General Dimitri Raubtier
El sol se ha ocultado...
Cabalga a su fiel amigo Tormenta, quien lo lleva hasta las grandes puertas de la muralla de su territorio. Ve su castillo a lo lejos, pero la tensión que siempre se disuelve en este punto aún sigue ahí.
Mientras avanza, percibe un aroma bastante fuerte. Un aroma a amoníaco y a algo más... Un aroma conocido, pero que ahora es distinto.
Algo está mal.
Louis no está en la entrada como de costumbre.
Observa los pasillos con sigilo, percibiendo la intromisión. El aroma está por todas partes.
Dimitri sigue su rastro, el cual lo lleva hasta la biblioteca.
De pronto, una alarma se enciende en su interior.
Y, al segundo siguiente, escucha un grito.
Llanto.
Su cuerpo se hiela.
Sube lo más rápido que puede, dirigiéndose a su alcoba.
La escucha.
La puerta está cerrada y, sin pensarlo, la derriba.
La escena que ven sus ojos es aplastante.
Un hombre acorralándola contra un muro, inmovilizándola con su presencia.
Lo aparta de ella sin esfuerzo y lo lanza hasta el otro lado de la habitación, haciéndolo volar algunos metros hasta que su cuerpo choca contra la pared.
Entonces su mente le muestra lo que él no quiso reconocer en un inicio.
Es Kass.
Todo su cuerpo tiembla.
No escucha con claridad. No ve con claridad. No piensa con claridad.
Lo único que escucha es el llanto de Cielo y su respiración agitada.
Corre hacia ella y le toma el rostro con ambas manos.
Su cerebro no entiende qué carajos está sucediendo.
¿Kass la estaba atacando?
¿Qué mierda hacía?
—¡Mírame, Cielo! ¡Mírame!
Tiene los ojos cerrados con fuerza, pero ella le obedece.
—¿Estás herida?
No responde mientras sigue llorando.
—¡Carajo! ¿Estás herida?
Le grita desesperado.
Dimitri necesita saber qué maldita sea fue lo que le hizo. Porque su estúpido cerebro no puede formular ninguna deducción en ese momento.
Ella no responde.
En cambio, se aferra a su cuello como un náufrago a un salvavidas y ahoga un sollozo.
De pronto, Louis y cinco guardias entran a la alcoba corriendo. Louis tiene una línea de sangre bajando por la sien.
El viejo mira a Kass, medio inconsciente, y después a Cielo, perdida en el llanto.
—¿Está herida?
Pregunta con evidente preocupación.
Pero, al mirar con más detalle la escena, simplemente asiente, sabiendo lo que el General pediría.
Y, antes de que lo haga, les ordena a los guardias:
—Saquen a Kass de la alcoba.
Dimitri carga a Cielo y, con el cuidado con el que movería a una mariposa herida, la acomoda en su cama.
Pero ella no quiere soltarlo.
Parece como si quisiera desaparecer entre sus brazos.
Y Dimitri se está quedando sin cordura.
—Te ruego que me hables... O moriré.
Lo dice en un hilo de voz.
Una voz que, con cada segundo que Cielo llora sin responder, se fragmenta un poco más.
—Si no hubieras llegado, yo...
Cielo continúa sumergida en aquel mar de lágrimas.
—Cielo.
Dimitri le habla más fuerte, más controlado.
Sacando una calma, una cordura y una razón que él tampoco tiene en ese momento.
—Estoy aquí contigo. ¿Me escuchas? Estoy aquí. Y nada malo te sucederá. Jamás lo permitiré.
Dimitri siente que Cielo por fin comienza a calmarse.
—Tuve demasiado miedo...
Llora.
Y aquel temblor en las manos de Dimitri se maximiza.
—Nunca había sentido tanto odio. Él me miraba como si fuera una plaga... Como si no valiera nada.
Más llanto.
—Es la verdad... En tu mundo no valgo nada.
Más lágrimas.
—Cielo... Necesito que me escuches bien.
Cielo lo mira con aquellos ojos azulados, inundados y desbordantes de lágrimas.
Dimitri, de pronto, se siente enfermo.
—Para mí... tú vales todo. ¿Entiendes?
Dimitri no es bueno con las palabras de consuelo. Sin embargo, acaba de decir la única verdad que ha sabido desde hace mucho.
Cielo vale todo.
Cielo es su mundo.
Ella asiente con la cabeza.
—Tengo miedo... Siempre habrá alguien que piense lo mismo que Kass. Alguien que quiera venir y hacerme daño...
—Yo siempre te protegeré. No importa de quién.
Dimitri se acerca a ella para posar sus labios sobre los suyos y sentir un poco de su aliento para calmarse.
Él también lo necesita.
Sin embargo, percibe un sabor amargo y agrio.
Su corazón late con más fuerza todavía.
—¿Te besó?
Casi ni despega los dientes al formular la pregunta, con la mandíbula fuertemente presionada.
Cielo derrama unas lágrimas y baja la mirada con vergüenza.
—Sí... Me besó a la fuerza varias veces.
Dimitri siente que algo dentro de él se rompe.
—¿Qué más?
—Me tocó... y me ahorcó...
Dimitri retira su cabello del cuello y ve unos moretones púrpuras alrededor de este.
Le había dejado sus asquerosas marcas.
—¿Dónde te tocó?
—Dimitri... no...
—¿Dónde?
Vuelve a preguntar, hecho una fiera.
—El pecho y mis caderas... Me besó el cuello también. Solamente. No... no tuvo tiempo para algo más.
Dimitri tiene una mirada asesina. Una mirada ensombrecida.
—Me dijo que me mataría después de romperme.
Llanto.
Dimitri mantiene todo su cuerpo en tensión.
Por fin entiende lo que estuvo a punto de pasar.
Y siente como si lo quemaran en vida con aquella abrumadora realidad.
Una realidad que quizá supo desde el momento en que derribó la puerta, pero cuya magnitud era tan brutal que su mente apenas comenzaba a comprender lo que sus ojos habían visto.
Dimitri se levanta de la cama con una lentitud terrorífica.
Cielo se queda en silencio ante la falta de reconocimiento del hombre que tiene frente a ella.
Este no es su caballero andante, el que la salva de su propia torpeza.