Entre el sol y la luna

Preludio

De boca en boca, entre coronas y tronos, cada generación de gobernantes ha custodiado el mismo relato. No aparece en los libros de historia ni es narrado a los plebeyos; únicamente los herederos al trono lo escuchan cuando alcanzan la edad suficiente para comprender el peso real de una corona. Las crónicas lo llaman El Primer Milagro, origen del Imperio y de los dos linajes destinados a gobernar bajo la mirada de una misma deidad.

Dicen que, en los albores del tiempo, aquellas tierras no eran más que un inmenso páramo de roca gris y ceniza. No existían bosques que ofrecieran sombra, ni ríos que atravesaran los valles, ni flores capaces de desafiar el viento. La tierra era resistente, pero estéril; vasta, pero desprovista de vida. Y así habría permanecido, de no ser por la noche en que una deidad descendió desde los firmamentos.

Cuando sus pies tocaron el suelo, una reverberación recorrió el mundo entero. No llegó envuelta en destrucción, sino acompañada por una luz tan intensa que la oscuridad retrocedió a su paso. Bastó un único batir de sus alas para que la piedra gris comenzara a transformarse: sus vetas se llenaron de oro, los acantilados adquirieron el brillo de la plata y, donde antes solo había ceniza, brotaron árboles, flores y ríos cristalinos. El aire se llenó del canto de criaturas que jamás habían existido. Por primera vez, la tierra conoció la vida.

Atraídos por el resplandor del nuevo mundo, viajeros de tierras lejanas llegaron para establecerse en él. Entre ellos había humanos marcados desde su nacimiento con el símbolo del Sol sobre la espalda. Junto a ellos caminaban otros seres capaces de adoptar apariencia humana, aunque no pertenecían realmente a esa especie. Su piel era tan pálida como la luz de la luna, y sobre sus cuerpos apareció una segunda bendición: el símbolo de la Luna.

Fue entonces cuando la deidad, contemplando a ambos pueblos, decidió otorgarles un destino. A los humanos, escogió a una mujer y le concedió un apellido que jamás había existido: Goldwyn. Con ese nombre, la deidad marcó el inicio del linaje destinado a gobernar el Imperio del Sol.

Y a los hijos de la Luna, les concedió algo equivalente: un nombre y una naturaleza. Los llamó Selkhar, y con ese nombre les otorgó la inmortalidad. No era un don heredado por sangre ni por rituales; era una bendición directa, tan deliberada como la que dio origen a la Casa Goldwyn.

Desde ese instante, los Selkhar quedaron unidos a la Luna como los Goldwyn al Sol, ambos linajes creados por la misma mano, en el mismo acto, con el mismo propósito: sostener el equilibrio del mundo recién nacido.

La deidad observó cómo humanos y Selkhar intentaban convivir, pero comprendió demasiado pronto que la paz entre ellos era tan frágil como el mundo recién nacido. Los humanos temían la inmortalidad de los Selkhar y la fuerza que emanaba de su bendición. Los Selkhar, por su parte, desconfiaban de la ambición humana y de su necesidad constante de expandirse. La desconfianza creció, y el conflicto parecía inevitable.

Para preservar su obra, la deidad dividió las tierras bendecidas en dos dominios: las montañas de oro para los hijos del Sol, las montañas de plata para los hijos de la Luna. Y coronó a la primera Goldwyn y al primer soberano Selkhar como los dos reyes de un mundo dividido, unidos por una promesa: mientras el equilibrio entre ambos pueblos permaneciera intacto, el milagro jamás desaparecería.

Durante generaciones, aquellos primeros monarcas fueron los únicos capaces de contemplar a la deidad. Cada noche recibían su guía en sueños y aprendían de ella los secretos del mundo. Pero los sueños se hicieron cada vez más escasos hasta cesar por completo. Los últimos soberanos que vieron su rostro murieron llevándose consigo la certeza de su existencia. Con el paso de los siglos, los recuerdos se convirtieron en leyendas.

Fue entonces cuando nació la fe. Sobre el lugar donde, según las crónicas, la deidad descendió al mundo, se erigió un inmenso templo de oro y plata. Surgieron sacerdotes, escrituras y peregrinaciones. La figura de la creadora pasó de ser un recuerdo a convertirse en el centro de una religión que unificó a ambos reinos. Los humanos rezaban esperando volver a contemplarla; los Selkhar preservaban su legado por respeto a quien les había concedido la inmortalidad y un hogar.

Durante siglos, el mundo prosperó. Los bosques florecían, los ríos alimentaban la tierra y las estaciones jamás dejaban de sucederse. Hasta que el milagro comenzó a romperse.

Nadie supo cuándo ocurrió el primer cambio, pues no llegó con estruendo, sino como una sombra imperceptible que avanzaba desde los rincones olvidados del reino. Una quietud extraña empezó a apoderarse de la tierra, como si el pulso invisible que sostenía la creación se estuviera apagando lentamente.

Ciertas cosas simplemente dejaron de ser lo que eran; los ancianos murmuraban sobre presagios en el viento y un vacío creciente que ni las oraciones del templo ni la vigilia eterna de los Selkhar lograban disipar. No era solo una herida visible: era una decadencia que amenazaba con devolverlo todo a la nada de los orígenes. No era solo el milagro el que agonizaba: era el mundo entero.

Y mientras el temor se extendía por el Imperio, una pregunta comenzó a repetirse entre reyes, sacerdotes y eruditos: ¿regresaría la deidad para restaurar su obra? ¿Existiría otra capaz de ocupar su lugar? ¿O recaería sobre la próxima heredera de la Casa Goldwyn la responsabilidad de realizar un nuevo milagro?




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