Entre la oscuridad y el Cielo

32

Cielo

Despierta nuevamente en el cuarto de Dimitri, pero esta vez se encuentra sola.

Él salió muy temprano y, antes de irse, le dijo que no era necesario que trabajara ese día si no quería.

Pero ella sí quería.

Ahora solo está lidiando con el golpe de realidad que se dio en la cabeza... y con la vergüenza.

¿Cómo demonios saldría de aquella habitación y miraría a la cara a sus compañeros de trabajo?

Si no habían hablado de ella, seguramente sí habían pensado en lo ocurrido.

Pero tenía que salir de ahí.

Necesitaba vestirse con algo más que camisas de Dimitri y volver a verse como una persona normal.

Parecía estar despertando de un sueño.

Uno hermoso.

Pero ya había llegado la hora de saltar de la nube y pisar tierra.

No había hablado con Dimitri acerca de cómo iban a manejar toda aquella situación. Él no había tocado el tema.

Y es que...

¿Siquiera hay algo que hablar?

Dimitri no le había prometido nada.

Y ella estaba más que enterada de su postura acerca de las relaciones entre humanos y herederos.

Eso le decía que ella y Dimitri no tendrían un felices para siempre.

Pero ¿qué pasaría con ella?

Cuando se aburriera de ella, quizá la despediría.

O peor aún...

Dimitri tendría un matrimonio feliz en unos años y ella les abriría la puerta, ocupando el puesto del viejo Louis. Criaría a sus hermosos hijos con sangre dorada hijos que tendría con una hermosa heredera

Y...

Unas lágrimas comenzaron a salir de sus ojos.

Pensó en lo estúpida que era por atormentarse de aquel modo.

Qué estúpida he sido.

Estúpida por enamorarse de su jefe.

Estúpida por haberse acostado con él repetidas veces.

Y todavía más estúpida por no arrepentirse de nada.

Dimitri le había dado más felicidad de la que jamás había imaginado.

Y si aquello duraba apenas un suspiro, estaba bien.

Pero definitivamente no se quedaría a abrirle la puerta toda su vida.

Pero por ahora...

Disfrutaría de él con todas sus ganas y todas sus fuerzas.

Lo amaría tanto como pudiera, para compensar el día en que ya no pudiera hacerlo.

—¡Buenos días, Louis!

—Buenos días, niña —respondió mientras caminaba hacia la cocina.

—Louis... —susurró.

El viejo la miró con aburrimiento.

—Quería hablar con usted de...

—No es de mi incumbencia.

—Pero...

—No necesito escuchar nada de lo que tiene que decirme.

—¿Cómo sabe...?

—Lo sé.

Suspiró y detuvo su caminar.

—Escúcheme. Los asuntos personales del General no me incumben a mí ni a nadie del personal. Le recomiendo que no se preocupe por eso. No debe darle explicaciones a nadie.

—Pero estoy apenada.

El mayordomo la miró de reojo.

—No debe estarlo. Ahora vaya a hacer lo que sea que tenga que hacer y no piense en insignificancias.

Caminó más rápido, dejándola atrás.

—¡Gracias, Louis!

Por alguna razón, aquel extraño intercambio de palabras la había hecho sentir mejor.

Fue al dispensario a realizar la lista de insumos y después pasó por la lavandería.

Ahí se topó con sus dos amigas, quienes, gracias a Dios, no hicieron preguntas y ella no tuvo que dar ninguna respuesta.

Solo actuaron como cualquier otro día.

Y ella, por fin, comenzaba a sentirse como la Cielo de siempre.

Normal.

Corriente.

—Hola, preciosa...

Escuchó aquella voz aterciopelada susurrarle justo al oído.

—¡Me asustaste!

Se dio la vuelta para verle el rostro.

—No te esperaba tan temprano.

—Tenía que hacer algo de suma importancia.

—¿Ah, sí?

—Sí...

Dimitri se acercó un poco más, casi rozando sus labios.

Descubrió a Cielo ansiosa porque lo hiciera y dejó escapar una sonrisa cargada de vanidad y satisfacción.

—Hay algo que quiero mostrarte.

***

—Aún no puedo creer que puedas montar a esa bestia...

—Su nombre es Noche —respondió Cielo, poniendo los ojos en blanco.

Subió a su caballo como toda una experta.

—Y somos mejores amigos. Hemos mejorado mucho.

—Me alegra saber que no soy el único que se dejó domar por ti.

De un brinco, como queriendo humillarla, se subió a Tormenta, que permanecía a su lado.

Montaron despacio, lo suficiente para poder conversar.

—Te noto de buen humor...

Cielo no era tan vanidosa como para creer que su buen humor se debía a ella.

—¿Ah, sí?

—Sí. No tienes ese semblante tan tenso y fruncido.

-Es que las cosas por fin van saliendo bien...

-¿Referente a la guerra?

—Estamos a punto de vencer. El ataque en la Montaña Durmiente solo nos ha traído buena fortuna. Pudimos sacar algo de información...

Dimitri se detuvo, como recordándose a sí mismo que no debía hablar de más.

Quizá Cielo no debió insistir.

Pero tenía una extraña necesidad de que él confiara en ella.

—¿Qué clase de información?

Dimitri guardó silencio durante unos instantes, meditando hasta que finalmente soltó:

—Nos confirmó lo que habíamos sospechado desde hace tiempo. Bingling está coludido con ellos.

Cielo abrió los ojos con sorpresa.

—Y nos dio el nombre de uno de sus soldados. Era quien les servía como soplón. Pasamos tiempo rastreándolo hasta que, por fin, en la madrugada, mis hombres dieron con él.

—¿Por eso te fuiste?

—Así es.

—¿Y está en el cuartel?

—Así es. Y no tardará en hablar y darnos todo lo que necesitamos. Si presentamos a este hombre y su testimonio ante el Parlamento, arrestarán a Bingling. Y, por supuesto, sin la ayuda que les brinda a los rebeldes, sus días también están contados.

—Creo que son buenas noticias. Pero tú... ¿no es arriesgado ponerse en contra de un hombre como Bingling?

—Para mí no.

Dimitri sonrió con seguridad.

—Bingling llegó a rey mediante una mala jugada del destino . Es un heredero de la sabiduría. Sin embargo, su línea de poder está muy por debajo de la mía.




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