General Dimitri Raubtier
Maldito señor Copinski, maldito pueblo y malditos pueblerinos.
Fue el pensamiento que estuvo retumbando en su cabeza a cada instante.
Hoy Dimitri quedó tan sorprendido de su benevolencia que, por un momento, pensó que deberían darle algún premio o reconocimiento. A más de un par de sujetos los hubiera dejado sin ojos, literalmente, y a otros tantos, sin manos...
Las meditaciones matutinas están dando frutos.
Sin embargo, aquello que le dijo a su ama de llaves era cierto. Caminaban por la calle y Cielo parecía ajena a todo. A los desniveles del piso, principalmente, y, en segundo lugar, a las miradas intimidantes que cada hombre, sin excepción, le lanzaba.
Dimitri pensó por un momento si le lanzaban esas miradas estando él acompañándola; caminando justo a su lado, incluso tomándola por la cintura para dejar en claro que estaban juntos, por si había alguna duda.
¿Qué se atreverían a hacer estando ella sola?
El puro pensamiento lo envenenó y...
—¿Otra vez está incómodo? —aquella vocecita interrumpió sus pensamientos.
—¿Cómo? —Dimitri no entendía.
—Sí, ya había relajado un poco su semblante... y aquí va de nuevo esa... tensión.
Dimitri la miró intrigado. No era la primera vez que su ama de llaves parecía descifrarlo. Y, en efecto, se dio cuenta de que llevaba la mandíbula bien tensa.
—Ah, no es... es un tic.
—¿Un tic? Cuando está enojado, supongo.
—Sí, supongo, Cielo —no le quedó más remedio que aceptar sus pecados.
—No tiene que volver a acompañarme, General. Le agradezco mucho y fue bastante agradable. Pero puedo venir sola de ahora en adelante... —finalizó con una sonrisa.
Sí, claro.
Dimitri no pudo ocultar el sarcasmo en su rostro.
—Mjm.
—¿Eso qué significa?
—Mjm significa mjm.
Cielo achicó los ojos, como lo hacía cada vez que estaba molesta. En ese momento Dimitri se desarmó. Le parecía particularmente encantadora cuando hacía aquella expresión.
—No tiene que molestarse, Cielo... —dijo con ¿una sonrisa en el rostro?
—No estoy molesta.
—No es la única observadora en este coche, ¿eh? —suspiró hondo—. Para mí ha sido un placer acompañarla hoy. ¿Me permitiría hacerlo en el futuro, por favor?
¿Dimitri Raubtier acaba de pedir algo de una manera amable y, además, dijo por favor? Paren el mundo, que lloverá lava.
La expresión de Cielo se relajó de inmediato.
—Claro, mi General. Será un placer.
Una risita estalló entre sus dientes. De pronto, notó que el coche se había detenido. Habían llegado al orfanato.
Dimitri, al bajar, se percató del edificio en ruinas, sorprendido de que alguien pudiese vivir allí. Con seguridad, su ama de llaves se le adelantó y tocó la pequeña y oxidada campana de la puerta.
Una anciana bastante descuidada se acercó a abrir y, en cuanto abrió la puerta, la cerró de golpe.
—¡Ya le dije a su padre que en dos semanas pagaremos el alquiler! ¡Ahora, por favor, retírense! ¡Tengan misericordia! —gritó desde el interior.
Ambos se miraron confundidos.
—Disculpe, mi lady, pero nos está confundiendo...
—¡Váyanse, por favor! ¡No nos echen! —volvió a gritar.
Dimitri no pudo evitar notar la cara de acongojo de la castaña.
—Señora mía, por favor... nosotros no venimos a pedirle nada. ¡Al contrario! ¡Queremos ayudar!
La mujer no respondió de inmediato.
—¿Ayudar? Nadie nos ha ayudado nunca.
—Abra la puerta, por favor. Permítanos ser los primeros —dijo Cielo con su dulce voz.
Dimitri permaneció tras ella como una estatua, con el rostro rígido e imperturbable.
De pronto, la chapa de la puerta se abrió y la mujer los miró con desconfianza.
—Él... él es el General Raubtier —dijo temerosa.
—Así es, y yo soy Cielo —dijo ella, tendiendo su mano para saludarla.
—¿Qué hace él aquí? Dudo que él quiera ayudarnos...
Dimitri no respondió nada. Solo alzó una ceja, incrédulo.
—Se equivoca...
O no, pensó para sus adentros.
—Hemos traído algunas cosas que pensamos podrían servirles.
De pronto, Dimitri hizo un gesto con los ojos y fue suficiente para que sus guardias comenzaran a descargar todas las compras que su ama de llaves había realizado.
La señora abrió los ojos, sorprendida, y se apartó de la puerta para dejarlos entrar.
—¡Dios ha escuchado nuestras plegarias! —gritó, conmocionada—. Pasen, por favor... Es un sitio muy humilde para ustedes, seguramente, pero está lleno de amor y de la luz de los pequeños...
—No sabíamos qué cosas serían las que más requerirían y compramos intuitivamente... —Dimitri no pudo dejar pasar por alto que Cielo hablaba en plural, aun cuando él ni había comprado ni pensado en nada.
—¡Todo, todo nos sirve! Como pueden ver, no tenemos nada...
Entraron al edificio, que literalmente se estaba cayendo a pedazos. Había cartones en las ventanas para evitar que entrara el frío, goteras en los techos y paredes llenas de humedad y hongos. Las paredes estaban carcomidas y reinaba una oscuridad a la que cualquier humano tendría dificultades para acostumbrarse.
En eso escuchó unos pasos bajando rápidamente. Bastantes.
—¡Señora Josefina! ¡Señora Josefina! —gritaron varios niños—. ¿Quién ha venido a visitarnos?
—Unos ángeles, niños... unos ángeles... —respondió la mujer.
Dimitri dio dos pasos hacia atrás y observó a cada niño con detenimiento. Vestían ropa rota, estaban sucios y despeinados, llevaban zapatos de tela y tenían manchas en el rostro.
Cielo se acercó a ellos de inmediato y saludó a cada uno con un abrazo y una caricia en la cabeza a los más tímidos.
—Usted es tan hermosa, señorita —dijo uno de los pequeños—. Sí parece un ángel... ¿Y él es su esposo?
Cielo se puso roja como un tomate.
—No, cariño, es mi jefe...
—Me da miedo.
Dimitri observaba unos pasos atrás, sin moverse y sin hablar.