El aire estaba espeso, inmóvil, como si incluso el viento se negara a cruzar el muro.
Klara llevaba horas sentada en el suelo. Anna estaba a su lado, con la cabeza hundida entre las rodillas, respirando como si cada inhalación fuera una batalla.
Helga y la madre de Anna las observaban desde unos pasos atrás. No lloraban ni temblaban, pero tenían las manos apretadas en puños tan fuertes que los nudillos se les habían puesto blancos.
Finalmente, Helga se acercó.
—Niñas… —dijo con voz baja, suave, pero firme—. Vamos a casa.
Klara no se movió.
—No puedo.
Anna tampoco.
—Yo tampoco.
Helga se arrodilló frente a ellas. Primero miró a Klara, después a Anna. En sus ojos había algo que las dos no habían visto en todo el día: determinación.
—Escuchadme —dijo, sin elevar la voz—. No os estoy pidiendo que olvidéis. No os estoy pidiendo que dejéis de llorar ni que dejéis de venir a la valla.
Klara levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, vacíos.
—Entonces… ¿Qué quieres que hagamos?
Helga tomó las manos de ambas entre las suyas.
—Quiero que respiréis.
Anna soltó una risa rota.
—¿Respirar? ¿Para qué?
Helga la sostuvo por los hombros.
—Para seguir vivas, para buscar una manera de escapar.
Anna bajó la mirada. Klara tragó saliva.
Helga continuó:
—Sé que duele, sé que parece que el mundo se ha acabado, sé que sentís que os han arrancado algo que nunca podréis recuperar, pero tenemos que buscar otra manera de salir de aquí.
Klara cerró los ojos; una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Nos lo han arrebatado, no vamos a poder huir.
Helga negó despacio con la cabeza.
—No os lo han arrebatado, cariño. Os han separado de ellos y no es lo mismo.
Anna levantó la cabeza, temblando.
—¿Y qué diferencia hay?
Helga respiró hondo.
—Que lo que se pierde puede no volver, pero lo que se separa… —Les acarició las mejillas—. Puede encontrarse otra vez y vamos a buscar la manera de reunirnos con ellos.
Las tres miraron al otro lado de la valla. Markus y los demás seguían allí, no querían marcharse, como si alejarse de aquel lugar significara aceptar que todo había terminado. Al verlos, Klara rompió a llorar. Anna hizo lo mismo.
Helga las abrazó a las dos; fue un abrazo grande, cálido y fuerte, un abrazo que no podía borrar el dolor, pero que prometía resistencia. Cuando las lágrimas se calmaron un poco, Helga volvió a hablar.
—Escuchadme bien, no quiero que os rompáis, no quiero que esta valla os quite más de lo que ya os ha quitado. No quiero que os quedéis aquí tiradas, esperando a que el dolor os consuma.
Klara apoyó la cabeza en su hombro.
—No sé cómo seguir.
Helga le acarició el cabello.
—Nadie lo sabe, cariño, pero se sigue igual: un paso y después otro. Aunque duela, aunque no tenga sentido.
Anna susurró:
—No quiero esto.
—Yo tampoco —respondió su madre, acercándose a ella—. Pero el miedo no nos va a detener. Ni hoy ni mañana, no mientras sigamos juntas.
Klara levantó la cabeza.
—¿Y Markus? ¿Y Jonas? ¿Y todos los demás?
Helga tomó aire; por primera vez, sus ojos también se humedecieron.
—No puedo traértelos, no puedo derribar ese muro, no puedo prometerte cuándo volverás a verlos.
Klara apretó los labios.
—Entonces… ¿Qué puedes prometerme?
Su madre la miró directamente a los ojos.
—Que no te vas a hundir, no mientras yo esté aquí y tú sigas respirando.
Anna tomó la mano de Klara.
—No te voy a dejar sola.
Klara se la apretó con fuerza.
—Ni yo a ti.
Helga y la madre de Anna intercambiaron una sonrisa triste, pero sincera.
—Eso es lo único que tenemos hoy —dijo Helga—. Y tendrá que ser suficiente para levantarnos.
Se puso de pie y les tendió las manos.
—Vamos a casa. Comeremos algo, descansaremos un poco y mañana… —Miró hacia la valla—. Mañana volveremos.
Klara dudó.
—¿De verdad?
—De verdad, no vamos a dejar de venir, no vamos a dejar de buscar y no vamos a dejar de esperar.
Anna se levantó primero; después lo hizo Klara. Las dos volvieron la mirada hacia el otro lado, donde Markus y los demás seguían observándolas.
Markus dio un paso hacia la valla.
—¡Mañana estaré aquí a esta hora! —gritó—. ¡Te estaré esperando! ¡Te veré aunque solo pueda hacerlo a través de estos alambres!
Klara se llevó una mano a la boca para contener un sollozo.
—¡Mañana estaremos aquí esperándoos! —respondió antes de que Helga y la madre de Anna las condujeran hacia la salida.
Helga se detuvo, miró a los chicos al otro lado y después volvió los ojos hacia la valla. Permaneció así durante un largo rato, hasta que, casi en un susurro, dijo:
—No vais a ganarnos.
Klara la escuchó. Anna también y, por primera vez desde que aquella mañana había aparecido la valla, las dos sintieron que aún les quedaba un hilo de fuerza al que aferrarse.
Markus y Jonas observaron cómo se alejaban; en aquel instante, Markus sintió que se le rompía el alma. Cada paso que daba Klara para alejarse de él le parecía una distancia imposible de superar.
Erik ayudó a Sofie a levantarse; ella todavía lloraba desconsoladamente.
—Mañana vendremos todos a verla —le dijo, intentando animarla.
Jonas seguía mirando hacia el lugar por donde había desaparecido Anna.
—Tenemos que encontrar otra forma de ayudarlas a escapar.
Markus se pasó una mano por el rostro; tenía los ojos enrojecidos y la voz quebrada.
—Ahora será muy complicado. Están los soldados, la valla… No podemos acercarnos sin que nos vigilen.
—Markus, nada es imposible —insistió Jonas—. Tenemos que intentarlo.
Erik asintió, aunque su expresión reflejaba el mismo miedo que sentían todos.
—No podemos dejarlas allí.
Ninguno tenía una solución, ninguno sabía qué podían hacer frente a aquella barrera que, en unas pocas horas, había cambiado sus vidas para siempre.