General Dimitri Raubtier
Desde el día en que Cielo y él se habían besado apasionadamente, mezclando sus alientos y sintiendo no solo su propia lujuria, sino también la de aquella hermosa mujer que lo enloquecía, Dimitri no había vuelto a ser el mismo.
Siempre había aceptado y reconocido aquella extraña obsesión por Cielo, una obsesión que había comenzado en el mismo momento en que la olió por primera vez.
Y, para su desgracia, aquella obsesión había crecido cada vez más.
Ahora se sentía un poco... ¿asustado?
El General jamás lo reconocería, por supuesto que no.
Sin embargo, estaba aterrado por el hecho de no saber hasta dónde podía llevarlo aquel sentimiento.
Solo sabía con certeza que cada pensamiento y cada latido de su corazón estaban dedicados a una persona.
—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó el viejo Louis, entrando con una bandeja de café y bocadillos a la biblioteca—. Toqué algunas veces y no respondió...
Vaya. Estaba tan sumergido en sus pensamientos que no había detectado la presencia de su mayordomo acercarse.
—Sí, Louis. Solo estaba... pensando.
—Ha estado muy pensativo últimamente, señor... ¿Pasa algo?
El viejo estaba más entrometido de lo acostumbrado.
—No, Louis...
—Hoy la señorita Cielo irá al pueblo. Dice que a visitar a una pequeña de nombre Mila... ¿Usted no irá con ella?
—No —respondió tajante.
—Qué lástima. A la señorita seguro le habría gustado que usted fuera...
—Basta, Louis. ¿Qué pasa contigo hoy?
Dimitri se sentía especialmente malhumorado. Y, aunque le inquietaba no acompañar a Cielo en aquel día y dejar que anduviera sola por ahí, bueno, realmente no estaría sola. Veinte guardias irían con ella.
Su decisión de no ir se veía un poco motivada por aquel sentimiento.
Miedo.
Lo había sentido desde hacía varios días y se fortalecía en él como un maldito monstruo que quería devorarlo desde dentro del pecho cada vez que estaba cerca de aquellos ojos azulados.
***
-Albert Tuls está solicitando que dé un discurso de paz y buena fortuna para los mágicos. Ya sabe, para subir los ánimos... - dijo Jaket quien se encontraba sentado en la sillas tras el escritorio del despacho en su cuartel; Jaket es un subordinado del parlamento o mejor dicho lamebotas, como Dimitrí a menudo lo llama. Si el había ido a visitarlo definitivamente significaba que el parlamento efectivamente lo tenía en la mira. Tanto cómo para mandar a su mandadero en modo de advertencia.
—¿Un discurso para subir los ánimos en un baile? Dudo que sea necesario...
—General —dijo Jaket con tono severo - Los rumores acerca de su amorío con su trabajadora son cada vez mayores.- Touche - Además de que su presencia en este baile es imprescindible le serviría llevar una acompañante y disipar todas esas patrañas
-¿Una acompañante?
-Por supuesto. Alguien como Simonne por ejemplo, alguien que apasigue las habladurías...
Dimitrí azotó sus manos en el escritorio furioso ¿Qué le pasa a todos con su afision con Simonne?
-Si no enclarese este asunto pronto podría traerle consecuencias....
-¿Qué clase de consecuencias, Jaket? - pregunto hironico.
-Que se cuestióne sus lealtades, por ejemplo.
-¿Mis lealtades? - Dimitrí definitivamente no estaba de humor para comentarios de ese tipo, particularmente le enfurecía que cuestionaran su ética. - He arriesgado mi vida inunerables veces por ese reino. No permitiré que se me cuestióne mi valía por algo tan simple como codearme con humanos.
-No es tan simple...
-Si lo es. No está prohibido relacionarse con humanos, no es ilegal hacer caridad, ni hacer amistad o emplear a humanos incluso casarse con ellos...
-¿Casarse dijo? Pero usted es un heredero de posición y poder. Con mucha responsabilidad en sus privilegios
-Privilegios - rio amargamente y después se acercó intimidante - Ni usted ni nadie vendrá a querer controlar con quién hablar y con quién relacionarme. ¿Quedó claro?
-No me rete Jaket . Y no presione botones equivocados.
-Yo estoy de su lado. Solo lo aconsejo y le habló acerca de inquietudes y rumores que han llegado al parlamento.
-Los rumores me importan una mierda y lo mismo debería importarle al parlamento. Debería de importarles los resultados verdaderos y las batallas vencidas ante los rebeldes
Dimitrí trinaba de coraje, se sentía herido e incluso un poco ultrajado vaya que cuestionar su lealtad después de dedicar su vida justamente a esta causa. Y para desfortunio de Jaket el solo había plantado un reto en aquel obstinado general.
¿Querían que fuera acompañado al baile? ¿Lo querían tanto que se tomaron la molestia de mandar a su pelele? Pues justo eso haré.
****
Miró su reloj de mano, el cual marcaba más de las tres de la tarde. El sol estaba casi en su punto máximo.
¿Qué estaría haciendo Cielo en este momento?
Se hizo aquella pregunta una vez más y después notó un ligero temblor en sus manos.
Sí.
Como todo un desquiciado.
—General. Nuestro espía ya fue enviado para las filas de la guardia real - Dinsel lo saco de sus pensamientos, últimamente se mete tanto en ellos que parece perderse de tiempo, conversaciones y presencias...
—Perfecto. Ahora solo debemos esperar a que nos traiga noticias.
—Pensando en que la información que nos dio era real...
—Lo es —Dimitri se puso de pie—. Estoy seguro de que lo es.
—Y, de ser así, ¿piensas que el guardia realmente dio su nombre real?
—¡Maldita sea, Dinsel!
Dimitri azotó su mano temblorosa contra el escritorio.
—¡Solo sé que aquel nombre nos llevará adonde necesitamos! Maldición.
Dimitri tenía muy desarrollada su intuición. Era parte de sus dones como Oscuro; aquella intuición era innata en los depredadores.
—Entendido, General.
Dinsel enderezó su postura al darse cuenta de que su amigo no tendría paciencia para informalidades.