General Dimitri Raubtier
Se encontraba en el despacho de su cuartel, en compañía de Kass y Dinsel.
Una cueva o detrás de una colina.
Sacó un mapa que cubría todo el escritorio y observó… Observó.
Intentó pensar como lo haría un humano.
No un Oscuro. No un heredero.
Un humano.
Ningún humano sobreviviría a estas temperaturas por mucho tiempo.
—Si venían de Dembul… El invierno entró hace cuatro meses y, en ese momento, tenían sus campamentos en el sureste…
—Pudieron haber ido a cualquier lugar —dijo Kass.
Silencio.
Dimitri seguía pensando.
Los humanos son más lentos. Necesitan comer más veces y dormir más horas.
—Deben de encontrarse en el este.
—Ya enviamos tropas. No hay rastro.
—No…
Señaló una gran montaña y la encerró en un círculo.
—Deben de haber montado un campamento dentro de esta montaña.
—¿Qué?
—Los humanos serán más frágiles que nosotros, pero no son idiotas. Saben que no aguantarían una lucha en climas como estos. Para cuando llegaran a la primera ciudad, estarían en hipotermia.
—Están hibernando —completó Dinsel.
—Sí. Si logramos encontrar su campamento mientras están con la guardia baja, haríamos jaque mate.
—Tu convivencia con la humana está dando sus frutos, ¿eh?
Dimitri no supo qué le molestaba más: que lo llamaran por su nombre o que Kass se dirigiera a ella como la humana.
—Y veo que te está pasando más de sus…
Kass tomó la piña que ahora servía como pisapapeles sobre el escritorio.
—Costumbres.
—No toques mis cosas.
Dimitri le arrebató la piña de las manos.
—Quizá, si encontramos su campamento, podríamos infiltrar a la humana que tienes trabajando para ti. Podría darnos mejores resultados. Saber quién los está ayudando, cuáles son sus planes… Podríamos desestabilizarlos desde dentro.
—¿Infiltrarla?
Dimitri no entendía del todo la propuesta de Kass.
—Tu humana debe de tener cualidades increíbles. Quizá, con un poco de sus obvios encantos, pueda lograr que el líder de los rebeldes le suelte algo de información.
Tan solo pensar en aquella idea hizo que su estómago se revolviera.
¿Mandar a Cielo a kilómetros de distancia de él?
¿Arriesgarla a que alguien pudiera hacerle daño?
De inmediato tensó la mandíbula.
—No.
—No suena tan mal, Dimitri. Piénsalo… —agregó Dinsel.
—No.
—A menos que no confíes del todo en ella, entonces…
—¡He dicho que no, maldita sea!
Azotó las manos sobre el escritorio.
—¡Y no vuelvan a proponer estupideces!
—¿Realmente te preocupas por ella, verdad?
—¿Y así fuera qué?
Respondió Dimitri, acercándose más de lo habitual a su amigo. Sus ojos comenzaron a llenarse de sombras.
Kass lo miró con intriga, pero cedió, desviando la mirada.
A los pocos segundos, las sombras de Dimitri se disiparon.
—¡Déjenme solo! ¡Avisen que salimos al anochecer!
Por fin habrá un motivo para celebrar la Navidad.
La luz del sol tocaba su rostro mientras cabalgaba sobre Tormenta, encabezando su ejército.
Hubiera sido más prudente enviar espías a asegurar el área y confirmar sus teorías, pero algo en su interior le decía que no tendría otra oportunidad de tomarlos tan desprevenidos como aquella.
Si algo había aprendido, era que los humanos eran sentimentalistas por naturaleza.
Y su intuición le aseguraba que estaban dentro de aquella vieja montaña.
Quizá celebrando Navidad.
No pudo evitar pensar en la cara que pondría Cielo cuando descubriera que, casualmente, Filemona cocinaría pavo aquella noche, acompañado de puré de manzana y ensalada de ciruelas.
Sin poder controlarlo, sonrió.
La Montaña de la Mujer Dormida ya se veía a lo lejos.
La brisa del este le golpeó el rostro e inhaló con fuerza.
Sus ojos se oscurecieron de inmediato.
—Humanos.
Volvió a sonreír, pero esta vez aquella sonrisa estaba cargada de malicia y sed.
—¡¡Los humanos están dentro!! —gritó para su ejército—. ¡¡En marcha!!
Aceleró el paso de su caballo.
Ya no le importaba que lo escucharan.
Ya no tenían escapatoria.
A los pocos minutos, salieron unos doscientos hombres de la cueva, lanzando balazos y bombas. Era su única forma de defenderse de aquellos malditos cobardes.
Sin embargo, el ejército Oscuro era fuerte. Poderoso.
Mataron a decenas de humanos sin esfuerzo.
Dimitri bajó de su caballo y comenzó a luchar hombro a hombro con su ejército. Enterraba su espada con agilidad y degollaba diestra y siniestra mientras, poco a poco, los rebeldes comenzaban a dispersarse.
—¡Están escapando por atrás! —gritó un soldado.
Dimitri corrió hasta el interior de la cueva, donde ya habían tomado por completo el control.
Avanzó solo con su espada, escabulléndose entre los túneles de la cueva, hasta que salió por el otro lado.
La nieve cubría los pastizales.
Pudo ver a un grupo de humanos corriendo.
Había mujeres.
Niños.
Jóvenes.
Y aquel hombre de cabello castaño hasta los hombros, parado frente a él como si lo estuviera esperando.
Dimitri le lanzó una mirada asesina y una sonrisa.
El rebelde lucía inundado de coraje, de odio.
Otra partida que los Oscuros habían ganado.
Y esta vez, la victoria parecía casi definitiva.
El rebelde gritó con furia.
Dimitri lo escuchó.
Con la mirada volvió a amenazarlo antes de que el hombre se diera la vuelta y corriera tras su gente.
El General regresó por el frío y húmedo túnel hasta el interior de la cueva.
Entonces observó.
Había mantas.
Pequeñas fogatas.
Algunos juguetes tirados.
Sopas a medio comer.
Y un picor molesto se instaló en su nuca.
—¡Tenemos prisioneros, General!
Dinsel se acercó con alrededor de treinta hombres, cinco mujeres y dos niños.