Entre la oscuridad y el Cielo

25

General Dimitri Raubtier

Con solo una mirada amenazante fue suficiente para que Isaac lo siguiera a la biblioteca, donde, desesperado, se sentó en la silla frente a su escritorio.

—¿Puedo saber qué significa este alboroto?

—Mi hijo está muerto... —llanto.

Dimitri lo dejó hablar.

—¿Lo mató, cierto? —llanto—. Mi hijo era un buen muchacho. No merecía...

Dimitri, por un momento, comenzó a sentir lástima entre sus lloriqueos y sorbidas de mocos.

—Todo por esa plaga que ahora está en este castillo. ¿Por qué la trajo? ¿Por qué trajo a esta maldita humana...?

Dimitri se abalanzó hacia él sin dejarlo terminar la frase.

—No te atrevas a terminar aquello que ibas a decir.

Lo amenazó mientras cerraba una mano alrededor de su cuello y comenzaba a levantarlo del asiento, asfixiándolo.

—Por favor... no, no me mate —suplicó entre jadeos, con los ojos desorbitados y los pies ya sin tocar el suelo.

Dimitri, de pronto, lo dejó caer.

—Te dejo con vida solamente por el respeto al tiempo que tu familia ha trabajado para mí.

—Gracias... gracias, General —dijo entre tosidos.

—Pero lárgate de aquí. No quiero verte en mi castillo ni en mi territorio.

El viejo Isaac se levantó con la mirada perdida.

—Usted está interesado en ella, ¿verdad? Por eso mató a mi hijo. Usted prefirió la vida de un humano a la de un mágico.

Dimitri apretó los puños.

—No me tientes demasiado, porque mi benevolencia tiene un límite. No hagas que me arrepienta de haberte dejado con vida.

—Me iré y no volverá a saber de mí...

—¡Largo! Y escúchame bien, Isaac. Si te llego a ver por estos rumbos, desearás con todas tus fuerzas que hoy te hubiera asesinado.

El hombre asintió con la cabeza y salió corriendo de una forma cobarde y asustadiza.

Dimitri mandó a un par de guardias para que lo custodiaran mientras recogía sus pertenencias y, después, lo escoltaran directamente al primer puerto para que partiera lejos.

Dimitri se sintió extraño.

¿Se arrepentía de haber matado a Adriel o se arrepentía de haber dejado con vida a su padre?

No lo sabía.

Pero una sensación extraña se alojó en su pecho, algo parecido a un mal presagio escribiéndose en el mismo instante en que Isaac abandonó su castillo.

—¿Cómo está Cielo? —preguntó con el ceño fruncido, pero no pudo evitar perder un poco del enojo que llevaba encima al momento de entrar y verla.

—Bien, General —respondió ella, sentada en un banco de madera de la cocina—. ¿De verdad Adriel ha muerto?

Él asintió en respuesta.

Ella liberó un suspiro profundo y Dimitri la notó un poco más pálida de lo normal; sin aquel habitual color rojizo en sus mejillas y en sus labios.

Sus labios que ayer tenía encima...

—¿Cómo se siente? —volvió a preguntar, a pesar de que escuchaba su acelerado corazón martillándole el pecho.

Tan acelerado como lo había estado mientras llegaba al clímax pensando en él.

Y, de pronto, sintió una oleada de cólera, acompañada de un sentimiento irracional.

Nadie puede acelerar su corazón más que yo.

—No lo sé, General. No me esperaba esto, a pesar de... —se detuvo.

A pesar de que él quería forzarme.

—Bueno, no deseaba que nada le pasara...

—Debe de calmarse. Vamos, beba un poco de ese té.

—¿Piensa que fue mi culpa?

—¿Qué? —preguntó confundido.

—Sí... su muerte. ¿He sido yo, como ha dicho su padre?

—¿Cómo puede decir algo así, Cielo? ¿Qué le he dicho acerca de escuchar a cualquier persona que le dé una opinión?

—Lo sé... No debo hacerlo. Es solo que siento... que tiene razón.

Dimitri alzó una ceja.

—Deje de decir tonterías.

—File me ha dicho que lo mejor es no decirle a nadie —dijo en susurros—. Pero la verdad, no puedo esconderle esto. Creo que fui la última en ver a Adriel. Y discutimos...

—¿Discutieron?

Unas lágrimas cayeron por su rostro.

—Sí. Es que... bueno, no importa. Pero me asusté y salí corriendo, dejándolo solo. Quizá si me hubiera quedado...

—¿Él la asustó?

Dimitri lo preguntó aunque sabía bien la respuesta.

Ella dijo que sí con la cabeza.

—¿Se da cuenta de que está culpándose por huir de su agresor?

Ella abrió las comisuras de sus labios, pero no respondió.

—Cielo, escúcheme bien... Nada de esto tiene que ver con usted. ¿Le queda claro?

Ella asintió.

—Lo que sea que le haya sucedido a Adriel fue únicamente su responsabilidad y consecuencia de sus acciones.

Cuando Dimitri tomó acción contra aquel chiquillo, jamás pensó que su ama de llaves pudiera sentirse responsable.

Y una punzada de arrepentimiento se instaló en su pecho, pensando que debió haber elegido otro momento para deshacerse del chico, uno en el que Cielo no estuviera involucrada.

Sin embargo, no pudo contenerse.

La ira lo invadió y sus instintos salieron sin pedirle permiso.

Algo que pocas veces le sucedía.

Perder el control.

Cielo lo miró unos instantes, detenidamente.

Y después se abalanzó hacia él, rodeándolo con sus brazos.

Dimitri, aun cuando estaba un poco más acostumbrado a su tacto, no dejó de sorprenderse y fascinarse con aquella cercanía.

Su mente, sin quererlo, se llenó de imágenes de ella entre sus brazos, de sus gemidos atorados en su garganta, de su sabor cargado de lujuria.

Le respondió el abrazo, posando una mano y acunando su nuca, y la otra sobre su espalda.

Inhaló fuerte y profundo.

—Siempre huele tan bien —dijo aquella hermosa mujer, aún sin soltarlo.

Dimitri casi se atragantó con su propia saliva, pareciéndole curioso que precisamente ella dijera eso.

—¿Ah, sí? ¿A qué?

Cielo inhaló.

—Como a madera... menta...

Volvió a inhalar.

—Quizá un poco a romero. No lo sé. Huele a usted.

Dimitri no pudo contenerse más y liberó una pequeña risa.




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