Cielo
Se siente libre, de una manera en la que jamás se había sentido.
Libre y, a la vez, con la certeza de que no quiere irse jamás del lugar en donde está.
A su lado está su General.
Los días han pasado con velocidad... Y Cielo se pregunta si existe en la vida alguien más afortunado que ella. Porque, en este momento, cree que no.
—Buenos días, General...
Dimitri sonrió de lado.
—Tenía mucho tiempo sin que me llamaras así.
—Te he notado extraño estos últimos días... ¿Todo va bien?
—Sí. Es solo que estoy... No lo sé, la verdad.
—¿Es referente al prisionero?
—Sí.
Dimitri suspiró profundamente.
—Tengo días pensando en su destino. Estoy dividido entre perdonarle la vida y ayudarlo a no ser juzgado tan severamente por el Parlamento... Si el Parlamento lo manda a prisión, será devastador para él.
—¿Por qué? Sería dejarlo en manos de la justicia.
—Por la naturaleza de su delito. Los mágicos odian a los traidores. Cualquier guardia real le hará la vida miserable y después lo matarán. Incluso pienso que matarlo yo mismo sería más piadoso.
—Entonces ayúdalo.
Dimitri la miró.
—¿Pero y si me equivoco? ¿Y si me equivoco al dudar de su traición, al compadecerme de él?
—Nunca es un error compadecerse, Dimitri.
—Pienso que apenas dejó de ser un niño... Un niño con muy mala suerte al que la desesperación llevó a cometer errores.
—Como yo...
Cielo notó cómo Dimitri tragó saliva con demasiada fuerza.
—No, Cielo. Tú... tú eres diferente. A pesar de todo lo que viviste, jamás...
—A lo que me refiero es que pienso que todos podríamos cometer los mismos errores si viviéramos exactamente las mismas situaciones.
Cielo bajó la mirada.
—Yo, de alguna forma, tuve fortuna al conocerte. La verdad es que aquel día que fuiste a la mercería y me ofreciste trabajo, sin saberlo, salvaste mi vida.
Cielo nunca le había contado aquello.
—Mi tío... esa misma noche me corrió de la casa, no sin antes darme una buena golpiza.
Cielo dijo aquella frase como si hubiera sido una broma.
No lo era.
Dimitri puso en tensión cada músculo de su cuerpo.
—Dormí en un campo, recargada sobre un árbol. Nunca en mi vida había sentido tanto frío como aquella vez. Fue un frío que te calaba hasta los huesos... Un frío que llegaba hasta el alma.
Cielo, por un momento, perdió la mirada, recordando aquella sensación siniestra. Casi volvió a envolverse en ella...
Hasta que el calor de los brazos de Dimitri la hizo regresar de aquel helado recuerdo.
—Mi punto es que, si no me hubieras contratado y ofrecido asilo, habría quedado totalmente desprotegida y a la deriva. Con la muerte acechándome y obligándome a hacer cosas despreciables para sobrevivir... Tú, de algún modo, salvaste mi vida y mi alma.
Le sonrió.
Cielo, de pronto, sintió un ligero temblor en las manos que la acunaban.
—Mientras yo exista, tu vida y tu alma estarán a salvo.
—Lo sé...
Se acercó para darle un beso, creyendo cada palabra que Dimitri había dicho.
Él siempre la salvaría.
—Pero no todos tienen la misma fortuna que yo.
Dimitri fue quien ahora se quedó absorto en sus pensamientos, mirando hacia la nada.
—Pero tranquilo. Sé que tomarás las decisiones adecuadas, sin importar cuáles sean. Siempre haces lo correcto.
Aquellas palabras Cielo las dijo con total firmeza y sin titubeos.
Pero Dimitri las sintió como navajas.
***
Horas después Cielo se dirigió en coche, muy bien custodiada, hasta el pueblo.
Hacía mucho que no visitaba el orfanato y estaba ansiosa por ver a los pequeños, en especial a Mila.
—¡Señora Josefina! Qué gusto me da verla.
—Igualmente, mi señora. Luce espléndida.
—Veo que ha hecho muchas mejoras, pero aquí...
Cielo notó cómo el moho de las paredes y los techos había desaparecido.
—¿Cómo están los pequeños? ¿Mila, especialmente?
Josefina bajó la mirada con una expresión acongojada.
—Todos están bien, mi señora, excepto Mila...
—¿Qué? Pero las medicinas...
—Primero pareció funcionar. Pero después empeoró aún más. Hace poco vino un curandero y nos dio una noticia devastadora. Tiene una enfermedad terrible que, por desgracia, es imposible de curar.
El corazón de Cielo golpeó contra sus costillas.
—Tu... tuve... No recuerdo...
—Tuberculosis —respondió ella.
Aquella misma enfermedad que acabó con la vida de su amada tía volvía a pasearse cerca de ella.
—El curandero nos dijo que también puede ser contagiosa. Estoy tan preocupada por mis otros niños...
—¿Ahora está...?
—La tenemos aislada en una pequeña bodega. Sé que no es lo ideal, pero no había más remedio. No tenemos más espacio.
—Quiero verla.
—Podría contagiarse, mi señora...
—Eso no pasará, Josefina. Quiero ver a Mila. Traje un obsequio para ella y quiero entregárselo yo misma.
Cielo salió del orfanato con un dolor en el pecho.
Tanta felicidad no podía ser cierta.
Al poner un pie en la calle polvorosa, notó un carruaje demasiado elegante estacionado justo frente al orfanato.
—¿De quién es? —le preguntó a uno de los guardias que la acompañaban.
—Es un carruaje real , señorita.
A Cielo le pareció extraño que el rey se paseara por esos rumbos. Sin embargo, el mórbido rostro de Mila volvió a ocupar toda su mente.
Llegó al castillo con algunas lágrimas cayendo por sus mejillas sin poder evitarlo.
Fue a la cocina a servirse un té de flores silvestres.
Un ruido proveniente de la alacena le avisó que no estaba sola.
—¡Hola, amiga! ¿Cómo estás...?
La alegre pregunta de File se desvaneció en cuanto vio el terrible semblante de su amiga.
—¿Qué sucede?
Cielo, a moco tendido, le contó todo acerca del orfanato y de la pequeña Mila, quien parecía tener los días contados.