Entre la oscuridad y el Cielo

24

Cielo

Cielo corrió todo el camino hasta que por fin vio el castillo y entonces liberó un gran suspiro de alivio.

A pesar de que su noche de fogata había sido dentro de los territorios del General, no dejó de sentirse demasiado lejos de su lugar seguro.

Seguía derramando lágrimas.

¿Por qué siempre quieren aprovecharse de mí?

Su corazón se encontraba lastimado. Consideraba a Adriel su amigo; después de todo, fue de las primeras personas que se acercaron a ella cuando llegó a trabajar.

Jamás creyó que él se atrevería a hacerle algo así...

Todavía podía notar el filo de sus palabras queriendo herirla y la fuerza de sus brazos queriendo lastimarla.

Abrió las grandes puertas del castillo, iluminado únicamente por la luz de las velas, y entró sigilosamente.

—¿Cómo la pasó, Cielo? —escuchó la voz de su jefe a sus espaldas.

—¡General, me asustó! ¡No lo escuché! —dijo mientras posaba una mano sobre su pecho.

Después, cuando recordó que sus mejillas estaban húmedas, se limpió rápidamente.

Su jefe la miraba fijamente, como regularmente hacía cuando la analizaba y parecía meterse hasta sus entrañas.

—¿Está bien?

—Sí, muy bien —dijo bajito y después tragó saliva.

El General, con pasos seguros, se acercó a ella, rompiendo la distancia sin quitarle aquella mirada de encima.

Y, de pronto, sintió su cálida mano sobre su mejilla.

—¿Entonces por qué está llorando?

Le pasó el pulgar y limpió una lágrima.

Cielo suspiró hondo, cerrando los ojos en señal de rendición.

—Es solo que ha sido un día muy largo, con muchas emociones... Creo que no debí haber salido hoy.

Más lágrimas salieron de sus ojos.

Dimitri se acercó un poco más y ella agregó:

—Y estoy muy cansada, General.

—¿De qué? —preguntó como si no hubiera nada más importante que la respuesta que ella tenía para darle.

—De que todos me lastimen —confesó—. Cansada de tener que cuidarme de mi propia sombra... De no poder estar tranquila, de que parezca que nadie respeta lo que siento y yo siempre tenga que sonreír. De siempre tener miedo...

De pronto, las palabras le brotaron sin pensarlo.

Dimitri asintió con la cabeza.

—Conmigo no tiene que sonreír si no quiere.

Pero, irónicamente, con él siempre quería sonreír.

—Y no puedo prometerle demasiado; solo que jamás nadie la lastimará ni volverá a hacerle daño.

—No puede prometerme eso. Usted no lo sabe.

—Sí puedo. Y claro que lo sé. No estoy hablando de que haré una plegaria a los dioses pidiendo por usted, Cielo. Hablo de que tiene toda mi existencia entera encargándose de eso.

Silencio.

El corazón de Cielo latió con fuerza y, de pronto, sintió un calor subir por sus mejillas.

—¿Por qué, General?

Silencio.

—¿Acaso cree que soy una espía de los rebeldes? ¿Piensa que puede sacarme información que no tengo?

Escuchó un gruñido salir desde lo profundo del pecho de su jefe.

—No vuelva a repetir eso, Cielo. Hay mucha gente, cada una con su opinión... Pero usted es demasiado inteligente para dejarse llevar por comentarios desdeñables.

Lo dijo como si hubiera escuchado la misma conversación que habían tenido anteriormente.

Cielo abrió la boca, sorprendida, y justo cuando iba a decir algo, Dimitri la interrumpió.

—¿Usted confía en mí?

Cielo asintió con la cabeza.

—Bien. Es lo único que debe importarle.

Cielo se volvió consciente de lo cerca que se encontraban uno del otro y, sin pensarlo, sus manos aprovecharon para posarse sobre el pecho de Dimitri.

—¿Usted confía en mí, General? —dijo, quitándole un mechón rebelde de su rostro.

Dimitri siguió su movimiento con la cara y cerró los ojos con una mueca, como si su tacto le doliera.

Cielo lo miró confundida.

Y aunque aún tenía un atisbo de duda acerca de la soltería de su jefe, no pudo evitar ponerse de puntillas, estirarse y, antes de que él abriera los ojos, posar sus labios sobre los de él.

Curiosamente, Cielo hasta ese momento sintió cómo todo el brazo de Dimitri la rodeaba con firmeza y, a la vez, él se inclinaba hacia ella para quedar a su altura.

Cielo lo tomó de la nuca con ambas manos, entrelazando los dedos en su cabello.

De pronto, sus pies se despegaron del suelo. El General la elevó con un brazo para pegarla más a él.

Sus lenguas se movían con un ritmo preciso. Sus alientos y respiraciones parecían uno mismo.

Cielo liberó un gemido sobre el beso y Dimitri, en respuesta, la besó con más fuerza.

Parecía desesperado, hambriento de ella.

Parecía un adicto calmando su ansiedad.

Cielo, dando rienda suelta a sus impulsos, subió las piernas hasta la cintura de su jefe.

Él gruñó para sus adentros, caminó con ella unos pasos y la pegó contra una pared.

El pecho de Cielo subía y bajaba bruscamente.

Él comenzó a besarle el cuello. Tenía todo su enorme cuerpo aprisionándola contra el muro, sintiendo cada músculo de su cuerpo.

Sintiendo su dureza.

Cielo realmente estaba perdiendo la conciencia, embriagada y hechizada por aquel hombre y toda su abrumadora existencia sobre ella.

Sus gemidos eran más sonoros.

Ella también comenzó a besarlo. Quería más. Más. Más.

En un movimiento sagaz, ella misma aflojó las tiras de su corsé, liberando sus pechos.

Dimitri gimió al verlos.

Por un momento le pareció sentir cómo temblaban las manos de su jefe mientras la tocaba, aunque descartó la idea de inmediato.

Dimitri no parecía el tipo de hombre que temblara por una mujer.

—Me estás matando —dijo aquel hombre con una voz entre un gruñido bajo y un gemido.

Cielo lo siguió besando. Estaba deseosa de que aquel hombre la poseyera por completo.

Jamás se había sentido así antes.

Lo quería.

Lo quería.

Estaba loca por él.

Pero, de pronto, dejó de sentir sus labios.




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