Entre la oscuridad y el Cielo

29

General Dimitri Raubtier

—General Raubtier, un gusto encontrarlo —dijo Jaket, acercándose—. Veo que no hiciste caso de mis advertencias... Y veniste con

—Ella es la señorita Cielo. Es mi...

—Su ama de llaves, por supuesto .- la barrio de arriba abajo - Es aún más hermosa de lo que escuché...pero siendo honesto no sé si valga las consecuencias —Cielo lo miró confundida—. Un gusto, señorita. Mi nombre es Jaket...

El hombre no pudo evitar bajar la vista hacia su escote, importándole poco que su esposa estuviera a su lado. Dimitri se tensó de inmediato.

—Oh, y casi olvido presentar a mi amada esposa, Pilar.

La mujer, cuyo aroma a Dimitri le recordaba al queso medio rancio, miró con mala cara a su esposo antes de saludar con una amplia y falsa sonrisa.

—Pilar Reynalds —respondió con orgullo.

—Un gusto. Mi nombre es Cielo. A secas... —respondió, más segura de lo que él habría previsto.

La mujer hizo una mueca durante unos segundos y después volvió a disimularla con aquella falsa sonrisa.

—Sí, creo que he escuchado algo de ti... Eres la humana que hace caridad para el orfanato de la calle Riverch.

—Así es. Es el primero de muchos.

—Ya veo...

—Ven, querida —la interrumpió su esposo—. Vamos a saludar a la familia Ludik.

Ambos se retiraron con sonrisas forzadas, lo cual le hizo querer masajearse la sien.

—Disculpa por eso.

—No importa. ¿A qué se refería con consecuencias?

De pronto, todo el Parlamento comenzó a acercarse a saludar interrumpiendolos, Dimitri no pudo evitar sus impulsos y pegó más a la castaña a su costado.

Ningún hombre, sin excepción, parecía capaz de verla sin deseo o sin juicio, y aquello era equivalente a recibir una patada directamente en el esternón. Y comenzó a pensar o mejor dicho confirmo que llevar a Cielo a ese baile solo para ademostrar que podía hacerlo fue muy absurdo... Y quizá egoísta exponerla de ese modo. Sin embargo Dimitri jamás reconocería que el mismo era quien quería demostrarse que podía ser aquel hombre que esa noche se permitió ser.

Y es que la mujer que tenía a su lado, aunque nunca había creído en la divinidad ni en la perfección, si existiera alguna de las dos, sin duda sería ella.

No podía culpar a los hombres que la miraban con lujuria ni a las mujeres que la observaban con envidia.

Aunque eso no quitaba que su humor empeorara con cada comentario malintencionado de alguna resentida o con cada mirada indecorosa de sus esposos.

Entonces sintió nuevamente aquella caricia de Cielo sobre su mandíbula y se relajó enseguida, como si fuera el mejor calmante que hubiera conocido.

—¿Cómo la estás pasando?

—Maravilloso...

—¿Aun con los malos comentarios y las miradas lascivas?

—¿De qué hablas? Yo no he notado nada de eso...

Lo dijo con una gran sonrisa y era tan distraída que Dimitri dudó si mentía o si realmente no había notado nada.

—Tienes que probar estos bocadillos.

Tomó de la charola que llevaba un mesero dos canapés.

—Son una delicia. Están hechos de una raíz muy rara que solo se encuentra en las islas del Medio Oriente.

—¡No puede ser! Es delicioso. ¿Cómo es posible que no conociera este sabor? Bueno... ahora me doy cuenta de que no conozco millones de cosas. ¡Y pica!

De pronto, Cielo se puso roja y Dimitri no pudo evitar reír un poco.

—Sí, pica ligeramente.

—Pero está delicioso...

De pronto, llegó a sus fosas nasales un aroma inconfundible, uno que le ocasionaba el mismo efecto que Cielo, pero al revés.

No podía estar cerca de aquel aroma. Era un repelente absoluto para él.

Era fuerte, penetrante... corrosivo.

Simonne acababa de llegar al baile.

Entre la gente no podía verla, pero sabía que estaba ahí.

De pronto, el corazón de Cielo comenzó a latir más deprisa. Empezó a jugar nerviosamente con sus manos.

—¿Está todo bien? —preguntó, tomando una de sus manos.

—Sí, sí. Es solo que...

La multitud se abrió.

Y ahí estaba Simonne.

Parada con un vestido rojo de satén, tenía un aura de poder y soberbia y una mirada penetrante dirigida hacia la castaña que estaba a su lado.

—No debes ponerte nerviosa por ella... —susurró Dimitri junto a su oído mientras retaba a Simonne con la mirada—. Ella no es nada mío. Nunca lo ha sido y nunca lo será.

—Parece que me odia...

—No puede hacerte nada.

Quitó un mechón de cabello del rostro de Cielo y lo acarició.

—No le tomes importancia, Cielo. No dejes que arruine la noche.

Dimitri notó cómo la piel de su cuello se erizó ante su voz. Después, ella humedeció sus labios y le sonrió.

—Pero ¿quién es?

—Ella es la hija del conde Richard. Un hechicero que llegó a la nobleza gracias a su esposa, que pertenece a la comunidad oscura. Hace poco, el conde me ofreció un matrimonio arreglado con ella y lo rechacé.

—¿Por qué lo rechazaste? Su matrimonio hubiera sido muy... benéfico.

—No estoy interesado en ella. Digamos que no somos compatibles.

Cielo rio.

—¿Quién lo diría? El General Dimitri, un romántico.

Dimitri se sintió satisfecho de haber conseguido que olvidara por un momento las amenazas que la pelirroja le lanzaba con la mirada.

Ella seguía ahí, por supuesto.

Podía sentirla observándolos con recelo.

Pero la mujer que tenía enfrente ahora sonreía.

Y eso era suficiente.

—Puede que tú me estés haciendo un romántico.

Cielo tragó saliva y él escuchó de inmediato cómo su corazón comenzaba a latir con rapidez.

En ese momento, una dureza se apoderó de su cuerpo.

El saber que tenía el poder de acelerar los latidos de ella hacía que los suyos también se aceleraran.

**

—Son tiempos difíciles. Tiempos de guerra.

El público guardó silencio.

Los ojos de Dimitri se conectaron con los de Cielo, que se encontraba entre la multitud, abajo del escenario.




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