Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 61

13 de agosto de 1961.

Klara despertó con una sonrisa; no era una sonrisa grande ni especialmente alegre. Era apenas un gesto pequeño, casi tímido, que apareció en sus labios antes incluso de abrir los ojos. Hoy, durante unos segundos, permaneció tumbada, mirando la claridad que entraba por la ventana.

Hoy vería a Markus; hoy a las diez de la noche se encontrarían en el punto acordado. Erik y Jonas estarían allí. Anna, su madre y el padre de Anna también. Después cruzarían al oeste y, si todo salía bien, comenzarían una nueva vida en Heidelberg.

Todavía le resultaba extraño pensar en aquella ciudad como un lugar al que quizá llamaría hogar; se incorporó y apartó las sábanas.

—Hoy —susurró de nuevo.

Abrió el armario y sacó la ropa que había preparado la noche anterior, se vistió con cuidado, se recogió el pelo y comprobó que llevaba los documentos en el bolsillo interior de la bolsa; después abrió el cajón de la mesita.

Allí estaba la fotografía de los seis; la sacó y pasó los dedos por uno de los bordes. Markus sonreía junto a ella. Erik hacía una de sus muecas. Anna estaba apoyada en el hombro de Sofie, y Jonas parecía estar diciendo algo justo cuando se había tomado la fotografía.

Klara sonrió.

—Pronto tendremos otra.

La guardó en la bolsa; no sabía cuándo volverían a hacerse una fotografía los seis, pero quería creer que habría muchas más fotos y esta vez sería en Heidelberg.

Salió de su habitación; su madre estaba en la cocina, terminando de preparar el desayuno. Sobre una silla descansaba la bolsa que había preparado para la huida.

—Ya estás levantada —dijo Helga.

—No podía dormir más.

Su madre sonrió mientras le acercaba una taza.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

Helga arqueó una ceja.

—¿Un poco?

Klara soltó una pequeña risa.

—Está bien, muchísimo.

Su madre dejó lo que estaba haciendo y se acercó a ella. Le arregló un mechón de pelo que se le había quedado junto a la cara, como hacía cuando era niña.

—Todo irá bien.

Klara la miró, quiso preguntarle cómo podía estar tan segura, pero no lo hizo, porque sabía que su madre tampoco lo sabía; simplemente necesitaba creerlo.

Desayunaron juntas, hablaron de cosas pequeñas, de lo que tendrían que llevar, de la ropa que habían guardado y de las últimas cosas que todavía faltaban por recoger.

Helga incluso comentó que había olvidado guardar un peine.

—Mamá, no vamos a llevarnos la casa entera.

—Ya lo sé.

—Pues parece que quieres hacerlo.

—Una nunca sabe lo que puede necesitar.

Klara se echó a reír y, durante unos minutos, mientras el café se enfriaba sobre la mesa y la luz de agosto entraba por la ventana, consiguieron olvidar que aquella noche iban a intentar escapar; después terminaron de recoger.

Helga guardó los documentos. Klara comprobó una vez más su bolsa y se aseguró de que la fotografía seguía dentro.

—Voy a salir un momento —dijo—. Quiero comprar algo para comer; no sabemos cuánto tendremos que esperar esta noche.

—No tardes.

—No tardaré.

Klara cogió la bolsa pequeña y se acercó a la puerta; todavía estaba sonriendo cuando salió a la calle.

Pero aquella sonrisa no duró mucho; al principio no supo qué ocurría, había gente caminando deprisa por la acera. Dos hombres cruzaron la calle sin esperar a que pasara el tranvía. Una mujer sujetaba a un niño de la mano y tiraba de él mientras intentaba abrirse paso entre los demás.

Más adelante, alguien gritó algo que Klara no llegó a entender; se detuvo.

—¿Qué pasa? —murmuró.

Una anciana pasó junto a ella con el rostro desencajado.

—¡Han cerrado el paso! —dijo, casi sin aliento.

Klara se volvió hacia ella.

—¿Qué pasó?

Pero la mujer ya se había alejado; entonces escuchó otro grito y después otro; la gente empezaba a moverse en una misma dirección. Algunos corrían; otros caminaban deprisa, mirando hacia delante con una mezcla de incredulidad y miedo.

Klara sintió que algo se le encogía dentro del pecho; no entendía nada, miró hacia su casa. Su madre estaba en la puerta, observando la agitación de la calle.

—¡Mamá!

Helga se acercó inmediatamente.

—¿Qué está pasando?

—No lo sé. Dicen que han cerrado el paso.

—¿Qué pasó?

Klara negó con la cabeza.

—No lo sé.

Un grupo de personas pasó corriendo junto a ellas; una de las mujeres lloraba. Un hombre repetía que no podían hacer aquello, que tenían que dejarles pasar.

Helga miró a su hija.

—Vamos a ver qué ocurre.

Klara dudó apenas un instante; después asintió. Las dos comenzaron a seguir a la multitud; a medida que avanzaban, el ruido se hacía más intenso. Había voces que se superponían, preguntas sin respuesta, pasos apresurados y personas que intentaban abrirse camino entre los demás. Klara reconoció algunas calles; las había recorrido cientos de veces; sin embargo, aquella mañana parecían distintas. La gente ya no caminaba hacia sus trabajos ni se detenía ante los escaparates. Todos miraban hacia el mismo lugar, como si algo los estuviera esperando al final de la calle.

—Mamá, no te separes de mí —dijo Klara.

Helga le tomó la mano.

—Estoy aquí.

Continuaron avanzando y entonces Klara vio a los primeros soldados; estaban apostados en la calle, impidiendo que la gente siguiera adelante. Algunos llevaban armas. Otros daban órdenes que se perdían entre los gritos de la multitud.

Klara se quedó inmóvil.

—¿Por qué hay soldados? —preguntó.

Su madre no respondió; un hombre intentó acercarse al paso y uno de los soldados le ordenó que retrocediera. El hombre protestó. Otra persona comenzó a llorar.

—¡Mi hermana está al otro lado! —gritó una mujer—. ¡Tengo que ir con ella!

Nadie le contestó; Klara apretó la mano de su madre.

—No puede ser por nosotros —susurró—. No pueden cerrar el paso así.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.