General Dimitri Raubtier
—¿Me entendió bien, Isaac? —le dijo a su capataz.
—Sí, sí, General. Gracias por perdonarle la vida a mi hijo. Usted sabe que no es malo...
—La próxima vez no seré tan generoso, Isaac. No quiero que su hijo vuelva a acercarse a la señorita Cielo. ¿Entendió?
—Entendido. Yo... yo hablaré con mi hijo. Gracias, gracias por avisarnos. Le he dicho mil veces que no se acerque a la humana, pero...
Dimitri tensó la mandíbula.
—Mis advertencias no tienen nada que ver con que sea humana o no, Isaac.
—¿Entonces, General? No... no lo entiendo.
—No lo debe entender y no le debo ninguna explicación. Solo obedezca y mantenga a su hijo alejado de mi ama de llaves.
Fue lo último que dijo antes de salir de la pequeña y rústica cabaña donde vivía su capataz con su familia.
Si no fuera porque llevaban generaciones trabajando para su familia, habría cortado la mano del pequeño Adriel.
Esa misma mano que había posado sobre la cintura de Cielo.
Por mucho menos que eso había matado hombres en la vieja taberna.
***
—El rey lo espera —le dijo un guardia mientras lo dirigía al enorme vestíbulo dentro del palacio del "suplente del Rey", Bingling.
—Dimitri, dichoso me considero al tener tu tan codiciada presencia en este palacio.
—Bingling. Usted solicitó mi presencia.
—Así es... Pero llega tarde.
—Ofrezco mis más sinceras disculpas. Se me presentó un pequeño contratiempo.
—General Dimitri. Acabo de recibir una carta del rey De Grifin. Me hizo saber que usted estuvo en sus territorios participando, en su nombre, en una batalla en contra del ejército de los humanos.
—Está equivocado. No me enfrenté al ejército de los rebeldes en nombre de nadie.
—Ejército que pertenece a la guardia de Mideltown...
—No, y le ruego que no se equivoque. La guardia del reino, su guardia, no tiene nada que ver con mi ejército. Recuerde que nosotros tenemos el don divino de la guerra y la caza, y los ejércitos Oscuros existen desde el inicio de esta tierra por orden de los dioses, los mismos que me otorgaron mi cargo. Jamás han dependido de ningún rey ni de su reino.
—No me diga... ¿Y entonces de qué depende?
Preguntó con sarcasmo.
—De mí. Así como no podemos exigirles a los sanadores que tengan fronteras o a los naturales a qué causa servir...
—¿Me está diciendo usted que puede interferir para beneficiar o perjudicar a cualquier ciudad si así lo deseara, General?
—¿Perjudicar?
—...Hablando de un caso hipotético, por supuesto.
—Yo, como cualquier heredero, he dado mis votos de utilizar mis dones siempre en beneficio del mundo de la magia. Sin importar fronteras o reinados. Y eso es justo lo que hice y seguiré haciendo.
—¿Sí sabe que, de lo contrario, podría ser sinónimo de traición, verdad, General?
—Claro que lo sé. Mi único objetivo es preservar la magia en este mundo y repoblarlo de los dones que están por extinguirse... sin importar cuántos tengan que caer.
Dijo aquellas palabras con un doble filo.
Dimitri estaba más que consciente de que, si en aquella sala había un traidor a los votos, sin duda no era él.
—Espero, aun así, estar siempre al tanto de sus decisiones militares. Ya que usted debe ser consciente de que el reino puede verse afectado...
—Mi cuartel no se encuentra dentro de los territorios de Mideltown.
—Veo que no va a ceder...
—¿Ceder a darle algún tipo de control de mi ejército? Por supuesto que no.
—No me cause problemas, Dimitri... O no seré tan benevolente. Tengo leyes que me respaldan.
—Y yo me rijo por las mismas leyes que usted. Créame que, si nuestros objetivos son los mismos, no tendremos ninguna clase de problemas.
Sí.
Le dio una estocada directa al esternón al coño con aquella amenaza.
Salió con pasos orgullosos.
A ese hombre ni el mismo rey, y mucho menos su suplente, podría ponerlo nervioso.
Subió a su caballo y se dirigió al cuartel.
—¿Bingling te amenazó? —preguntó Dinsel mientras se inclinaba ligeramente sobre el escritorio del General.
—Quiere tomar el control del ejército Oscuro. No le fue de su agrado que fuéramos a pelear la batalla del reino de De Grifin... Por supuesto que no le conviene que debilitemos al ejército rebelde que con tanto esfuerzo creó.
—Y además se encargó de armarlos hasta los dientes —agregó Kass.
—Bingling está muy preocupado y utilizará todos los recursos que tiene para desestabilizarnos... Incluso utilizó la palabra traición.
—¿Refiriéndose a ti?
—¡Maldita escoria! ¡Siendo él mismo quien ha traicionado a su reino y a la magia!
—Tranquilos... Todo tarde o temprano saldrá a la luz. Cuando venzamos a los rebeldes y capturemos a su líder... Antes de asesinarlo, me voy a encargar de que cante como un canario.
—Y con un testimonio de traición, nadie podrá salvarlo.
—Son demasiado optimistas... —dijo Kass, un poco fastidiado.
—Es lo que sucederá, hermano. Bingling se equivocó demasiado al apoyar al ejército humano y, lo peor, es que lo hizo de manera demasiado descarada —dijo Dinsel.
—Así es —continuó Dimitri, un poco perdido en sus pensamientos—. Solo nos queda esperar y vencer.
—¿Y por qué no hablamos con el Parlamento de una vez? Contándoles nuestras sospechas y que, además, quiere utilizar al ejército Oscuro para beneficio personal.
—Si hablamos con el Parlamento sin suficientes pruebas... entonces sí nos estaríamos condenando. Bingling quedaría impune y nosotros seríamos deshonrados por confabular en contra de la realeza —continuó Dinsel.
—Escúchenme bien —amenazó el General mientras se erguía sobre su silla—. No pueden decir nada de esto a nadie. ¿Entendieron? Yo sabré cuándo sea el momento perfecto. ¿Quedó claro?
—Sí, sí —dijeron ambos.
—¿Quedó claro? —volvió a preguntar.
—Sí, mi General —respondieron al unísono.