Entre la oscuridad y el Cielo

37

Cielo

Dimitri no volvió a su lado aquella noche, ni la noche siguiente.

Han pasado dos días desde el altercado con Kass y lo siente más distante que nunca. Piensa que quizá debería ir y explicarle lo que sucedió.

¿Qué habrá pasado con Kass?

Aquella pregunta no deja de darle vueltas en la cabeza.

Y aunque no tiene certeza, por el modo en que Dimitri reaccionó y salió de la alcoba, está segura de que nada bueno ocurrió.

Ha intentado reponerse ella sola, pero esperaba tenerlo a su lado. Que la ayudara a olvidar el sabor amargo del ataque.

No fue así.

Disipa esas ideas y se dice a sí misma que no todo gira alrededor de ella.

Dimitri realmente se veía afectado y debió impresionarle mucho ver a su amigo de ese modo. El General no tiene muchos amigos y debe de apreciarlo mucho.

Sin embargo, algo en la mirada de aquel hombre era distinto.

Había odio.

Ira.

Y atacó a Louis.

Le estrelló un florero, dejándolo inconsciente.

¿Quién, en su sano juicio, le haría daño al viejo Louis?

Está claro que a él no pretendía asesinarlo.

Cielo se lleva una mano al cuello, justo donde se habían posicionado las manos de Kass, y casi puede sentir nuevamente la presión intentando asfixiarla.

A ella sí.

Y vaya que lo habría hecho.

Sus labios furiosos no dejaban de repetir que así salvaría a su amigo. Que ella era su perdición. Decía que lo estaba volviendo loco.

Cielo siente humedad en sus mejillas y se limpia rápidamente.

¿Realmente estoy siendo tan dañina para Dimitri?

¿Eso es lo que piensan todos los mágicos de los humanos?

¿Será que el mismo Dimitri piensa así y por eso ahora se ha mantenido lejos?

Se encuentra en la galería de arte, observando las piezas que contempla a diario.

Y no puede evitar perderse un rato en aquella pieza perfecta que le recuerda tanto a su jefe.

A la luz en su oscuridad.

Cielo, de repente, se descubre un poco temerosa, presintiendo que está a punto de despertar del embriagante sueño en el que ha estado viviendo.

Descubriendo que quizá todavía no se siente lista para despertar.

Que quiere más tiempo.

Más momentos.

Más risas.

Pero ¿alguna vez estaré lista?

***

File y Cielo han pasado toda la tarde juntas, cocinando y horneando pan.

No han tocado el tema de la pequeña Mila.

Juntas juraron que jamás volverían a hablar de aquello. No se sabe si las paredes del palacio pueden escucharlas.

—¡Pasó algo terrible!

Kala entra gritando, con una canasta de toallas entre los brazos.

Cielo siente que el corazón se le detiene por un instante.

—¡Atacaron el cuartel del General!

—¿Qué? ¿Pero cómo...?

—Parece ser que les tendieron una emboscada y pusieron bombas. Todo voló en mil pedazos y hay heridos.

El corazón de Cielo, que parecía haberse detenido, comienza a latir desbocado.

No puede pronunciar palabra.

Solo se quita el mandil lleno de harina, seca sus manos, que ya comienzan a sudar, y sin decir una palabra sale corriendo de la cocina.

Sale hacia los pastizales y ya puede ver a lo lejos las grandes puertas de la muralla abiertas.

Los soldados están entrando.

Algunos tienen heridas leves.

Otros, heridas muy graves.

Sus ojos bailan de un lugar a otro, buscando desesperadamente.

No es egoísta, pero en ese momento solo le importa una cosa.

Ver a Dimitri.

Asegurarse de que esté bien.

Choca sin querer con un par de soldados.

No le importa.

Tragar saliva le quema.

Su mente le dice que él debe estar bien. Que Dimitri tiene más vidas que un gato.

O, por lo menos, eso le dijo él una vez.

Sin embargo, cada segundo que pasa sin verlo hace que la agonía se incremente.

Hasta que, a la distancia, unos soldados abren el paso.

Y lo ve.

Sudado.

Sucio.

Con muy mala cara.

Sin poder evitarlo, corre hacia él, importándole poco quedar en evidencia ante los ojos de los demás.

—¡Dios, dime que estás bien, por favor...!

Lo rodea con sus brazos.

Siente todo el cuerpo de Dimitri ponerse rígido.

Pero termina cediendo.

Suspira hondo, como siempre hace cada vez que ella se acerca, como si quisiera memorizar su aroma.

Después siente una mano sobre su nuca y otra en su espalda.

—Estoy bien...

Lo susurra en su oído.

A Cielo le parece extraño que no la aparte.

Al contrario.

Siente que la pega más a él.

Al parecer, a él tampoco le importa que los vean.

Después de unos momentos, Cielo se aparta y lo observa con más detalle.

Tiene una herida en el brazo.

Una herida que, al parecer, a él le importa menos que un cacahuate.

Cielo tiene muchas preguntas, pero piensa que no es el momento de hacerlas.

Excepto una.

—Dime cómo puedo ayudar.

Dimitri suaviza la mirada.

—Le dije a Louis que preparara el salón. Ayúdalo... Lleva toallas, agua caliente, vendajes y todo lo necesario.

Cielo asiente decidida y, sin decir palabra, corre hacia el castillo para ayudar a Louis.

Pasan horas atendiendo a los soldados.

Hay treinta heridos.

Diez de gravedad.

Los acomodan según su nivel de urgencia.

Los más graves son revisados por el sanador del castillo y Filemona.

Cielo no puede dejar de fijarse en las caras que todos ponen al ver a la cocinera sanando.

Incluso Dimitri.

Mientras Kala y ella atienden a los menos urgentes, limpian heridas, vendan cortes y fracturas.

—¡No quiero que la humana me toque!

Grita un soldado, arrebatando el brazo como si el tacto de Cielo quemara.

Ella da un respingo de sorpresa.

—Deja que te atienda. Los demás están ocupados.

Responde todavía con dulzura.

Quiere ser paciente.

Entiende que está herido y de mal humor.




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