Entre gritos y risas.

Capítulo #2

Dos días después, Anabeth, junto a Yanet y Laila, pasean por el parque, aprovechando para ir al puesto habitual de malteadas heladas de los fines de semana.

— ¿No le habías dicho a tu mamá? ¿Cómo que estás pensando si vas o no? ¿Nos vas a dejar votadas? —Yaneth finge indignación.

— Tampoco así —medita un segundo—. Bueno, sí… Solo quería confirmar antes de hablar. Supón que votaran por la idea de Kenny, yo no iba a pagar por un plan de una semana en un parque acuático, saldría hecha un pez.

— Bueno, eso sí; un día está bien, pero ¿una semana entera? Estaríamos muertos de cansancio solo de estar en el agua todo el día —agrega Laila.

— Pero como él practica natación, pienso que todos los demás queremos sentirnos como truchas.

Se carcajean las tres, y entre la charla, el camino se hace cada vez más corto sin que se den cuenta. Entrar al establecimiento y ordenar directamente en el mostrador, pues no planean comer en el local; solo comprar y seguir caminando.

— Bien, entonces serían una Banana Split batida, con leche condensada y arcoíris; una torta Matilda helada, y un congelado de frutos rojos con miel —el chico de la caja repasa los pedidos antes de cobrar y darse la vuelta para pedir que los preparen.

Unos minutos después, los batidos están listos: Yanet con su malteada de helado de vainilla y bananas; Laila con su bomba de brownie, helado y jarabe, todo de chocolate; y Anabeth, un batido de sandía, moras, fresas y demás bayas congeladas sin azúcar refinada.

— ¿Cómo no arrugas la cara con eso? —mira la bebida escarlata de su amiga, mientras da un gran sorbo, aunque parece que un pedazo de brownie mal licuado se le quedó atorado.

— Te vas acostumbrando; después ni lo notas —prueba de su propio vaso y siente un alivio refrescante para un día tan caluroso—. ¿Y tú? ¿Cómo no estás gorda o diabética con tanto chocolate?

— Viene del cacao, que es una planta; el chocolate técnicamente cuenta como ensalada —justifica la bronceada mayor. La ocurrencia hace reír al trío.

— Oigan, chicas, miren esto —llama la atención Yanet, que ya va por la mitad de su malteada amarillo crema y revisando su teléfono. La inclina hacia sus amigas para mostrarles una foto de una carpa de circo.

— Aja, ¿y qué tiene? Parece un circo normal —comenta Anabeth sin prestarle mucha atención.

— Ósea, sí, pero mira bien —señala la pantalla, donde claramente se ve que la foto fue tomada desde lejos y haciendo zoom. La descripción dice: “un nuevo circo llega a la ciudad”. La publicación es de un amigo en común; no es un anuncio de una página oficial—. Mira el cartel que está al lado de la carretera; esa avenida es de la periferia, el circo se está instalando aquí.

— Ay, qué lindo. Hace años que no voy a un circo; de pequeña asistía a funciones con frecuencia, mi padre me llevaba mucho para distraerme —comenta Laila con una sonrisa.

— ¿Vamos? —Yaneth se entusiasma.

— ¿Ahora? Con este sol; además, ni siquiera lo han armado. Mejor esperamos a que empiecen a vender boletos… —descarta de inmediato Laila, con notoria flojera.

— Hm… —medita Anabeth—. Ya sé cómo podemos verlo, síganme.

Ella las empieza a guiar por los senderos del parque, adentrándose donde el murmullo del arroyo fluyendo se escucha más claramente. En un tramo, se desvía y comienza a subir una pequeña pendiente.

— ¿A dónde nos llevas? —Laila se queja al tener que esforzarse.

— A un lugar especial, un lugar secreto que descubrí hace meses —confiesa Anabeth.

— ¿Un lugar secreto? ¿Como un escondite? ¿Y no nos dijiste nada? Para mí que nos vas a secuestrar —bromea Yaneth.

— Ay, por favor, ¿quién pagaría algo para recuperarlas? —remata la pelinegra.

— Sucia…

— Rata…

Al terminar de subir la pendiente, se introducen entre las enredaderas colgantes de los viejos sauces, hasta alcanzar una zona despejada donde claramente las hojas han sido podadas.

— Estaba con Damián en el auto y pasamos por la avenida. El semáforo estaba en rojo, así que, aburrida, me enfoqué en el fondo, buscando cualquier cosa. Entonces, me dio curiosidad saber dónde quedaba esta zona de árboles viejos, porque los vi descuidados desde afuera —explica—. Para hacerles el cuento corto, vine al parque sola después de eso, caminé por la acera por fuera para identificar el lugar, salté la cerca, me creí una cabra montesa y…

— Bueno, loca como una cabra estás —aclara Laila, y todas ríen.

— Sigo, y llegué aquí. Se veía horrible, como en una película de terror; apenas entraba la luz, y eso que eran las once de la mañana. En fin, tomé este lugar como punto de partida para intentar volver a la entrada principal del parque, para después tener referencia y seguir viniendo para limpiar, hasta despejar todo, y ahora tengo un lindo mirador.

El lugar no solo había sido podado y barrido, también hay un banco de madera plegable y una caja de metal sobre el mismo.

— ¿De dónde sacaste esto? —pregunta Laila, que se adelanta a sacudir la banca y sentarse.

— El mueble estaba en la basura. Estaba limpio y en buen estado, pero a alguien con dinero le sobraba, así que lo botó —se encoge de hombros y se sienta también.




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