{Una semana antes}
El aire traía restos de alivio y desesperación mezclados: era el fin de la jornada académica, dando paso a las vacaciones de mediados de año.
Los estudiantes salían de los centros educativos suspirando, liberados de las presiones de los exámenes finales, recuperativos y reparaciones que hicieron que más de uno quisiera arrancarse los cabellos.
Ahora, los jóvenes regresan a sus casas para disfrutar del tan merecido descanso y planear las aventuras que los esperan, para disfrutar su juventud y reclamar su libertad como solo la pubertad imprudente sabe hacerlo.
Anabeth camina, saliendo del instituto, flanqueada por sus amigas, que, al igual que ella, están aliviadas de haber superado las finales y de entrar en los meses de vacaciones antes de decidir qué quieren hacer con sus vidas.
— ¿Qué te dijo la maestra, Laila? —pregunta Yanet, estirando sus brazos al cielo y haciendo crujir su cuello, lo que provoca un escalofrío en su amiga.
— Ay, Yanet, no hagas eso, ese ruido me da cosa —dice Laila mientras se frota los brazos—. Solo me llamó para decirme que puede hacerme la segunda en la recomendación al instituto de psicología del estado.
— ¿Ya estás organizando eso? Apenas llevamos horas de salir y ya quieres volver a un salón de clases —comenta la tercera amiga, justo antes de beber agua de su termo lleno.
— Tengo que estar al pendiente si surge la oportunidad. Es mejor salir de eso ya que estar corriendo con trámites a última hora. Y, presta tu garrafón, que tengo sed —extiende la mano para recibir el recipiente—. Laila es una despreocupada porque su hermano lo hace todo por ella. ¿Y tú, Abeth? ¿Sigues con la idea de ser detective?
— Claro que sí, no voy a renunciar a eso. En unas semanas empezaré los formularios para unirme a la academia de policías, con mis notas y la carta de recomendación de mi padrino, no tengo dudas de que me aceptarán. Además, me he preparado para la prueba física. Que se jodan los demás y sus comentarios.
— Que se vayan a la mierda, cuando sus opiniones sean comida, que te las den tres veces al día; antes no —apoya Yanet—. Tú no has hecho nada, los hijos no deben pagar por los errores de los padres.
— Ya estás practicando, ¿no? —sonríe Anabeth con picardía—. Así de firme te quiero ver en los tribunales.
— Dalo por hecho, seré la pesadilla de los padres negligentes —declara, divertida.
— Ha dicho —celebra Laila, y todas se ríen bajito.
Las tres llegan a la parada del bus. Quedan de pie a pesar de que hay bancos disponibles, pero los que están libres les dan de lleno el sol, así que prefieren quedarse bajo la sombra del árbol.
— ¿Cuándo es la próxima convención? —pregunta Yanet mientras revisa su teléfono.
— El 17 de julio; aún falta, tenemos tiempo de reunir dinero para entonces —analiza Laila.
— Solo para comer. Del resto, solo para ver cosas que no nos vamos a comprar. Por suerte, caminar es gratis —bromea Anabeth, recordando que siempre que asisten a ferias, gastan todo en comida, y cuando se aburren del evento, entran a tiendas de ropa a probarse atuendos que tampoco terminan comprando.
— Oye, comer es lo esencial en esta vida, después del internet —declara Yanet, soltando su cabello rubio oscuro, para volver a peinarlo con los dedos, recogiendo los mechones rebeldes y atándolo nuevamente en una coleta más firme.
Vuelven a reír y a conversar sobre las cosas que aún quedan de las clases culminadas, hasta que el autobús de una de ellas llega.
— Es el mío, nos vemos —se despide Yanet, subiendo rápidamente al transporte. Afortunadamente, consigue un asiento y agita la mano desde la ventana.
Poco después, también pasa el de Anabeth, por otra ruta.
— Chao, nos vemos el finde, escríbeme cuando llegues —dice, subiendo al autobús y mirando por la ventanilla a su amiga que se aleja caminando. Según ella, la institución le queda relativamente cerca y a veces decide caminar esos 45 minutos.
*
El vehículo se detiene en la parada. Ella se baja, y el resto del trayecto lo camina bajo la sombra de la hilera de árboles del complejo residencial. A esta hora del día, puede ver a los hijos pequeños de los vecinos regresar caminando, algunos más grandes acompañando a sus hermanitos. Al ver la escena, se pregunta si ella también hará eso algún día.
Al abrir la puerta con su propia llave, entra a su casa, pero no hay nadie para recibirla. No se alarma. Va a la cocina y, como esperaba, hay un tazón grande volteado y encima de él, una nota:
“Chequeo médico. Calienta en el microondas, hay jugo en la nevera, y envasa y guarda la comida sobrante en la nevera. TQM”.
Inmediatamente después de leer, tira el papel a la basura, mete la comida en envases y la deja en la nevera antes de ir a su habitación a ponerse cómoda.
Luego de unos minutos, regresa a la cocina vestida con ropa fresca, después de un baño para quitarse la pesadez del colegio. Calienta su comida en el microondas durante dos minutos para que no solo el plato, sino también la comida, queden calientes.
Se sienta a la mesa a comer mientras ve videos en su teléfono, en un canal de misterio y casos paranormales. No tanto por la conspiración, sino para analizar la trampa o el teatro; incluso comiendo, no se quita esa fascinación por indagar en todo.
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romance oscuro toxico obsesivo, él vive muerte y mata por ella, crímenes suspenso y misterio
Editado: 05.10.2026