7 de febrero, seis de la mañana.
Mi cumpleaños.
—Vaya, dieciocho años. Qué increíble… —murmuré con sarcasmo.
Cumplir dieciocho años en este mundo solo podía significar una cosa: ya tenía edad suficiente para contraer matrimonio.
¡Qué maravilloso regalo de cumpleaños!
Escuché dos golpes suaves en la puerta de mi dormitorio.
—Señorita Sū, ¿se encuentra despierta? —preguntó una voz femenina al otro lado.
—Estoy despierta. Pueden entrar —respondí con voz ronca.
Todavía estaba medio dormida y tenía muchísimo sueño. Después de todo, eran apenas las seis de la mañana. ¿A quién se le ocurría comenzar el día a una hora tan inhumana?
La puerta se abrió y Bái Língxī, mi doncella principal y mejor amiga, entró acompañada de otras cinco doncellas.
Era la misma rutina de todas las mañanas. Unas hacían una reverencia antes de preparar mi baño; otras se encargaban de escoger y disponer mi ropa, mientras las restantes limpiaban y organizaban la habitación.
Yo, por mi parte, solía sentarme junto a la pequeña mesa de madera que había cerca de la ventana para leer algún libro. Casi siempre eran ejemplares que Língxī conseguía traerme a escondidas de mi abuelo.
Por supuesto, él no tenía por qué enterarse de todos mis pequeños pasatiempos.
Al cabo de un rato, el vapor comenzó a elevarse lentamente de la tina de madera, perfumando la estancia con el delicado aroma de las flores que las doncellas habían añadido al agua.
—Señorita, el baño está preparado —anunció una de ellas después de inclinar la cabeza.
Dejé el libro sobre la mesa y me levanté para dirigirme al baño. Las doncellas cerraron las puertas y se retiraron detrás del biombo, donde esperarían mis indicaciones.
Por primera vez aquella mañana, la residencia Sū pareció sumida en el silencio.
Cuando terminé de bañarme, las doncellas me aguardaban junto al biombo, sosteniendo cuidadosamente las prendas que había elegido para aquella mañana.
—Señorita, ¿podemos ayudarla a vestirse?
Asentí y me situé en el centro de la estancia, donde la luz del amanecer se filtraba a través de las celosías de madera.
Una de las muchachas tomó la falda interior y me ayudó a colocarla alrededor de la cintura. Después, acomodó las demás capas y alisó cada pliegue con delicadeza hasta que la tela cayó en suaves ondas.
Los tonos lila, lavanda y rosa pastel se mezclaban armoniosamente, como los pétalos de las flores al despuntar la primavera.
Otra doncella se acercó con el corpiño superior y me ayudó a colocármelo, ajustándolo con cuidado. Los intrincados bordados florales que adornaban el pecho destacaban sobre la tela, tan delicados que parecían trazados por las manos de una bordadora celestial.
—Los bordados de esta prenda son verdaderamente hermosos, señorita —comentó una de ellas mientras acomodaba las cintas blancas delanteras y las anudaba en dos pequeños lazos.
Bajé la mirada para contemplarlos.
—Esta ropa la compró mi abuelo, ¿verdad? Es muy hermosa —comenté con una sonrisa tenue.
La doncella inclinó ligeramente la cabeza antes de tomar la última pieza de mi atuendo.
La túnica exterior era ligera y translúcida, confeccionada con una tela tan fina que parecía flotar al menor movimiento. Extendí los brazos mientras dos muchachas me ayudaban a introducirlos en las mangas, extraordinariamente anchas y caídas.
Cuando acomodaron la prenda sobre mis hombros, descubrí los sutiles matices de verde claro que adornaban el reverso de las mangas. El contraste con los tonos rosados y violetas del conjunto era delicado, pero precioso.
Las doncellas alisaron la tela y se aseguraron de que los bordados quedaran perfectamente visibles. Cerca del dobladillo, pequeñas flores y aves blancas parecían danzar entre los pliegues de la túnica.
—Un poco más hacia la izquierda —indicó Bái Língxī al notar que una de las cintas había quedado torcida.
La joven corrigió el detalle de inmediato.
Cuando terminaron, retrocedieron unos pasos para contemplar su trabajo. Me volví hacia el espejo de bronce y observé mi reflejo: la falda descendía en capas suaves hasta el suelo, las cintas blancas descansaban sobre el frente y las mangas translúcidas se mecían con cada movimiento, revelando destellos verdes en su interior.
—¿Está satisfecha con el conjunto, señorita? —preguntó una de las doncellas.
Acomodé una de las cintas entre mis dedos y sonreí.
—Sí. Es muy hermoso.
Bái Língxī se acercó cuando las demás terminaron de acomodar los últimos pliegues de mi atuendo. Llevaba entre las manos una pequeña caja de madera tallada que contenía los adornos para el cabello que había seleccionado aquella mañana.
—Bien, el atuendo está listo —anunció, examinándome de arriba abajo con la seriedad de quien inspeccionaba una obra de arte—. Ahora solo faltan el peinado y el maquillaje.
—Língxī, espero que no hayas elegido demasiados adornos, por favor.
Ella alzó la mirada hacia mí, fingiendo indignación.
—¿Demasiados? Señorita, jamás permitiría que saliera de sus aposentos con una apariencia descuidada. ¡Y mucho menos en su cumpleaños!
—Eso no fue lo que pregunté.
Una de las doncellas soltó una risita que intentó disimular de inmediato. Bái Língxī le dirigió una mirada de advertencia antes de volver a concentrarse en mí.
—Siéntese, por favor.
Obedecí y tomé asiento frente al espejo de bronce mientras ella colocaba la caja sobre la mesa. Las demás muchachas comenzaron a preparar los cosméticos: polvos finos, pigmentos para los labios y pequeños recipientes con colores suaves para las mejillas.
Bái Língxī se situó detrás de mí y examinó mi cabello con atención. Sus dedos recorrieron las hebras oscuras antes de separar cuidadosamente una sección.
—Hoy recogeremos parte del cabello y dejaremos el resto caer por la espalda —decidió—. Así resaltarán las mangas de su hanfu sin que los adornos compitan con los bordados.