Entre el amor y la hacienda

Capítulo 1. La boda que nunca fue

La primera vez que Isabella Valdés comprendió que su vida no sería como la había imaginado, llevaba en las manos una caja de porcelana blanca y una sonrisa que le iluminaba el rostro.

Faltaban exactamente doce días para su boda.

Doce días para convertirse en la señora de Sebastián Robles, el hombre con quien había compartido cuatro años de noviazgo, cientos de cenas, incontables conversaciones y planes suficientes para llenar una vida entera.

O eso creía.

—Señorita Isabella, ¿está segura de que quiere llevarse también estas lámparas? —preguntó el empleado de la tienda, señalando las dos piezas que descansaban junto a la puerta.

—Completamente segura. Quiero que la sala tenga luz cálida. Sebastián dice que soy demasiado romántica, pero cuando vea cómo queda la casa, va a cambiar de opinión.

El hombre sonrió educadamente.

Isabella también.

No podía evitarlo. Estaba feliz.

Su familia había insistido en contratar a un decorador profesional para amueblar la casa donde viviría después de casarse, pero ella había rechazado la propuesta. Quería elegir personalmente cada cortina, cada cojín y cada detalle.

Su madre decía que era una tontería, considerando que tenían dinero suficiente para comprar la tienda entera.

Su hermano mayor decía que era una manera bastante elegante de perder una tarde.

Y su hermana menor aseguraba que, si Sebastián no apreciaba aquel esfuerzo, ella misma se encargaría de golpearlo con uno de los cojines bordados.

Isabella siempre terminaba riéndose.

Porque amaba a su familia, amaba su vida y, hasta aquella mañana, estaba convencida de que amaba al hombre correcto.

Subió al automóvil con una lista de pendientes sobre las piernas.

La casa estaba en una zona residencial tranquila, rodeada de árboles y jardines. Era una propiedad hermosa, de dos plantas, con grandes ventanales y una terraza que Isabella había imaginado llena de macetas, desayunos de domingo y tardes de lluvia.

Habían comprado la casa seis meses atrás. Sebastián había insistido en que estuviera a su nombre y al de él, aunque ella había aportado la mayor parte del dinero.

Nunca le había importado.

Para Isabella, el matrimonio no consistía en llevar cuentas.

Consistía en confiar.

Y aquella confianza estaba a punto de romperse de la manera más cruel.

Cuando llegó, notó que la puerta principal estaba entreabierta.

Frunció el ceño.

—¿Sebastián?

No recibió respuesta.

Quizá había ido a revisar alguna instalación. Él le había dicho la noche anterior que estaría ocupado toda la mañana, pero no le había explicado con qué.

Isabella tomó la caja de porcelana, empujó la puerta con el hombro y entró.

—¡Sorpresa! —anunció, aunque no había nadie que pudiera sorprenderse.

Dejó la caja sobre una mesa provisional.

Entonces escuchó una risa.

Una risa femenina que conocía demasiado bien.

Isabella se quedó inmóvil.

Venía del piso superior.

Después oyó la voz de Sebastián.

—No deberías estar aquí tanto tiempo.

—¿Y dejarte solo? —respondió la mujer—. Tu prometida podría aparecer.

Isabella sintió que el corazón le daba un golpe seco contra el pecho.

Conocía aquella voz.

La conocía desde la universidad, desde las primeras fiestas, desde las noches en que había llorado por sus problemas sentimentales y encontrado consuelo en los brazos de la persona que consideraba su mejor amiga.

Patricia.

La misma Patricia que sería su dama de honor.

La misma Patricia que había pasado el fin de semana anterior ayudándola a elegir el vestido de novia.

La misma Patricia que le había dicho, con lágrimas de emoción, que nunca había visto a una pareja tan enamorada.

Isabella dejó de respirar por un instante.

Subió las escaleras lentamente.

Cada peldaño parecía más pesado que el anterior.

La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta.

Y entonces los vio.

Sebastián estaba en la cama, junto a Patricia. No había manera de confundir lo que estaba sucediendo, ni explicación inocente que pudiera justificarlo.

La amiga que debía acompañarla al altar estaba besando al hombre que esperaba encontrarla allí vestida de novia.

Isabella no gritó.

No lloró.

No rompió nada.

Simplemente se quedó mirando.

Fue Sebastián quien la vio primero.

Su expresión cambió de inmediato.

—¡Isabella!

Patricia se apartó de él de golpe y buscó desesperadamente algo con qué cubrirse.

—Isa, espera…

Isabella levantó una mano.

—No.

Una sola palabra.

Y, sin embargo, nunca había hablado con tanta firmeza.

Sebastián saltó de la cama.

—Puedo explicarlo.

Ella lo miró.

—¿Explicar qué? ¿Que mi mejor amiga está en nuestra cama? ¿Que faltan doce días para nuestra boda? ¿O que los dos tuvieron el descaro de hacer esto en una casa que yo estoy pagando?

—No es lo que parece.

Isabella soltó una risa breve, sin alegría.

—Sebastián, estoy mirando. Créeme, parece exactamente lo que es.

Patricia comenzó a llorar.

—Yo no quería hacerte daño.

—Entonces debiste pensar en eso antes de acostarte con mi prometido.

—Fue un error —intervino Sebastián—. Una estupidez. Te amo a ti.

Isabella sintió algo extraño al escucharlo.

No era dolor solamente.

Era como si, de pronto, una venda se hubiera desprendido de sus ojos y le permitiera ver todos los detalles que antes había ignorado.

Las llamadas que él contestaba fuera de la habitación.

Las reuniones de última hora.

Las ocasiones en que Patricia se ofrecía a acompañarlo a comprar regalos para ella.

Las veces que ambos se miraban y luego cambiaban de conversación.

Todo estaba allí.

Las señales siempre habían existido.

Ella simplemente había elegido confiar.

—La boda queda cancelada —dijo.




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