El amanecer del 12 de agosto no parecía un amanecer.
Era gris, pesado y silencioso, como si la ciudad entera contuviera la respiración.
Klara no había dormido bien. Su madre tampoco. En casa de Anna, las horas de la noche habían transcurrido entre lágrimas silenciosas y abrazos. Su madre había intentado consolarla, repitiéndole que todo saldría bien, aunque en el fondo ninguna de las dos podía estar segura.
Al día siguiente, a las diez de la noche, los cinco tendrían que estar preparados para escapar.
Klara, su madre, Anna, la madre de Anna y el padre de Anna.
Él también había decidido marcharse. No quería dejar solas a su mujer y a su hija, pero, además, había comprendido que quedarse significaba seguir viviendo con un miedo que cada día parecía hacerse más grande. Las dos familias estaban preparando lo imprescindible.
Aquella mañana, sus vidas cabían en unas pocas bolsas.
En casa de Klara, Helga llevaba un buen rato intentando preparar su equipaje.
Metía una camisa, la sacaba, doblaba un jersey y volvía a colocarlo en otro sitio. Los documentos ocupaban demasiado espacio, o quizá era ella quien no conseguía decidir qué debía llevarse y qué tendría que dejar atrás.
Klara la observaba desde la puerta de su habitación.
—Mamá, como sigas así, vas a terminar llevándote el armario entero.
Helga levantó la cabeza y la miró con fingida indignación.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Dejar aquí todas mis cosas?
—No todas. Solo las que no caben en la bolsa.
—Muy graciosa.
Klara se echó a reír y se sentó a su lado.
—Ven, déjame ayudarte.
Entre las dos volvieron a doblar la ropa. Helga colocó los documentos en un pequeño sobre y lo guardó en el bolsillo interior de la bolsa; entonces encontró una fotografía familiar entre unas prendas; la sostuvo unos segundos. Klara reconoció inmediatamente a su hermano.
—Llévatela, mamá.
Helga pasó el pulgar por el borde de la fotografía.
—No quiero perderla.
—No la vas a perder.
—Eso espero.
La guardó con cuidado; después se quedó mirando la bolsa, como si todavía no terminara de comprender que estaba preparando sus cosas para marcharse de casa.
—¿Sabes qué es lo que más pena me da? —preguntó.
—¿Qué?
—Dejar nuestro hogar.
Klara le tomó la mano.
—Lo sé.
Helga sonrió con tristeza.
—Pero también estoy contenta. Podré visitar a tu hermano después de tanto tiempo. No sabes cuánto he deseado volver a verlo.
Klara sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho; su madre llevaba demasiado tiempo hablando de las cosas que no podía hacer, de los lugares a los que no podía ir y de las personas a las que apenas podía ver,pensar que pronto podría reunirse con su hijo le devolvía una alegría que Klara echaba de menos.
—Cuando estemos allí, podrás pasar todo el tiempo que quieras con él.
—Y tú tendrás tu propia vida.
Klara bajó la mirada.
—Sí.
—Una vida con Markus.
Esta vez fue ella quien sonrió.
—Sí, mamá.
Helga le acarició la mejilla.
—Entonces habrá valido la pena.
Klara apoyó la cabeza en el hombro de su madre; durante unos instantes no hablaron.
Afuera, la ciudad continuaba con su rutina. Se oían pasos en la escalera y el ruido lejano de un vehículo. Todo parecía seguir en su sitio; sin embargo, dentro de aquella casa, cada objeto que guardaban parecía tener un significado diferente, la taza de la que Helga tomaba café todas las mañanas.
Las cortinas de la cocina, la pequeña mesa junto a la ventana; no podían llevárselo todo, pero podían llevarse sus recuerdos y, sobre todo, podían marcharse juntas. Llamaron a la puerta; Klara se levantó para abrir; era Anna.
Tenía el rostro cansado y los ojos enrojecidos, pero al verla intentó sonreír.
—Necesitaba hablar contigo.
—Pasa.
Anna entró y saludó a Helga, que continuó preparando su bolsa mientras las dos amigas se sentaban junto a la mesa. Durante unos segundos ninguna habló; finalmente, Anna fue directa al asunto.
—¿Markus nos estará esperando en el punto de encuentro?
—Sí. Estarán él, Erik y Jonas.
—¿Y después? ¿Estaremos seguras en el Oeste?
Klara tardó un momento en responder.
—Markus me dijo que nos iremos a Heidelberg. Dice que allí estaremos a salvo.
Anna se quedó pensativa.
—¿Cómo será?
Klara sonrió ligeramente.
—No lo sé. Pero espero que tenga calles bonitas, una librería y una cafetería donde podamos sentarnos sin tener que mirar quién nos observa.
Anna intentó sonreír.
—Y espero que vendan pasteles.
—Eso es lo primero que vamos a buscar.
Las dos se rieron, pero la risa duró poco.
Anna bajó la mirada hacia sus manos.
—Klara…
—¿Qué?
—¿Y si no lo conseguimos?
Klara la miró. No quería mentirle, pero tampoco quería alimentar su miedo.
—Entonces tendremos que intentarlo. Pero no voy a pasarme el resto de mi vida esperando a que alguien decida por mí.
Anna apretó los labios y asintió.
—Yo tampoco.
Se abrazaron; Helga, desde el otro lado de la habitación, las observó en silencio. Después volvió a doblar la ropa, aunque tuvo que detenerse un momento antes de continuar. Ninguna de las tres quería pensar en lo que podía ocurrir; preferían hablar de Heidelberg, de las cafeterías, de las calles y de la posibilidad de volver a ver a la familia. Era más fácil imaginar la vida que las esperaba que despedirse de la que estaban dejando atrás.
En el taller de Markus, al otro lado de la ciudad, Markus estaba con Erik y Jonas.
Los tres llevaban toda la mañana revisando los últimos detalles del plan. Habían comprobado el recorrido, repasado las indicaciones y hablado de lo que harían si surgía algún contratiempo.
Querían que todo saliera bien; no podían permitirse cometer errores.
Erik se apoyó contra una mesa y miró a Markus.