Cielo
Habían pasado dos días desde aquel bochornoso y efusivo recibimiento a su casi comprometido jefe.
Dos días en los que Cielo la había pasado escondiéndose entre los rincones, tratando a toda costa de evitarlo.
Y le había funcionado bien...
Hasta ahora.
—Cielo —la llamó Louis—. El General le mandó hablar. Pide que vaya cuanto antes a...
—La biblioteca —terminó la frase—. Voy en camino, Louis. Muchas gracias.
Cielo tragó saliva y caminó un poco más lento de lo normal, como si de esa forma pudiera evitar el encuentro.
—Adelante —escuchó la voz de su jefe justo un segundo antes de que tocara la puerta.
—Buenos días, General —lo saludó, tratando de lucir lo más natural posible, aunque su corazón galopaba y estaba segura de que solo de verlo el rostro ya se le había teñido de rojo.
—Tome asiento, Cielo. ¿Ha estado muy ocupada? No la he visto estos días.
—Sí... —tosió falsamente—. Sí, General. Un poco.
—¿Tan ocupada que se ha olvidado de recibir su paga?
Rebuscó entre el cajón de su escritorio y sacó un pequeño costal de tela junto con una nota.
—Viene desglosado lo de la deuda de los vestidos.
—General, pero solo me ha descontado tres centavos.
—Así es —respondió sin prestarle mucha atención mientras leía una carta.
—Pero... Habíamos acordado...
—El acuerdo fue que me pagaría los vestidos de la forma que más me conviniera. Y esta es.
La miró con una cara inescrutable.
Cielo achicó los ojos, sosteniéndole la mirada.
—Creo que usted me está tomando el pelo.
Su jefe por poco rio.
O, bueno, eso le pareció ver.
—Un acuerdo es un acuerdo.
—Es usted muy listo... —dijo levantándose, no muy convencida—. A este ritmo saldaré mi deuda en años, General.
—Bueno, así me aseguro de que trabaje para mí durante años, señorita.
Volvió a ponerse roja.
Y solo se le ocurrió fingir otro tosido.
—Le agradezco, pero debo retirarme...
Su jefe la miró fijamente, como tratando de leerle el pensamiento.
—Y, señorita Cielo... El plantío de geranios es formidable.
Quiso disimular, pero el brillo en sus ojos por aquel cumplido a su tan esmerado trabajo fue imposible de ocultar.
—Le agradezco, General. Que tenga buen día.
Con lo que le quedaba de dignidad, salió de la biblioteca, sintiéndose orgullosa de no haber caído en los encantos temibles de su jefe.
Bien, Cielo. Vas bien. Ya pasó lo más difícil.
***
—¡Hola, Cielo! ¿Cómo va tu día? —preguntó Adriel mientras se acercaba a las caballerizas, donde se encontraba ella.
—Hola, Adriel. Bien, creo... —sonrió desganada.
—¿Todo bien?
—Sí, sí, claro... Es solo que creo que mi amigo Noche me extraña.
—¿Te refieres al caballo? ¡Ja! ¡Ese animal es una bestia!
—Shhh. No digas eso. Te puede escuchar.
El joven rio.
—Es la verdad. Nadie había podido siquiera acercarse a él. La verdad, todos quedamos sorprendidos cuando supimos que lo montaste.
—¿Todos?
—Los chismes viajan rápido por el castillo... También supe que el propio General te estaba enseñando a montar.
—Ah, sí. Bueno, solo fue una vez...
—Qué raro. ¿No crees que el General tiene muchas atenciones contigo?
—¿Conmigo? No, para nada.
Se recargó desanimada sobre la cerca de madera.
—Además, tiene novia y va a casarse, entonces...
—¡De verdad! No lo sabía.
—Los chismes viajan rápido, ya sabes.
Le mostró una sonrisa de lado.
—No imagino a la mujer que pueda estar interesada en él... —guardó silencio y Cielo casi sintió que se ponía nerviosa—. Ya sabes, es tan... tan...
—¿Frío? ¿Insensible? ¿Impredecible?
—Vaya, sí que no te agrada, ¿eh?
—No es eso... No quise...
—Tranquila —le guiñó un ojo—. ¿Quieres montar a tu tan querido Noche?
—¿Pero no dijiste que...?
—No soy experto montando como el General, pero como un mágico de la familia de las hadas del bosque, creo que puedo ayudarte en algo.
La miró con aire de vanidad.
Cielo lo pensó unos segundos.
Le había prometido al General no montar a aquel caballo sin él. Sin embargo, habían pasado muchos días desde la última vez. Lo más seguro era que el General ni siquiera recordara sus lecciones.
Y, por supuesto, ella no se las recordaría.
No.
Claro que no.
Y, de repente, pensó que no hacía ningún mal en montar a su querido Noche.
—Veo que lo haces muy bien, Cielo —decía Adriel mientras caminaba a un lado de ella.
—La verdad, no estoy haciendo nada. Noche es quien me está llevando, ¿verdad, amigo?
—Creo que te eligió... Los caballos son criaturas muy nobles y leales. Sin embargo, son difíciles de ganar. Regularmente ellos eligen a sus jinetes y no al revés.
—¿Es verdad eso, Noche? ¿Me elegiste, amigo?
—Oye, ¿no quisieras ir un poco más rápido? Digo, para subir de dificultad.
—¡Sí, me encantaría! —respondió sin pensarlo demasiado.
Aquel día en que su caballo decidió por poco matarla, aparte del miedo terrible, se había sentido genial.
Sin embargo, al darse cuenta, Adriel se estaba subiendo detrás de ella y la rodeó con sus brazos, tomando él mismo las riendas.
—¿Qué haces? —preguntó confundida.
—Para seguir con las clases debo acompañarte. ¿Lista? —respondió muy quitado de la pena.
Cielo lo consideró unos instantes.
Parecía ser que había caído en una trampa.
Pero ya con su amigo arriba del caballo, no le quedó más remedio que aceptar.
—Oye, ¿y entonces te comunicas con los animales y eso? Ya sabes, por lo de tus dones.
Adriel rio fuerte.
—No, claro que no. Mis bisabuelos paternos sí que podían. Contaban que era increíble. Los animales son mucho más sabios de lo que pensamos...
—Estoy segura de eso... ¿Y entonces cómo funcionan tus dones?
—Mis dones son muy limitados. Se podría decir que solo tengo una intuición muy desarrollada en cuanto al bienestar de todos los seres vivos. No es como que hablen conmigo... Pero algo en mi interior me hace saber qué necesitan.