Entre la oscuridad y el Cielo

38

General Dimitri Raubtier

Dimitri despierta en la alcoba y lo primero que se cuela por su nariz es el aroma de Cielo.

Aquel aroma que lo ha mantenido sumergido durante varias horas en un sueño profundo.

Mira su reloj de mano sin moverse demasiado para no despertarla y siente un vuelco en el estómago al descubrir que ha dormido como un bebé durante seis horas.

Mientras sus soldados están abajo, malheridos.

Mientras se ha quedado sin testigo.

Mientras su plan para exponer a Bingling se ha ido al carajo.

Y no solo eso...

Ahora él fue el emboscado.

El sorprendido.

Alguien estuvo un paso adelante de él.

Alguien lo superó.

¿Fue Bingling?

Entonces recuerda las palabras de Kass.

Cielo se ha estado viendo con Bingling en sus visitas al pueblo.

Al recordar aquello, su mandíbula se tensa de inmediato.

Ahora siente como si aquel dulce aroma le quemara la nariz.

Suspira hondo, intentando disipar esas ideas.

Kass ya no estaba en sus cabales.

Aquel hombre estaba consumido por la ira, el odio y la envidia.

No sabía lo que decía.

Se lo repite a sí mismo, intentando calmarse.

Sin embargo, no puede engañarse.

No puede negar que las últimas palabras de Kass se le han clavado hondo.

«Tú bien sabes lo que pasa al confiar en humanos.»

—La traición...

Se responde a sí mismo.

«Será tu perdición. Vas a perderlo todo. Va a arruinarte.»

Y, al parecer, aquella profecía se está cumpliendo.

Estuvo tan cerca de lograr sus objetivos...

Y lo perdió todo.

¿Pero fue por ella?

¿Fue por Cielo?

Una punzada de arrepentimiento se instala en su pecho.

¿Cómo podía culparla a ella de sus incompetencias?

Solo él era el culpable.

Y si Cielo estaba siendo una distracción, tampoco podía culparla por ello.

Sus pensamientos se suavizan.

Las imágenes de ella, desesperada y frenética, ayudando a sus soldados le calientan el corazón.

Varias veces la observó fingir una sonrisa para tranquilizar y dar aliento a algún soldado mal encarado.

¿Cómo podía ella traicionarlo?

No. Por supuesto que no.

Cielo es incapaz...

¿O no?

Sale de su alcoba, vistiéndose sin demasiado afán.

Pero debe poner las cosas en orden.

Encontrará a la cucaracha que lo ha traicionado.

A quien ha dañado a su ejército y sus planes.

Lo encontrará.

Y hará que desee estar muerto.

—Señor.

Louis entra.

De inmediato, un aroma conocido, pero poco tolerable, se instala en sus fosas nasales, lo cual hace que frunza el ceño.

—La señorita Simonne está aquí. Dice que quiere hablar con usted de algo urgente...

Dimitri suspira hondo, con fastidio.

—Dile que pase, Louis.

Y se pregunta en qué momento esta mujer va a dejar de pasar por su castillo.

En cuanto Simonne entra, Dimitri se siente ligeramente aturdido por aquel fuerte aroma.

Su cabello corto y perfectamente peinado parece hecho de cuchillas.

Sus labios llevan un rojo carmín intenso, al igual que su vestido, demasiado elegante para un día normal.

—Señorita Simonne. Dígame de una vez a qué ha venido.

—Qué poco cortés eres con tus amigos y allegados, Dimitri.

Su voz es altiva y aguda.

—No somos amigos ni allegados. Y para ti soy General Raubtier.

Simonne, sin esperar invitación, se sienta frente a su escritorio.

—Yo no sé por qué me odias... Entiendo que no hayas querido unir alianzas, pero no hay motivo.

—No la odio. Simplemente me parece desagradable.

—Espero que, con la información que te vengo a dar, cambies de opinión.

—¿Información? ¿Qué clase de información podría darme usted?

—Te sorprenderías. Me has subestimado. A mí, a mi posición y también a mis ideales.

Dimitri arquea una ceja.

—Ideales que son los mismos que los tuyos. Yo quiero que la magia prevalezca y que se nos devuelva lo que nos han arrebatado más que nada.

Por primera vez, Dimitri comienza a prestarle atención.

—Bingling es un bastardo traicionero. Y quiero ayudarte a exponerlo y ganar esta guerra.

—¿Y cómo piensas poder ayudarme, Simonne?

Pregunta incrédulo.

—Ya te lo dije. Tengo información. Información verídica que yo misma he constatado.

—Te escucho.

—Me enteré de lo que ayer sucedió en tu cuartel y por eso he venido. Tienes un soplón entre tu gente...

El corazón de Dimitri se acelera.

El de ella parece tranquilo, constante y seguro.

—Y viviendo bajo tu mismo techo —continúa—. Y sospecho... bajo tu misma alcoba.

Dimitri permanece inmóvil.

—¿A eso has venido?

—No lo digo por celos. No niego que hubiera sido beneficiosa para ambos una unión, pero tampoco estoy desesperada, Dimitri. Si te lo digo es porque es la verdad.

Hace una pausa.

—¡Yo misma la vi reuniéndose con Bingling en el pueblo!

—Siempre iba al pueblo con guardias. Me habrían...

—Él entraba antes en aquel edificio ruinoso que supuestamente se hace llamar orfanato. La vieja humana los ayudaba. Por eso tus guardias no se percataban del acercamiento. Sin embargo, sí veían el carruaje.

—No te creo...

Lo dice entre dientes, convertido en un gruñido.

—¡Puedes preguntar! El carruaje siempre estaba ahí. ¿Qué gano yo con mentirte?

Nada.

Simonne percibe la duda.

—Veo que no quieres creerme. Que no quieres ver la realidad ante tus ojos. Pero has tenido al enemigo comiendo en tu mesa y viviendo bajo tu techo todo este tiempo.

Dimitri aprieta la mandíbula.

—Y lo peor de todo es que tú mismo siempre lo has sabido.

Hace una pausa calculada.

—Ella fue quien habló de tu testigo. ¡Ella fue la culpable de ese atentado!

El corazón de Dimitri late desbocado.




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