Podemos comer una —susurró Lily.

—Eso mismo le dije yo —contestó George, guiñándole un ojo en complicidad.

Alice lo miró con fingida indignación.

—Los dos están conspirando contra mí.

No puede evitar sonreír ante la escena.

Había algo bonito en ver a Lily rodeada de sus abuelos, tan querida y tan segura de que siempre habría alguien dispuesto a escuchar sus ocurrencias y estar ahí para ella.

Mientras Alice la ayudaba a preparar sus cosas, Ethan acompañó a su padre afuera y hablaban algo sobre el auto.

Yo aproveché para revisar que Lily llevara su pijama, unos cambios de ropa y su cepillo de dientes.

—¿Tú no vienes? —me preguntó de pronto.

Me agaché frente a ella.

—Esta vez no, cariño, pero te aseguro que te divertirás mucho con ellos.

Su expresión cambió apenas.

—¿Y tú te quedas aquí?

—Sí. Nos veremos el domingo por la noche.

Lily me abrazó por el cuello.

—Te voy a extrañar.

Le devolví el abrazo, acariciándole el cabello, y dándole un beso de despedida.

—Yo también te voy a extrañar pequeña.

—¿Me guardas un cuento para cuando vuelva?

—Te guardo todos los que quieras y los leeremos juntas cuando regreses.

Ella sonrió pareciendo satisfecha con aquella respuesta.

Unos minutos después, Ethan regresó con George y encontró a Lily intentando meter a Señor Nieves en la mochila, aunque el pobre oso ocupaba casi la mitad del espacio.

—Creo que vamos a necesitar una maleta más grande —comentó.

—Es que él también viene —explicó Lily.

—Por supuesto, no queremos dejarlo aquí, pero deberías llevarlo en tus manos, ¿de acuerdo? —agregó Ethan.

Cuando finalmente estuvieron listos, Alice se acercó a mí y me dio un abrazo.

—Disfruta el fin de semana, querida. Y descansa un poco. Te lo mereces.

—Gracias, Alice —dije devolviéndole el abrazo.

Me sonrió de esa manera suya que siempre me hacía sentir bienvenida.

—Nos vemos el domingo.

Los acompañamos hasta la puerta. Lily se despidió con la mano desde los brazos de su abuelo, sonriendo entusiasmada.

Cuando el coche desapareció al final de la calle, me quedé mirando la entrada vacía.

La casa estaba en silencio.

Un silencio extraño, después de acostumbrarme a escuchar los pasos pequeños de Lily y sus preguntas interminables.

—¿Estás bien? —preguntó Ethan a mi lado.

Lo miré.

—Sí, solo va a sentirse raro no tenerla por aquí.

—Lo sé.

Sonrió ligeramente.

—Pero creo que podemos sobrevivir el fin de semana.

Solté una risa

—No estoy tan segura. ¿Qué vas a hacer sin alguien que te obligue a jugar con bloques o pintar sus dibujos?

—Probablemente trabajar.

—Qué vida tan triste.

—Tal vez deberías ofrecerme una alternativa entonces.

Lo miré con una sonrisa.

—¿Como qué?

Ethan metió las manos en los bolsillos.

—No sé, podríamos hacer algo.

Había escuchado esa frase muchas veces en mi vida, pero nunca había sentido que pudiera esconder tantas posibilidades.

—¿Algo?

—Podríamos salir a cenar, o dar un paseo. Lo que te parezca bien —agregó despacio.

Lo observé durante un instante.

Entonces lo entendí.

—¿Me estás invitando a una cita?

Su expresión cambió ligeramente. No parecía arrepentido de haberlo propuesto, pero sí un poco incómodo por tener que ponerlo en palabras.

—Si quieres llamarlo así.

No pude evitar sonreír.

—¿Y si yo quiero llamarlo así?

Ethan levantó la mirada hacia mí.

Y esta vez fue él quien sonrió primero.

—Entonces sí, te estoy invitando a una cita.

Sentí un cosquilleo en el estómago que me recordó lo extraño que era volver a ilusionarme con algo tan sencillo.

—Me gustaría.

—Bien.

—¿Bien?

—Estoy intentando sonar relajado, Grace. No me lo pongas más difícil.

Me reí. Y luego de un momento, él también.

Por primera vez en mucho tiempo, la idea de pasar una tarde a solas con alguien no me produjo miedo, sino emoción pero sabía porque era con él.




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