Entre la oscuridad y el Cielo

30

Cielo

Abre los ojos por la luz del sol pegando directamente en su rostro.

Pero no ve la ventana de su cuarto.

Sin mover más que la mirada, escudriña la habitación en la que se encuentra.

Dios mío...

Entonces cae en cuenta.

Está en la habitación de Dimitri.

Una oleada de recuerdos la invade: el baile, su baile con aquella canción que siempre había sido su favorita, el arte, el vino dorado... Todo había sido un sueño hecho realidad.

Y luego, lo que pasó después había ido mucho más allá de sus sueños.

Se mueve ligeramente y siente una molestia poco conocida en su cuerpo. Los rastros de la noche anterior todavía están ahí, recordándole el placer que había sentido.

De pronto gira la cabeza.

Y ahí está.

Dimitri Raubtier dormido.

De esa forma parece un ángel o una criatura mitológica. Tan apacible y bello. Su mandíbula se marca perfectamente y algunos mechones de cabello caen sobre su frente.

Cielo tiene la tentación de tocarlos, pero detiene la mano a unos centímetros de su rostro.

¿Cómo debe comportarse ahora con él?

¿Como novios?

Definitivamente, eso era un no.

No quería convertirse en la mujer enfadosa que no pudiera sacarse de encima.

¿Como amantes secretos?

No.

—¿Qué pasa? —escucha la voz profunda y autoritaria salir de la boca de su jefe, todavía con los ojos cerrados.

Cielo da un pequeño salto del susto.

—¿Qué? No, nada... ¿Cuánto llevas despierto?

—Dos segundos.

Abre los ojos, iluminando la habitación con aquel color gris, como el cielo cuando se avecina una tormenta.

Entonces se queda mirándola durante unos instantes, de esa forma tan penetrante que lo caracteriza.

—¿Por qué siempre me miras de ese modo?

—¿Te he dicho alguna vez que eres lo más hermoso que he visto?

Cielo parpadea.

Es extraño.

La forma que tiene aquel hombre de hacer cumplidos siempre le resulta curiosa. Dice palabras hermosas con el rostro cargado de seriedad, como si estuviera dando una orden.

Quizá simplemente es falta de costumbre.

Cielo sonríe y no puede evitar ruborizarse.

—Lo dice porque estoy desnuda en su cama, General —responde en tono bromista.

Él sonríe.

—Lo digo porque no es más que la verdad.

Cielo se sienta sobre la cama y se envuelve con la sábana blanca.

—Debe de ser tardísimo...

—Son más de mediodía —dice mientras mira su reloj de mano—. Aparentemente.

Por la expresión de Dimitri, a él también le cuesta creerlo.

—¿Qué? No puede ser...

Intenta levantarse, pero una incomodidad en el cuerpo la hace detenerse.

—¿Te duele algo?

Cielo lo mira entrecerrando los ojos.

Él sabía perfectamente cuál era la respuesta.

Pero antes de que pudiera decir algo, Dimitri se desliza por la cama, la rodea con sus brazos y la devuelve suavemente al interior.

—No tienes que levantarte.

—¿Pero qué van a decir?

—¿Quiénes? ¿Mis empleados? Si se atreven a decir algo...

Cielo ríe.

—No hay por qué amenazar a nadie.

—Tengo que ir al cuartel. Ya sabes... cosas de General.

—Y tú te quedarás a descansar.

—No.

Dimitri la mira con aquella expresión seria que hace imposible saber si está bromeando.

—Ayer nos desvelamos. Fue una noche cansada —dice con una sonrisa cínica—. Y te ordeno que te quedes a descansar... aquí.

Cielo abre los ojos.

—¿En tu habitación?

—Sí.

Hace una pausa.

—Quiero verte dormida aquí cuando regrese.

Cielo ríe.

—Si no me deja más alternativa, General.

Dimitri se levanta, dejando al descubierto su imponente musculatura, lo que hace que Cielo trague saliva.

—Dimitri.

—¿Sí?

—¿Puedo darte un beso?

Él la observa durante unos segundos.

—Tú puedes hacer lo que quieras conmigo.

Se inclina para besarla.

Y como si ninguno de los dos pudiera detenerse, aquel beso se intensifica poco a poco, volviéndose más apasionado.

Cielo todavía siente el cansancio de la noche anterior, pero no le importa.

Quiere más de él.

Nunca parece ser suficiente.

Porque tener a Dimitri cerca la hace sentir completa, en cuerpo y mente.

Y en ese momento no existe espacio para nada más.

Solo Dimitri.




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