Entre la oscuridad y el Cielo

33

General Dimitri Raubtier

Han pasado algunos días. Días en los que Dimitri se desconoce.

Hace todo lo posible por no salir del castillo. Da paseos por el bosque a todas horas; a caballo o a pie, le da igual. Busca cualquier oportunidad para estar con Cielo, teniendo intimidad con ella en cada rincón oscuro y en cada momento que puede.

Ha sonreído. Incluso ha tenido ataques de risa.

Él no sabía que podía reír hasta quedarse sin respiración.

También le ha contado a aquella mujer cosas de su pasado; como lo valiosa que es aquella fuente dorada que restauró, pues le recuerda a su madre.

—General... El Parlamento pregunto por qué no asistió a la cena...

Y cuando le resulta inevitable salir, como ahora, se encuentra ansioso y con el único espacio en su mente ocupado por su Cielo.

—Sí, tuve otros compromisos importantes.

—Pero...

—Basta, Jaket. No quiero festejar antes de tiempo, pero la victoria contra los rebeldes no está a la vuelta de la esquina.

—Habla demasiado confiado, General.

—Y a usted quizá le haga falta un poco más de confianza.

Dimitri sabe que no debe cantar victoria antes de tiempo. Sin embargo, con Doroteo en su cuartel, no solo podría ganar la guerra, sino también desenmascarar a Bingling.

Un sujeto como él, que ha hecho tanto daño a los suyos, no puede seguir siendo el sucesor del rey.

***

—¿Cómo va nuestro invitado? —preguntó Dimitri al adentrarse en el cuarto de interrogatorios.

—El chico se ve terrible... —respondió Dinsel.

Cuando Dimitri vio el rostro del muchacho, inconsciente, totalmente hinchado y morado, una punzada de coraje se instaló en su sien.

—¿Qué mierda, Dinsel? Les dije que no tocaran al muchacho hasta que yo les diera la orden.

—Kass...

—Te dije que no quería ver a Kass aquí.

Respondió sin siquiera dejarlo terminar la oración.

Desde aquel último enfrentamiento con Kass, no hablaba con él más que para lo elemental. Incluso lo había excluido de los asuntos de confianza, y Dinsel había intentado, a como diera lugar, volver a incluirlo.

—Despiértalo.

El joven tenía apenas unos veinte años, piel blanca llena de pecas y cabello rojizo, ahora cubierto de sangre seca.

Dinsel le arrojó un balde de agua para despertarlo.

—Señor, por favor, no me mate —dijo con una voz totalmente llena de pánico mientras tosía el agua—. Les daré toda la información que necesiten... pero no me lastimen más.

—¿De quién estás siguiendo órdenes para darles información y armas a los rebeldes?

—Del sargento Colins.

—¿Cuántas armas les han dado?

—Cinco cargamentos. Aproximadamente unos cien artefactos: pistolas de pólvora, bombas, explosivos, espadas y cuchillos.

—¿Cómo se las entregas?

—Tenemos nuestros puntos de encuentro. Nos vemos cada luna llena. Solo voy yo y ellos mandan siempre al mismo sujeto. No cruzamos palabra. Les entrego una carta sellada con información o el punto de entrega de las armas. Después, el coronel me entrega un coche con una etiqueta de infantería. Yo hago la entrega solo. Cada vez es un punto diferente, pero no hay mucho que hacer. Me quedo dentro sin mirarlos mientras ellos sacan todas las armas. Son rápidos.

—¿Tienes alguna de esas cartas?

—Negativo, señor. Solo la entrego. Yo no me quedo con ninguna evidencia. Ni siquiera he leído jamás una.

El muchacho empezó a llorar.

Y Dimitri comenzó a sentir algo poco usual.

Lástima.

—¿Sabes que eres un traidor, verdad? Tus lágrimas no cambian tu ofensa...

Dijo aquello más para recordárselo a sí mismo.

—Le juro que nunca quise traicionarlos. Por eso me inscribí en el ejército. Lo juro.

Las lágrimas le caían a borbotones.

—Todo inició porque... bueno, míreme. Peso sesenta kilos y soy bajo de estatura. Además de ser humano. Estaban por correrme del puesto de escudero... Y fui a suplicarle a mi sargento que me dejara seguir trabajando.

Comenzó a llorar con más fuerza.

—No quise traicionar a los mágicos. Pero voy a ser papá y necesito dinero... Estaba desesperado.

Tomó una bocanada de aire.

—Sé que no justifica mis fallas, pero cuando fui rogando por mi trabajo, el coronel me dijo que confiaría en mí para algo muy importante. Que de esto dependería mi futuro. Yo... yo no sabía de qué se trataba. Me dio la carta y el punto de reunión. Jamás imaginé...

—Quizá así fue la primera vez... pero después lo sabías.

—Sí, pero ya no había salida. Amenazaban con matarme o con inculparme. Después de todo, ¿quién me creería a mí? Un humano corriente.

Dimitri, de pronto, pudo oler toda su desesperación y su miedo.

El joven estaba muerto de terror.

Y su lástima por él se intensificó.

—¿Esta luna llena te reunirías con ellos?

—Sí. Siempre lo hacemos.

—Bien. Quiero toda la información. Puntos de reunión y puntos de entrega.

—Sí, sí, señor... ¿Pero qué pasará conmigo? No quiero morir. Quiero conocer a mi hijo, por favor.

Dimitri lo observó durante unos segundos.

—Mientras me digas la verdad, puedo ayudarte... Y quizá salgas bien parado de esto. Pero no te hagas muchas ilusiones.

Dijo aquello antes de salir del cuarto de interrogatorios.

—Dinsel.

El coronel se giró.

—No quiero que golpeen más al muchacho. Dale un balde de agua tibia para que se asee, un cambio de ropa y un poco de comida decente.

Dinsel abrió los ojos, sorprendido, pero, a diferencia de Kass, no lo cuestionó.

—Va a cooperar con nosotros.

—Entendido, General.

Dimitri se detuvo antes de marcharse.

—Y no quiero a Kass cerca.

Dinsel lo miró.

—Ya no confío en él.

—Pero, Dimi...

—¿Entendido, coronel?

—Sí, mi General.

Dimitri salió del cuarto.

De pronto pensó en la mirada de Cielo cada vez que lo ve.

De total admiración.

Como si mirara al mejor de los hombres.




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