Cielo
Anoche escuchó cuando llegó el General.
Y no es que estuviera acechándolo ni nada parecido.
Pero un alivio cubrió su pecho al saberlo sano y salvo, aunque eso significara la muerte de decenas, quizá cientos de humanos.
Su General había vuelto.
Y si alegrarse la hacía egoísta o mala persona, no le importaba.
Cielo caminó por la cocina en busca de un café caliente y bastante cargado cuando encontró a sus dos amigas cotilleando.
—¿Qué pasa, chicas?
Ambas se miraron mutuamente y encogieron los hombros.
—Se dice que el ataque de ayer fue todo un éxito. El General casi tiene la victoria asegurada con ese golpe.
—¿De verdad?
—Sí. Dicen que encontraron su campamento escondido dentro de la Montaña de la Mujer Dormida, en el este.
—Me alegro. Ojalá toda esta guerra llegue pronto a su fin.
—Esperemos, amiga… Si las cosas se tranquilizan lo suficiente, quizá pueda recuperar las tierras de mi bisabuela —dijo File muy entusiasmada—. Tendría un lugar donde pasar mi jubilación.
Cielo sonrió.
Si ella tuviera esa oportunidad…
Alguna casa que heredar. Tierra para plantar. Un lugar donde pudiera asegurar su vejez.
Pero ella no tenía esa suerte.
A ella le había tocado el trabajo duro.
—En tu jubilación puedes venir conmigo —dijo Filemona mientras la rodeaba con un brazo.
—Eres un dulce, File.
Le sonrió mientras daba un sorbo a su café.
¿Esta victoria realmente era suya?
Quizá ella no tendría ningún beneficio de aquella victoria, pero sabía que era lo justo. Y si las únicas personas que la habían tratado bien obtenían algún beneficio, para ella era suficiente.
Aunque…
¿Por qué no tener un beneficio para todos?
De pronto, una idea inundó su mente.
No cambiaría el mundo.
No repararía años de miseria ni salvaría a los humanos.
Pero quizá algunas pequeñas acciones pudieran hacer la diferencia.
Quiero hacer la diferencia.
Subió a su alcoba y revisó sus ahorros.
Prácticamente tenía su salario intacto, pues en el castillo no gastaba en nada.
Haciendo cuentas, sacó hojas y pluma.
Y cuando por fin tuvo su idea lista y concretada, corrió en busca de su jefe.
Se encontraba parada frente a la puerta de la biblioteca.
Toca ya de una vez.
Levantó la mano, pero justo antes de tocar, la detuvo en el aire.
—Eres una cobarde, Cielo. Hazlo ya.
—¿Hacer qué exactamente?
Escuchó aquella voz profunda detrás de su espalda.
Maldición.
Cielo cerró los ojos con fuerza, como si de esa forma pudiera evitar el bochornoso momento.
—Cielo… —insistió su jefe, quien aún seguía a sus espaldas.
—¡Buenos días, General! —respondió intentando no parecer perturbada—. Pensé que estaría dentro…
—Sí. Es que hoy me desperté más tarde de lo habitual. Fue una misión bastante agotadora.
—¿Y obtuvo un resultado óptimo?
—Bastante… Usted ayudó mucho.
—¿Yo?
—Sí.
—¿De qué forma pude haber ayudado?
—Es que me hace ver las cosas de otra forma…
Cielo sintió cómo el calor subía por sus mejillas.
—Me alegro, General. El poder contribuir de algún modo… La cena estuvo más que deliciosa. Yo…
—Sí, pude leer su nota… y vi su obsequio.
Una sonrisa, como pocas le había visto, se dibujó en el rostro de su jefe.
—¿Le gustó?
—Bastante. Usted es la única persona que me ha hecho un obsequio en la vida… Con este ya serían dos.
Dijo mientras le mostraba la bufanda que, de hecho, llevaba puesta.
—Bueno, tampoco se emocione. Es algo bastante sencillo… Pero la hice yo misma. Pensé que una noche no sería suficiente para terminarla, pero lo logré.
—¿Con que a esto se deben esas ojeras bajo sus ojos?
Su comentario la hizo avergonzarse y pensar que quizá debió ponerse maquillaje.
—¿Puedo hablar con usted?
Cielo soltó las palabras de golpe.
—Hay algo que quisiera preguntarle…
***
—¿Caridad?
Dimitri tenía mala cara.
—General, no… No lo tome a mal, por favor. Con este invierno, muchos humanos del pueblo deben de estarla pasando muy mal. Niños, ancianos, sobre todo…
—Mjm.
—Con mis ahorros podría comprar cobijas, juguetes, incluso comida y medicinas para la gente que lo requiera.
—¿Está diciendo que todos sus ahorros los quiere usar para ayudar a su pueblo?
—Sí, sí… Todo lo pagaré yo misma y prometo no descuidar mi trabajo.
—¿Quién le ayudará?
—No necesito ayuda, General. Hay varios orfanatos en muy mal estado, ancianos desvalidos, madres sin ayuda…
Suspiró con tristeza.
—Además, investigué un poco acerca de las leyes de los mágicos y no interfiere. Hacer caridad no se interpone entre los objetivos de la guerra ni de sus votos.
Dimitri alzó una ceja.
—Y eso mismo quiero que crea de mí. Que quiera ayudar a las personas menos afortunadas que yo no significa que esté en discusión mi lealtad a usted y a su causa. Ya que, para empezar, yo soy más afortunada. Y si puedo ayudarlas es gracias a usted…
—Cielo…
—General. Yo quisiera hacerlo. De verdad lo deseo. Y me sentiría mucho más feliz de disfrutar estas comodidades que usted me ha brindado si pudiera contribuir en algo con la gente que no tiene mi fortuna.
Hizo una pausa.
—Sin embargo, si usted no está de acuerdo, si le causara algún problema o si simplemente le incomoda… Una sola palabra suya me hará olvidar esta idea para siempre y no volver a insistir.
Hubo silencio.
El corazón de Cielo latía a mil por hora y las manos le sudaban.
Silencio.
Su jefe la analizaba profundamente, intentando descifrarla.
—¿Por qué está tan alterada, Cielo? —preguntó su jefe, bastante intrigado.
—T-tengo miedo.
Dimitri frunció el ceño de inmediato.
—¿Miedo?
—Tengo miedo de que me diga que no.