Entre la oscuridad y el Cielo

26

Cielo

—¡Oh, Louis! ¡Hubiera visto la cara de esos niños cuando les dimos la ropa y las mantas! —dijo Cielo mientras le ayudaba a doblar unas sábanas—. Nos miraban como si fuéramos sus salvadores... Jamás me habían visto de ese modo...

—Fueron sus salvadores, niña... Ese acto fue muy noble.

—Sin embargo, siento que fue como un grano de arena, Louis... Quiero hacer más por ellos. Hay una pequeña enferma de neumonía. Su nombre es Mila y, Dios, está tan frágil y débil.

—Un paso a la vez, niña, un paso a la vez. No quiera salvar al mundo en una noche.

—Quisiera... —suspiró—. Pero mientras siga trabajando para el General, ahorraré todos mis ingresos para poder seguir ayudando... —sacudió una manta—. Así que no se deshará pronto de mí, Louis.

—Que terrible noticia...

Cielo lo miró, achicando los ojos, y él terminó por soltar una pequeña risa.

¿El viejo Louis acaba de hacer una broma?

—Y, Louis, estoy tan agradecida con el General... Se ha portado tan bien... —Se quedó mirando al infinito, absorta en sus pensamientos—. Es tan, tan... No lo sé... Pero siempre logra sorprenderme.

Cielo no sabía si contarle a Louis acerca de la muy jugosa donación que su jefe había realizado al orfanato, pero prefirió pecar de discreta y guardarse esos detalles.

—Sí, niña, me imagino... Me lo imagino. Lo que ha logrado en el General es sorprendente...

Cielo levantó una ceja.

—¿Logrado?

—Vamos, Cielo, usted mejor que nadie sabe de lo que estoy hablando...

Cielo se ruborizó y alisó su vestido con ambas manos.

Besarlo y seducirlo como la arpía que es.

—No lo sé del todo, Louis... Lo único de lo que estoy segura es que el General es...

—Sé mejor que nadie cómo es. Lo conozco desde que nació. Es un alma buena y justa por naturaleza. Si no fuera por la muerte de sus padres y la guerra que lo ha envenenado, él sería otra persona.

—¿Cómo murieron sus padres?

—En la antigua guerra...

—Dios. ¿Por eso...?

—Así es... Cuando murieron, Dimitri se puso como objetivo terminar él mismo con esta guerra.

—¿Cómo eran sus padres, Louis?

El viejo mayordomo dejó escapar un suspiro cargado de tristeza, y Cielo pensó que seguramente los extrañaba.

—Eran muy buenos, niña, y amaban mucho a su hijo. Aunque ambos eran de la comunidad oscura, jamás usaron sus dones de guerra, pues no había sido necesario... Eran buenos con mágicos y humanos por igual. De hecho, tenían muchos amigos humanos. Fueron de los pocos que quisieron hacer las cosas pacíficamente y llegar a acuerdos. Pero fueron traicionados...

—Por humanos... —Cielo terminó la frase.

—Así es. Y no cualquiera; un amigo muy cercano, alguien a quien consideraban familia, los traicionó. Y su confianza les costó la vida. Dimitri, a partir de ahí, cambió demasiado...

—Imagino cuánto sufrió.

—A decir verdad, no derramó ni una lágrima. Ninguna. Solo se puso esa máscara de hierro que hasta la fecha lo acompaña.

Cielo se limpió unas lágrimas.

—¿Los humanos hemos hecho mucho daño, verdad, Louis?

—Todos hemos hecho mucho daño, niña... Todos.

Cielo creyó ver un velo cristalino en los ojos del viejo, pero aquel velo se disipó rápidamente.

—Ahora será mejor que vaya a descansar o su jefe me dará una reprimenda.

—Pero si estamos pasándola muy bien... Déjeme ayudarle a subir estas sábanas y será todo.

Cielo tomó una pila de sábanas dobladas y ambos salieron de la lavandería.

Entonces Cielo escuchó una voz.

—¿Qué no le dije, Louis, que quería que Cielo descansara?

—Hice lo mejor que pude... —Louis caminó sin detenerse con las sábanas—. Pero la señorita no quiso escucharme...

—No tenía que llamarle la atención, General. Ahora estará molesto conmigo...

—Yo estoy molesto con él. No debería tenerla aquí trabajando cuando le dije que la mandara a descansar.

—¿Descansar? Hoy no es mi día de descanso, General.

Su jefe se rascó la cabeza, enojado.

—¿Sí sabe que no tiene nada que ver su día de descanso, ¿verdad?, Cielo? Ayer fue un día muy ajetreado para usted y hoy recibió una impresión fuerte. En la mañana se encontraba visiblemente afectada...

La castaña se mordió el labio inferior, recordando aquello que durante todo el día se había esforzado en olvidar.

Adriel había fallecido y probablemente por su culpa.

—Cielo —escuchó la voz de su jefe llamarla—. ¿Sí me escuchó?

—Ah, sí, sí. Por supuesto.

El General la miró desconfiado.

—¿Y bien...?

—Sí... ¿Claro?

—¡¿Por qué dice que sí me escuchó si es mentira?!

—Lo siento... Solo me distraje un poco —dijo avergonzada.

—Le preguntaba: ¿se siente mejor?

—Ah, sí, claro. ¿Vio? Mi respuesta fue la misma. —Le sonrió—. Hacer cosas me sirve, General. No puedo quedarme a descansar todo el día... Mi propia mente terminaría conmigo.

—¿Sabe que eso no está bien, verdad?

—¿Qué?

—Engañar a su mente teniéndola ocupada...

Cielo abrió la boca, sorprendida de que su jefe descubriera su mayor don.

Engañar a su mente manteniéndola ocupada.

—No le veo lo malo. Me hace sentir mejor...

—Se engaña a sí misma...

Silencio.

Ahí estaba aquella asertividad tan característica de su jefe, aquel don de leerle el pensamiento.

La voz de Cielo se quebró y una lágrima amenazó con asomarse por sus ojos, pero la detuvo. Cielo tenía el don increíble de meter sus emociones en cajones bajo llave.

Llaves que, al parecer, el General siempre encontraba.

Cielo sonrió.

Estaba segura de que, si decía alguna palabra en voz alta, lloraría.

—Está bien... —dijo Dimitri—. Ya veo... Solo quiero decirle nuevamente que usted no tiene la culpa de nada. Y, si alguien le hace sentir lo contrario, o mal, o cualquier emoción negativa...

Se acercó a ella. Más y más, hasta quedar inclinado junto a su oído.




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