Cielo
Seis meses después
El tiempo había pasado rápido y Cielo apenas podía creer que llevara más de medio año trabajando para el General Raubtier.
Los meses habían pasado rápido, pero los días… esos parecían eternos. Y aún más considerando que tenía tan cerca y tan lejos, a la vez, a aquel hombre que hacía que su corazón golpeara contra sus costillas.
En esos seis meses, el General había cumplido su palabra y no se había acercado a ella más que para lo estrictamente profesional.
Le había tomado la mano doce veces por accidente, la había rescatado de pequeños incidentes o caídas unas quince veces —o quizás un poco más—, le había sonreído veintitrés veces y casi se había carcajeado cuatro.
Cielo lo tenía todo cuidadosamente memorizado. Incluso había considerado hacer una lista, justo antes de regañarse a sí misma por lo ridículo que sonaba aquella idea.
No había habido ninguna mención de la casi prometida de su jefe, lo que le hacía dudar acerca de la veracidad de aquella declaración. Sin embargo, no había tenido el suficiente valor para preguntárselo a la cara y ahora ya era demasiado tarde.
O quizá demasiado temprano.
Había decidido tomar distancia y acabar con aquellas esperanzas que comenzaban a emerger dentro de ella antes de que tomaran una forma verdadera.
La vida era buena.
Tenía un buen trabajo, con una paga que jamás soñó tener. Vivía en un castillo, sin preocupaciones por llevar comida a la mesa o pagar un alquiler. Ahora sabía montar a caballo, tenía amigos verdaderos y, lo mejor de todo, convivía con el amor de su vida.
Podía verlo y escucharlo casi a diario.
Era más de lo que jamás había soñado.
Cielo estaba convencida de que ese era su cuento de hadas. Ella no era la princesa que se quedaba con todo y estaba bien.
Para ella, estaba bien.
—Cielo, ¿cómo va ese resfriado? —preguntó Kala mientras caminaba hacia la lavandería con un canasto en las manos.
—¿Cuál resfriado?
—Eres imposible… —respondió Kala sin detenerse.
—Y tú adorable por preocuparte por mí.
Estaban en pleno diciembre, en uno de los inviernos más fríos que Cielo recordaba haber vivido. Tener un ligero resfriado era perfectamente normal. Ni siquiera tenía algún malestar importante, más allá de los mocos y los ojos llorosos.
Por eso mismo ni siquiera había molestado al sanador para que la curara. Con té y miel se repondría en un santiamén.
Ah, y muchos pañuelos.
De repente, chocó contra un muro enorme y duro.
Un muro con aroma a menta y madera.
¿Un muro a mitad del vestíbulo?
—¡General! ¡Me ha dado un susto!
—Solo pasaba por aquí. Usted chocó conmigo… —agregó a su inexistente lista un choque de cuerpo completo.
—Lo siento, es que yo…
—¡Achist!
—Está bien, Cielo. No se preocupe. —La escaneó durante unos segundos—. ¿Está enferma?
—No…
El General la miró con mala cara.
—Bueno, un poco, pero ya está pasando.
—Mjm.
***
—¡Hoy es veintitrés de diciembre! —dijo Cielo a su amiga File mientras ambas amasaban una masa para galletas.
—Sí, es martes… —respondió File sin ápice de sorpresa.
—Veintitrés de diciembre…
Nochebuena y Navidad siempre habían sido las fiestas preferidas de Cielo, y aquel año estuvo a punto de olvidarlas.
No era que en su casa particularmente se hiciera un gran festín o un festejo impresionante, pero a ella siempre le había gustado poner un pequeño pino sobre la cómoda de su habitación y, si tenía oportunidad, regalarles un chocolate a los niños del pueblo.
Y aunque era bien sabido que los mágicos no festejaban la Navidad, nunca pensó que pudiera acostumbrarse tan rápido y olvidar, en menos de un año, sus propias costumbres.
—¡Tierra llamando a Cielo! ¡Otra vez te fuiste, amiga!
Así es. File ya la llamaba amiga.
Cuando ocurrió por primera vez, fue el logro más grande de Cielo en su lista de logros.
Claro, si tuviera una.
—¡Lo siento! Me quedé… en blanco.
Cielo pensó que explicarle desde cero una tradición a su amiga sería demasiado desgastante y quizá inútil. Entonces se limitó a hacer pinos con las formas de las galletas de aquella semana.
Sería un pequeño secreto que la haría sentirse mejor respecto a la Navidad.
Tomó un pequeño serrucho y, junto con su vestido lila y la gran gabardina de piel —que, por cierto, había sido un regalo del General después de su tercer resfriado—, salió en busca de algún pino que cortar.
—¡Hola, Adriel! —agitó la mano enérgicamente—. ¿Cómo te trata el día de hoy?
—Muy bien, señorita. Gracias.
Extrañamente, desde hacía unos meses Adriel había estado distante y mucho más formal de lo normal.
Cielo agradecía que ya se hubiera olvidado de aquellos arrebatos coquetos que invadían regularmente su espacio personal.
—¡Te deseo un buen día, Adriel! ¡Hasta luego!
Se despidió enérgica mientras continuaba caminando, dejando sus huellas sobre la nieve fresca.
Percibió cómo su amigo se quedaba mirándola.
¿Con tristeza?
Disipó la idea rápidamente. Seguro lo había imaginado.
—¡Señorita Cielo!
La voz gruñona de su jefe se encontraba justo detrás de ella.
¿De dónde salió?
—¡General! ¿Qué hace aquí?
—¿Yo? Creí que habíamos dejado claro que mientras estuviera la tormenta usted no saldría. Caminar sobre la nieve y el hielo es peligroso.
—Calma… No pensaba ir muy lejos, al fondo de la vereda. —Señaló con el serrucho—. Hay unos…
—Y encima con ese artefacto… ¿Puedo saber qué intenta hacer?
Su rostro mostraba fastidio, como si estuviera pidiendo a los dioses mágicos más paciencia.
—Solo quiero cortar la punta de un pino. Es que…
Vaciló un poco antes de continuar.
—Mañana es Navidad… —terminó la frase el General.
—¿Lo sabe?
—Claro que lo sé, Cielo. No soy ningún ignorante.