Markus se despertó feliz aquella mañana.
Aquella noche ayudaría a Klara y a los demás a escapar. Por fin estarían juntos, lejos de los controles, de las miradas de los hombres del abrigo gris y del miedo que llevaba semanas acompañándolos.
Se imaginó a Klara caminando a su lado por las calles de Heidelberg. Imagino una vida en la que pudieran salir sin mirar por encima del hombro, visitar una biblioteca, sentarse junto a un río o pasar una tarde de picnic con sus amigos, una vida normal, una vida juntos.
Se levantó, se lavó la cara y se vistió. Tenía muchas cosas que hacer. Primero iría al taller para terminar de preparar el coche que los llevaría a Heidelberg. Cuando llegó a la cocina, su primo Jonas ya lo estaba esperando con una taza de café.
—¿Vas a ir al taller? —le preguntó, ofreciéndole otra taza.
—Sí. Tengo que ultimar los últimos detalles.
—Voy contigo. Mi padre me ha dado un coche y también tengo que dejarlo todo preparado. Además, no vamos a caber todos en uno solo.
Markus soltó una risa; su primo tenía razón. Eran muchas personas las que iban a marcharse, y necesitarían los dos coches para llevarlas a todas.
—Entonces será mejor que no perdamos tiempo.
Salieron de casa y emprendieron el camino hacia el taller. Durante el trayecto hablaron de los últimos detalles de la huida, de las cosas que todavía debían comprobar y de lo que harían una vez que Klara y Anna consiguieran cruzar desde el Este.
—¿Nos iremos directamente a Heidelberg? —preguntó Jonas.
—Sí. Es lo mejor. Ya sabes que el hombre del abrigo gris nos vigila. Cuanto más lejos estemos de aquí, más tranquilos podremos vivir.
Jonas asintió; también él quería dejar atrás aquella ciudad que, durante las últimas semanas, parecía haberse convertido en una amenaza constante.
Llegaron al taller sin sospechar que, mientras ellos hablaban de su futuro, algo estaba ocurriendo al otro lado de la ciudad.
Markus dejó las llaves sobre la mesa y se acercó al primer coche. Jonas empezó a revisar el suyo.
Estaban concentrados en los preparativos cuando la puerta del taller se abrió bruscamente.
Erik y Sofie entraron casi corriendo; Erik tenía el rostro desencajado, Sofie lloraba.
—¡Markus! ¡Sal! ¡Tienes que ver lo que está pasando! —gritó Erik.
Markus se volvió de inmediato.
—¿Qué ocurre?
Pero Erik no consiguió responder, solo señaló hacia la calle.
—¡Ven!
Markus y Jonas salieron corriendo. Erik y Sofie los siguieron; al ver a Sofie llorando de aquella manera, Markus sintió que un miedo repentino le atravesaba el pecho.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jonas.
Sofie intentó hablar, pero las palabras se le rompían entre los sollozos.
—Las vallas… Han puesto vallas y alambre…
Markus se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¡Han cerrado el paso! —consiguió decir ella—. ¡Hay soldados por todas partes!
Durante un segundo, ninguno de los tres reaccionó; después Markus echó a correr.
Jonas salió detrás de él. Erik y Sofie los siguieron, corrieron por las calles, esquivando a la gente que se agolpaba en las aceras. Había gritos, discusiones y personas que intentaban acercarse a los soldados. Algunos preguntaban qué estaba ocurriendo; otros miraban las alambradas sin poder creer lo que tenían delante. Cuando llegaron, Markus se detuvo en seco.
Allí estaban las vallas, el alambre, los soldados, la frontera que hasta el día anterior habían creído que todavía podrían cruzar.
Markus sintió que las piernas le fallaban; no podía ser, aquello no podía estar sucediendo.
Habían pasado días preparando la huida. Habían estudiado los caminos, los cambios de guardia y los lugares por los que podrían pasar. Habían preparado los coches y las bolsas. Habían decidido que aquella misma noche comenzarían una nueva vida y ahora, delante de él, se levantaba una barrera que no había estado allí cuando se había acostado.
Jonas se llevó las manos a la cabeza.
—¡Mierda! ¡Teníamos que haberlo hecho antes! ¡Teníamos que haberlo planeado todo antes!
Su voz se quebró en un grito de impotencia.
Markus no respondió, miraba desesperadamente al otro lado de la alambrada, buscando un rostro conocido entre la multitud.
Buscaba a Klara, pero no la veía y entonces comprendió que quizá ella ni siquiera sabía lo que estaba ocurriendo.
Jonas seguía mirando hacia el otro lado; no veía a Anna.
—Anna… —murmuró.
Su nombre apenas salió de sus labios.
Había imaginado tantas veces el momento en que la ayudaría a cruzar. Había pensado en las bromas que harían durante el viaje, en las tardes que pasarían juntos y en la posibilidad de descubrir qué había entre ellos cuando ya no tuvieran que vivir con miedo; ahora no sabía si volvería a verla. Las lágrimas comenzaron a resbalarle por las mejillas.
—Jonas, nosotros no sabíamos que esto iba a pasar —dijo Markus, acercándose a él.
Su propia voz temblaba.
—No podíamos saberlo.
Pero aquellas palabras no conseguían aliviar el dolor de ninguno de los dos.
Markus volvió a mirar al otro lado.
No veía a Klara; sintió una presión en el pecho, tan intensa que tuvo que llevarse una mano al corazón; ya no habría tardes de picnic, ya no podrían pasear juntos por la biblioteca ni sentarse en una cafetería a hablar de cualquier tontería, ya no podría tomarla de la mano cuando quisiera y Heidelberg, aquella ciudad que durante los últimos días se había convertido en una promesa, parecía haberse alejado de repente hasta quedar fuera de su alcance.
Sofie lloraba desconsoladamente.
Erik no conseguía apartar la mirada de las alambradas. Tenía los puños cerrados y la mandíbula tensa, como si todavía esperara que alguien apareciera y dijera que todo era un error; ninguno sabía qué hacer, ninguno sabía qué decir. Entonces la vieron al otro lado de la alambrada; entre la multitud, Klara apareció corriendo.