Entre la oscuridad y el Cielo

35

Cielo

Al entrar en los territorios del General, File bajó del carruaje, desviándose hacia su cabaña.

—Descansa, cariño. Fue un día duro —dijo Cielo antes de que su amiga bajara.

File le sonrió complacida.

Cielo notó en ella una mirada de paz y plenitud que jamás le había visto.

Si ella se sentía orgullosa de haber salvado a Mila, no podía imaginar lo que File estaba sintiendo al saber que habían sido sus propias manos las que habían hecho posible aquel milagro.

Antes de entrar al castillo, Cielo se quedó unos instantes admirando el extraño atardecer que aquella tarde pintaba el cielo de tonos rojizos.

Era hermoso.

Pero, por algún motivo, a Cielo le pareció un poco inquietante, arrojándole una sensación extraña en el estómago.

Louis no se encontraba cerca, lo cual se le hizo raro.

La biblioteca estaba vacía, indicándole que Dimitri aún no había vuelto, cumpliendo su promesa de no regresar hasta el anochecer.

Cielo suspiró profundamente, con una mezcla de satisfacción y culpabilidad.

Ya había comenzado a tejer su mentira y, en un rato, tendría que continuar aquella telaraña.

Tragó saliva.

Todo valió la pena.

Subió las escaleras.

El castillo estaba más silencioso de lo acostumbrado.

Más cauteloso.

Cielo intentó parecer normal.

Incluso el silbido del viento parecía haberse vuelto inaudible.

Todo estaba bien.

Pero no.

Sin embargo, no prestó demasiada atención.

Entró en su habitación, se sentó en la cama y comenzó a quitarse los zapatos y las medias. Se quitó la capa y el pequeño suéter tejido que le cubría los brazos.

Después desabrochó los listones de su corsé y respiró profundamente.

Fue entonces cuando sintió que la piel se le erizaba en un escalofrío.

Volteó asustada hacia la puerta del baño, a la que había estado dando la espalda.

Y lo vio.

—¿Tú? ¿Qué haces aquí?

No respondió.

En cambio, soltó una risa siniestra.

Cielo sintió que el miedo le cubría el cuerpo entero, desde la punta de los pies hasta el último cabello.

—Kass... ¿Qué haces aquí? —volvió a preguntar con voz temblorosa.

—¿Ahora sí recuerdas mi nombre? —preguntó con desdén.

—¿Qué?

—La última vez que nos vimos no me reconocías.

—Kass...

Cielo sintió cómo le temblaban las manos.

—Esta es mi habitación. No... no puede estar aquí. Si buscas a Dimitri...

Intentaba parecer controlada.

Aunque todo su cuerpo sabía que estaba en peligro, quería convencerse de que aquello solo era un malentendido.

—¿Dimitri, eh? —Kass sonrió con desprecio—. Ya lo tuteas.

Cielo no respondió.

—¿Debo felicitarte?

—¿Qué quieres?

—Shhh.

Dio unos pasos hacia ella.

Cielo retrocedió sin darle la espalda.

—¿Sabes una cosa? Yo no quería hacer esto. Pero veo que no hay otra salida...

—¿De qué hablas?

—Estás arruinando a mi amigo. Lo estás volviendo loco y lo estás engatusando con tus trucos ruines.

—Yo no...

—¡Cállate!

Cielo dio un respingo en cuanto gritó.

—¡Tú lo volviste contra mí! Él ya no confía en mí. Ya no me quiere cerca de él y todo esto es culpa tuya.

Kass se veía completamente desquiciado.

—Tú serás su maldita perdición. Y yo no puedo permitirlo...

Cielo comprendió entonces que Kass había llegado allí con una intención mucho más siniestra.

Quería matarla.

En su mente, aquello significaba liberar a Dimitri de ella.

Con la poca valentía que consiguió reunir, corrió hacia la puerta.

Pero Kass fue más rápido.

Se movió como un felino, llegando antes que ella y plantándose frente a la salida.

Cerró la puerta con llave.

Cielo se quedó paralizada.

¿De dónde sacó la llave?

—Este pajarito se quiere escapar —rio.

Después la miró fijamente.

—Y no pienses en gritar, ¿eh? Louis no podrá ayudarte.

Cielo sintió de pronto más temor por Louis que por ella misma.

—¿Qué le hiciste?

Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro.

—No te perdonará esto, Kass...

—Quizá no lo haga.

Se acercó lentamente.

—Pero estaré salvándolo de ti.

Kass recorrió a Cielo con la mirada.

Entonces su expresión cambió.

Aquella mirada hizo que un escalofrío todavía más profundo recorriera el cuerpo de Cielo.

Solo entonces cayó en cuenta de que estaba mucho menos cubierta de lo habitual.

—La verdad es que no culpo a mi amigo por haber caído en tus redes —dijo Kass con una sonrisa torcida—. Eres exquisita.

Cielo retrocedió hasta sentir la pared contra su espalda.

—Desde que te vi por primera vez quise romperte.

Kass dio otro paso.

—Y después de ver cómo el gran General Dimitri Raubtier se encandiló contigo... solo aumentó mi curiosidad.

Su sonrisa desapareció.

—Y mi odio por ti.

Cielo comenzó a llorar.

—Kass, por favor...

Él se acercó un poco más.

—Ahora quiero que entiendas exactamente lo que le has hecho a mi amigo.

Cielo sintió que el miedo le cerraba la garganta.




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